Caminar es vivir.

 

 Los venezolanos hemos adquirido un curioso hábito, ese terrible de creer que siempre estamos igual, que no se cambia. Pareciera que la vida es continua, como si girara sobre sí misma y no nos damos cuenta de que ya no somos los mismos. Somos otros, muy diferentes a los que empezamos. Cometemos el error de no medir el tiempo. Ha pasado. Justo coloqué el título de mi artículo de este mes y me vino a la mente un gran compañero de mis tardes, el Dr. Pedro Penzini. Inevitablemente le quisimos mucho, lo admiramos por su cultura, por su clase, por su estilo, por su afán de querer ser un hombre integral. Primero lo conocí por su columna en El Nacional, correr es vivir y después lo seguí en la radio. Disfruté tanto de su conversación y de su análisis, ni se imaginan lo que me gustaba oírlo cuando hacía par con Marta Colomina, quien se exaltaba mientras él seguía inmutable. Mucho ha cambiado, claro que sí, mucha gente se ha ido. La muerte ha creado nuevos escenarios y espacios nuevos. Ya ni sé quien ocupa el horario de Penzini, solo sé que ya no es igual. Los medios de comunicación sustituyen a sus protagonistas, como sucede con la popularidad de los cantantes, de las estrellas, de los deportistas. Todos somos sustituibles. No nos damos cuenta pero un famoso sustituye a otro, un programa a otro, un héroe a otro. Pasamos.

He vivido estos últimos 15 años cerca de un mirador, bendecida por una larga caminería asomada al Ávila la cual disfruto a diario. ( Esa mala costumbre de llamarlo así, pero debo admitir que veo la montaña y pienso en aquellos versos escritos por Perez Bonalde : “Caracas,  vedla tendida a las faldas del Ávila empinado, odalisca rendida a los pies del sultán enamorado”  y celebro vivir bajo el cobijo del cerro Waraira Repano, nombre que le corresponde).

Esta caminería es un lugar que no se parece a Caracas, como un oasis dentro de una ciudad de autopistas congestionadas. Es definitivamente mi espacito de palmeras. Allí encuentro un mundo que simboliza lo que somos.  Sin embargo, es un lugar hermoso que podría ser mucho más aprovechado. Por ejemplo, empecemos por hablar de la infraestructura, las aceras son bastante irregulares, la plaza principal está formada por unas gradas de concreto circulares que apenas sirven para sentarse por lo que sus asiduos ocupantes de la tarde pasan trabajo y calor. Hay dos espacios cuadrados de asfalto  que servían para estacionar, los cuales fueron cerrados con pesadas macetas y permanecen allí, indiferentes, malgastándose.  Se podría aprovechar y poner un pequeño gimnasio al aire libre o un sitio apropiado para las necesidades de los perros o unos banquitos para la vista.  Termina siendo una infraestructura muy pobre, como mezquina. A pesar de ello, los vecinos amamos esas caminerias y nuestra placita. Lo hacemos porque por un instante nos encontramos, nos saludamos, hablamos, hacemos el ritual griego del agora. Por una hora compartimos la vecindad. Siempre me gusto de mis días en Europa la salida a la plaza. Recuerdo cuando veía en las noticias que la presidenta alemana invitó al presidente norteamericano a comer salchichas en una feria. Salían ambos  en televisión muy sonrientes en medio de mucha gente, comiendo y brindando sentados en unas largas bancas de madera  frente a inmensas mesas. Un país de ciudadanos, de gente compartiendo.

Nuestra pequeña plaza no da para tanto, sin embargo, con el tiempo ya nos reconocemos los asiduos. Están los que pasean a sus perros. La mayoría cuidadosa de sus mascotas, recogiendo sus desechos orgánicos. La intención se ve desde que llegan, porque los dueños que están conscientes de sus deberes llevan consigo las bolsas plásticas. Siempre hay uno que otro que mira hacia los lados y se hace el loco. 

Luego estamos los que caminamos y caminamos, solemos saludarnos y preguntarnos como estamos, por ejemplo han estado muy pendientes de mí desde el primer día de mi accidente. Y les cuento que he caminado apenas pude, hasta con las dos muletas. Para mí caminar es vivir. Me llena de endorfinas, me hace sentir la tierra, me conecta. Caminando me he encontrado miles de encuentros con la naturaleza. A veces la llegada de las guacamayas que se suben a los árboles a comer semillas, otras las perezas que se asoman de la montaña, una jauría de perros salvajes y así. La jauría de perros que aparece de pronto suele preocuparnos porque son  animales muy territoriales y amenazadores. Se presume que existe esa jauría porque pertenecían a los constructores de la urbanización que al finalizar sus obras los echaron a la calle.

Durante mi viaje a Grecia uno de los peligros de andar libremente  era justamente ese, los perros callejeros que se adueñaban de una esquina y lo podían atacar a uno. Me contaron que muchos griegos no tienen con quien dejar sus mascotas durante las vacaciones, así que para fuera y ahora es un problema grave. Nosotros también tenemos un problema con esa jauría que de vez en cuando se adueña de nuestros espacios. Los encargados del control de animales deberían estar muy atentos a esta situación para evitar algún ataque.

Por eso insisto siempre que debemos cuidar de nuestros espacios, los cercanos a nosotros, a los que pertenecemos. Buscarle soluciones a problemas que vemos, los que nos afectan directamente, los que podemos solucionar con la voluntad de todos. Un ejemplo concreto sería la salud de nuestros árboles porque muchos han sido sembrados en lugares pobres, no tienen ningún riego, no se les abona, están llenos de hongos y crecen desordenadamente. Solo pensamos en ellos cuando alguna rama cae y produce una desgracia. Las alcaldías y las asociaciones de vecinos deben estar pendientes de contratar más personal calificado. Los jardineros deben ser gente de campo, gente que ame el valor de la vida vegetal, que se preocupe de cuidar la grama y los árboles.

No tenemos muy buenos jardineros por esta zona, desafortunadamente se ve en el desgano que muestran al cortar la grama sin recoger antes la basura y en detalles como las ramas secas que cuelgan de algunos árboles que se muestran claramente enfermos. Sin embargo, tenemos un heladero llamado Ángel que ama cada rincón de la plaza en donde vende todas las tardes sus helados. Cada tarde cuando llega, saca la escoba sin que lo manden ni le paguen por ello, limpia la basura que van tirando los que andan por ahí, la recoge y la embolsa. Luego se ocupa de su venta, sin dejar de saludarnos uno a uno, siempre pendiente de nosotros. En quince años lo he visto sacar adelante a su familia, a fuerza de trabajo, viene él o viene Liliana su esposa. Sus hijos a los que conocí chiquitos ya son grandes, educados con esmero. Son gente que da gusto, porque no esperan soluciones mágicas, ni políticas, se ocupan en ser mejores y al hacerlo nos enseñan, nos sirven de ejemplo, construyen la polis.

El otro sábado llegó un señor a tomarse fotos en la rotonda, decía ser un escritor muy importante, como si fuese dueño de todo fue de inmediato a meterse en medio de los capachos. Ángel salió corriendo a sacarlo.

-Son tallos muy delicados, no debe pisarlos.

Y el escritor se molestó. Lo acuso de no pertenecer a la urbanización y le reclamó que tuviese el descaro de amonestarlo. Pues si alguien tiene ese derecho, definitivamente es Ángel, porque limpia la plaza, riega las matas, alimenta el perro de la policía, está pendiente de todos los que vamos, socorre cuando es necesario. Ángel se merece nuestra admiración y respeto. Y tiene toda la razón, los capachos son plantas muy delicadas, el único irrespetuoso era ese escritor  a quien no le importaba nuestra plaza, ni nuestra comunidad, porque se empieza destruyendo irresponsablemente las cosas que conforman nuestros espacios y de ahí las plantas, los animales, hasta los seres humanos. El que ama su comunidad sabe que debe ocuparse de cuidarla.   

 

Solamente aquel que construye el futuro tiene derecho a juzgar el pasado.

 

 

Nuestra ciudad se ha caracterizado por sus fiestas, no sus fiestas patronales ni mucho menos, sino por las grandes fiestas particulares que suelen celebrarse en ellas. Hace varias décadas conocí a un ostentoso banquero que cada veintiocho de diciembre, día de los Santos Inocentes hacía un almuerzo majestuoso. Los caraqueños más distinguidos procuraban ser invitados. Luego el banco fue intervenido y el banquero se fue huyendo de Venezuela. Eran los tiempos de la cuarta. En los ochenta se hizo bastante famosa una novela escrita por Argenis Rodríguez que se llamó La fiesta del embajador, en la cual se relataban los excesos de las fiestas que se llevaban a cabo en las embajadas venezolanas.

 Siempre he reconocido que este país gira y gira sobre sí mismo, así que estoy abierta a la revisión crítica de nuestro pasado cercano. No hace mucho se dieron muchísimos excesos, la renta petrolera engordó a un grupete de piratas y resultamos herederos de un país económicamente fracasado. Por eso surgió lo que se llamó la revolución bolivariana, para combatir la piratería. La mayoría de los venezolanos que apoyaron con su voto la primera elección de Hugo Chávez lo hicieron con esta esperanza, quince años después nos volvemos a preguntar el porqué no se ha acabado con la corrupción. Aún se escuchan las mismas historias de fiestas y derroches mientras las colas para adquirir productos de primera necesidad van en aumento.

Caracas todavía vive fiestas suntuosas. Es cierto que algunas cosas han cambiado, por ejemplo, se que los padres promueven que sus hijos amanezcan en las fiestas antes de andar por la ciudad de madrugada. Los últimos matrimonios que me han invitado son de día porque las noches han perdido su glamour. Ese que existía cuando estaba adolescente, cuando no había fiesta que no terminara tomando una sopita en la arepera de los hermanos Álvarez. Alli nos reencontrábamos y nos reíamos de vernos con nuestros vestidos de fiestas.  

Las fiestas reflejan las sociedades. Todos los seres humanos celebramos los acontecimientos porque es en ello que nos sentimos más cercanos. Por lo tanto las fiestas en sí mismas no constituyen algo malo, lo que molesta es el derroche. Recuerdo que antes del caracazo una millonaria muy conocida hizo una fiesta al estilo tailandés tan exótica que las larguísimos páginas de los sociales  irritaron a la mayoría de los caraqueños que para la época empezaban a sentir la crisis económica.

Existe un factor cultural muy importante en la manera como se celebra. Hace unos meses un escritor ecuatoriano me hizo notar que los venezolanos culturalmente no debemos considerarnos caribeños, porque según él somos mas bien llaneros. Así que me imaginé la carne en vara, los bailes de joropos, los contrapunteos y me dije que para ahí no está la cosa. Somos hijos del Caribe. El caribe se define en el espíritu pirata, oportunista agregó. ¿Acaso no somos piratas? Posiblemente podemos considerar que tenemos un espíritu de piratería en la manera como se han manejado las finanzas públicas, porque se ha comprobado que la mayoría de nuestros gobernantes ha salido rebosante. Para un ejemplo lejano y concreto la inmensa fortuna del General Gómez, quien manejó a Venezuela como si fuera su propia hacienda.

Siempre me llamó la atención la historia del Presidente Guzmán Blanco, un hombre que no solo disponía del país sino que se iba por temporadas a Paris desde donde gobernaba por medio de cartas. ¿Qué clase de ciudadanos existen en un país así? 

Si seguimos mi teoría lo que vivimos se podría considerar una utopía pirata. Tomando la idea del ensayista Peter Lamborn que se refiere a gobiernos anarquistas que se generaron en islas secretas y que servían para satisfacer únicamente las necesidades de los piratas. Gobiernos llenos de excesos, bochinches y muchísima parranda.

 

Cualquier semejanza entre el antes y el ahora, es pura coincidencia. ¿ Qué cree usted?

 

Sin cuarta, no hay quinta.

 

Mi prima Maria Elena sostiene que no existe una ciudad más hermosa que Caracas. Yo amo esta ciudad pero  no comparto su afirmación porque en mi opinión nuestra gran capital carece de una verdadera infraestructura urbana , no podemos aferrarnos a simples sentimentalismos o patriotismos. Vivir en Caracas se ha vuelto duro y cuesta arriba, mucha  pobreza, abandono, pésimo desarrollo urbanístico, falta de transporte público y así. Reconozco que no existe clima más agradable y que la gente suele ser muy fresca, conversadora y amigable, pero es imposible no ser críticos. No estamos bien.

Los psicólogos luego de muchos estudios han llegado a la conclusión de que las personas conservan como sus mejores recuerdos la etapa alrededor de sus veinte años, a eso le llaman reminiscencia. Fue en la década de los ochenta cuando viví esa edad, por lo que tengo una idea hermosa de aquellos años, recuerdo un país optimista, en el cual hacíamos muchísimas cosas. Tal vez solo era joven.  Tal vez los jóvenes se adaptan más fácil y no se molestan por cosas como las que hoy en día me irritan, pero estoy segura de que no es la edad lo que me hace sentir en descontento con la ciudad.

Últimamente trato mucho de pensar en esos años de mi juventud, busco ser crítica con ellos, porque escucho mucho el planteamiento de que entonces los venezolanos estábamos llenos de carencias y no nos dimos cuenta, por lo que sugieren que fuimos una generación boba, ignorantes de la realidad. Todavía no logro entender como pudimos dar tantas vueltas y terminar llenos de tanta desigualdad social.  

El otro día escuchaba a alguien en la radio y dijo que durante aquellos años la gran mayoría de los venezolanos comíamos una vez al día. Y no lo pude aceptar,  automáticamente pensé  que antes se importaba leche de Suiza para los programas de alimentación, así lo puedo atestiguar porque yo veía en las mañanas como repartían las latas de leche frente a mi edificio a las madres del barrio Santa Cruz. Además se les daba un bono alimenticio a las familias más pobres.  Yo participé en una campaña de alfabetización, que se llamó Acude y luego, al parecer, volvimos a empezar, porque había miles de personas que no sabían leer ni escribir según los datos de los últimos años, lo que llevó a otra campaña. Pareciera que siempre damos vueltas y vueltas sobre una misma realidad.

Mi papá fue un médico anestesiólogo, trabajó muchísimos años en el hospital del seguro Social y en el Hospital Militar. Solía decirme que las políticas gubernamentales estaban equivocadas con respecto al ejercicio médico.

-Un empeño por crear dispensarios y consultas en lugares en los que no llega la educación. Los médicos no deben subir al barrio sino por el contrario el barrio debe bajar. Más hospitales, muchas más escuelas de medicinas, allí debe enfocarse el Estado…Al pueblo no se le debe marginar en barrios sino traerlo a la vida de la ciudad, a las escuelas, a las bibliotecas, a los museos, a las universidades.

Estoy totalmente de acuerdo con mi papá, partiendo de su idea creo que la solución no es adentrarse a los barrios, ni hacerles vías de acceso, ni carreteras, la solución es bajar a la gente de allí y proveerles calidad de vida. Los barrios nunca debieron existir, venezolano que se venía del campo, venezolano que se le debió ayudar a hacerse de una vivienda digna en la ciudad. Y se imagina si además se hubiese implementado una política de educación para el empleo, que hubiésemos enseñado a las personas para que pudiesen desarrollarse en un oficio. No existe futurible más triste que aquel, justo el momento en que la ciudad de Caracas era un valle y aún se hablaba de haciendas, porque perdimos la oportunidad de urbanizar correctamente esta ciudad. En cambio los cerros de Caracas se cubrieron de maltrechas viviendas de cartón, con gente desempleada, poca educada, que terminó siendo explotada, por lideres que fomentaron invasiones de terrenos y expropiaciones  a los que para entonces se consideraban familias oligarcas. Por eso, si lo pensamos bien nos damos cuenta de que los barrios han crecido bajo el auspicio gubernamental , guiados por su tutela, alimentados por el afán de tumbarle los terrenos a quienes pudieron. Nunca con la intención de construir un desarrollo urbanístico que le permitiera a los más pobres formar parte de la modernidad y se miembros integrales de nuestra sociedad. El verdadero fracaso de la cuarta República está allí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Había una vez un ferry chiquitico… 

 

                  

 

A mis padres les encantaba viajar en el ferry a Margarita. Usualmente nos embarcábamos en el que sale de Cumaná que suele ser más viejo.

“Casi una chalana” decía mi tía Flor, compañera de andanzas.

Recuerdo largas colas para subirnos, noches y madrugadas. Muchísimas personas iban a la isla atraídas por su puerto libre, en el que se conseguía de todo tipo de mercancías importadas. De ese tiempo queda algo vago, también escasea.

Quizás por eso me atreví a irme en Ferry sola, así como lo oyen, me fui por la mañana al puerto de la Guaira para embarcarme.  Muchas personas me preguntan si no me da miedo andar por ahí por mi cuenta y yo les respondo que sí, muchas veces me da miedo, porque a veces no hay alguien con quien hablar como me sucedió en la isla de Santorini, cuyas callecitas laberínticas anunciaban mucha soledad. Yo era la única huésped del  hotel, se imaginan. Lo que pasa es que creo que en la vida contamos únicamente con nosotros mismos, claro que me encantaría viajar con un compañero, porque además uno no sabe si se accidenta o se enferma en otra ciudad. Yo solía hacerlo con mi familia, con mis amigos, con mis parejas y cuando se puede me encanta, pero no siempre hay alguien y no debemos dejar de vivir, de experimentar, de soñar, de conocer, por depender de alguien más. Cuando hay una muy buena película en cartelera sino hay quien se sume me voy sola al cine más cercano e igual hago con los viajes, si se da alguno me arranco. 

Como no es mi deseo hacerle propaganda a ninguna compañía les pido que pregunten por quien cubre la ruta, chequeen sus horarios, etc. Yo solo les cuento sobre mi experiencia. Me subí a esa embarcación y navegamos sin ningún tipo de contratiempos, el día muy soleado, los pasajeros muy amenos, la travesía alegre. Inclusive fuimos exactos y puntuales. Siendo Margarita una isla grande el carro es bastante indispensable así que me encomendé a la Virgen de Valle, a la cual mi papá tenía por patrona y zarpé.

Muchas personas me habían hablado mal de este servicio, pues a mí me fue bien, es lo único que puedo contestar, porque no dudo de las otras historias. En el aeropuerto de Miami un pasajero discutía con la representante de la aerolínea aprovechando que yo me estaba quejando de su retraso, argumentando que en ningún momento se nos había notificado del pago de impuestos aeroportuarios en dólares, él insistía e insistía, así que le afirmé: “Es lo primero que te dicen al embarcarte en Maiquetía, pero además mire su pasaje, ahí se lo pusieron. Lo del retraso es culpa de ellos pero lo otro, fíjese en su billete ya no insista.” Entonces se molestó conmigo y me hecho una mirada rabiosa. A mí lo que me pasa es que la verdad es la verdad, las cosas son como son y no puedo apoyar lo que no me parece correcto. Cuestión de principios.

Los ferrys llegaron a Margarita por el empeño de empresas navieras de carácter privado. Ferrymar, la primera, en 1957, de los hermanos Bartolo y Estílita Rojas; Naviesca (Conferry a partir de 1970), de Fucho Tovar y otros accionistas, en 1959; e Intumaca, de Licho Fermín, a comienzos de los 60. Lo que muestra como fueron los propios margariteños los que buscaron la manera de conectarse con el país y de esta manera llevar prosperidad a sus playas.

En North Carolina, mi comadre Stella me llevó a Biltmore a conocer la casa y la inmensa hacienda de los Vanderlbilt, mansión museo semejante a un castillo del Loire abierta al público, que puede disfrutar recorrerla, almorzar en sus varios restaurantes, visitar sus viñedos, hospedarse en su spa cinco estrellas y caminar por sus bosques. Lo interesante además de la propuesta turística era conocer más la historia de esa familia de origen holandés, que emigró a los Estados Unidos  y se hizo multimillonaria con sus empresas de transporte. Si tomamos en cuenta el proceso inflacionario podemos afirmar que George, el  tatarabuelo de los Vanderbilt, era más rico que Bill Gates. Les cuento esto hablándoles de Margarita para hacerles el siguiente comentario. La riqueza de esta familia surgió del transporte, fueron los dueños de los vapores y posteriormente de los ferrocarriles que unieron un territorio tan vasto como el delos Estados Unidos, trayendo una enorme prosperidad. Curiosamente luego de muchas vueltas, los ferrocarriles dejaron de ser privados y formaron parte del transporte del Estado, así nació el Amtrack. Todos los que hemos viajado en tren en ese país hemos descubierto lo costoso, lento e ineficiente que resulta. Eso me hace pensar que las empresas no funcionan a su máximo potencial cuando pertenecen al Estado. Diría lo mismo del correo americano que da perdidas frente al sistema de courriers que se cotiza en Wall Street. Algo falta, algo falla, piénselo bien.  Los margariteños posiblemente se preguntarán por sus ferrys como lo hacemos nosotros…Yo solo les cuento lo que viví.

Desde mi posición…

 

Al principio de este año no podía imaginar que me tocaba embarcarme en un viaje de recuperación. Luego de mi fractura de la rotula me ha tocado ocuparme en sanar. Sanar toma tiempo. Cuando estamos sanos nunca apreciamos lo maravilloso que es estar bien. Tampoco imaginamos todo lo que hace y logra una parte de nuestro cuerpo hasta que nos topamos con su mal funcionamiento. En el idioma inglés hay una expresión muy interesante : “Take for granted” , que podríamos traducir como tomar por sentado. Es decir, presumir que las cosas simplemente están y ser indiferentes a ellas. Podemos entonces afirmar que es la ausencia de las cosas lo que nos hace poner atención. Por ejemplo, nunca aprecié el oficio de mi rodilla tanto como lo hago hoy. Gracias a ese huesito en forma de corazón, flexionamos, doblamos, brincamos, nos arrodillamos, le damos vida a nuestras piernas. Admiro toda su labor, por lo mucho que me cuesta volver a ser aquella que caminaba más de 8 horas seguidas las calles y avenidas de Nueva York.

Las fracturas son un rompimiento físico de nuestro cuerpo, así como un rompimiento emocional. Lo que se rompe nunca será igual. Para los chinos, apegados al Feng Shui lo que se rompe debe descartarse, porque no volverá a ser como antes, curiosamente para los japoneses un objeto adquiere mucho más valor cuando se rompe y es reparado correctamente, porque quiere decir que ese objeto de ahí en adelante tiene una historia. Me gusta muchísimo el planteamiento japonés, porque no creo que se viva para desechar sino para hacernos de una historia.

Muchísima gente durante mi convalecencia me ha dicho que uno se accidenta porque de ahí viene un aprendizaje. Tal vez, pero muchas veces me hago la pregunta de que vinimos realmente a aprender a esta vida. A lo mejor no hay ninguna lección, vamos como los animales, vamos siendo hasta no ser. Entonces, sigo pensando y pensando, ¿ Será que no es cuestión de aprendizaje sino de perspectiva? La física cuántica parte sus cálculos desde el observador, todo cambia dependiendo de donde se está, así empieza lo relativo. No existen verdades absolutas, existen observaciones. Lo que importa no es lo que miramos sino de donde lo miramos. Para explicarme más simple, usted no es el niño, ni el adulto, ni el anciano, usted ve a través de la edad otra perspectiva. Obtenemos diferentes perspectivas con los cambios. No es cuestión de aprender una verdad, sino de darnos cuentas que hay infinitas posibilidades de ser otros.

De alguna manera, luego de mi accidente voy viendo espacios que normalmente no visitaría, como las clínicas y las consultas médicas. Creo que los médicos en esta Caracas de revolución tropical tienen un cierto aire de locura porque atienden como perdidos, atropellados por una cantidad de pacientes inusitada y a unas horas que parecen increíbles. Para darles un ejemplo, tengo una amiga cuyo traumatólogo abre la consulta a partir de las 7 de la noche, es decir puede ser que le toque entrar casi a la medianoche. Andar de consulta médica nocturna en Caracas es una locura total, pero definitivamente lo tomas o lo dejas. No conseguimos explicación a la locura que se ha ido apoderando de nosotros. No importa la hora a la que lleguemos a una consulta ya se anotaron. Las radiografías que te mandó a tomar el médico vienen en cd y el programa para abrirlo resulta misión imposible, así que para después. Pero ninguna como la pregunta de la enfermera a todo pulmón: “Dígame, señora, para que le mandó el médico a hacer un examen del antígeno prostático.” Ya no es cuestión de médicos de acá o de allá, de hospitales o de clínicas, de seguro social o de compañía aseguradora, todos estamos sometidos a la locura. El heladero de nuestra urbanización se fracturó el tobillo y de tanto esperar por una cama para operarse se le soldó por sí solo, así que se quedó tal cual.

Luego salimos del consultorio para acercarnos ingenuos a la primera farmacia y así empezamos el recorrido, “No hay, tal vez este le sirva, pero es igual, bueno, más o menos, pero usted cree, a falta…”  Qué desesperación, porque hablamos de un problema de salud, porque la enfermedad necesita de una respuesta rápida y oportuna. No podemos tener un sistema de salud que no aporte soluciones.

Tuve un alumno que nació con problemas para caminar y debió ser sometido a varias operaciones y me contaba que se quedaba solo en el hospital por meses pero que era un lugar en donde se sentía cuidado y protegido. Eso fue hace cuarenta años. La última vez que visité un hospital me pareció un lugar desolado. Hasta algunas clínicas privadas me dan la misma sensación. Dejamos de crecer, dejamos de invertir, dejamos de ocuparnos en desarrollar más centros de salud. Y para colmo de males, el otro día oía al presidente de la Federación médica refiriéndose a la partida al exterior de alrededor de 10500 médicos, porque en definitiva la economía mueve a las personas y nadie se va a quedar a trabajar en un país en el que no se gane un sueldo real, que le permita crecer y prosperar.  

  Creo que Venezuela es un país que tiene muchos recursos y que debe ser manejado con un mejor sentido gerencial. Organización y orden. Para ser honestos recuerdo haber oído de mucha corrupción en el sector salud en los tiempos de la cuarta, pero es terrible que quienes surgen como promotores de las reivindicaciones y de los cambios no generen otras realidades, porque no se oye nada nuevo. Hasta la llegada de los médicos cubanos ha quedado lejana. Necesitamos sanar un sistema de salud indiscutiblemente enfermo y solo hablo desde mi posición de paciente.