¿Una historia distinta?

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

Un carro queda atravesado en medio de la vía. Se activan las luces de emergencia. Se baja una mujer alta, entaconada. Podría estar estrenando la ropa, cierra el carro con el control y se dirige a la taquilla bancaria que está al frente de la acera. Todos tocan la corneta, ella sigue indiferente. Un motorizado da la vuelta en U, ignora el semáforo. Se escucha un frenazo, la tarde cae indiferente.  Por el canal rápido de la autopista, un carro transita a menos de 50 kilómetros por hora, enseguida comienza a armarse una cola a pesar del poco tráfico.  El recorrido hay que hacerlo con cuidado, hay demasiados huecos en la vía, si un carro cae en uno de ellos, mínimo pierde el caucho.  Con frecuencia las tapas conocidas como “bocas de visita” se vuelan, los huecos quedan al desamparo y los transeúntes también. Como respuesta alguno de esos hombres que aún guarda un poco de inquietud en su bolsillo se le ocurre atravesar una rama caída en el último vendaval en todo su centro, para advertir del peligro.

En las aceras se acumulan los troncos y hojas que ya nadie recoge. Muy cerca del supermercado el cemento se tiñe de un verde pálido porque sobre los restos vegetales se ha armado una gran cola. Todos están a la espera de que les den acceso al interior del negocio para comprar azúcar. ¿Qué cómo se supo que llegó?  Desde adentro salen los primeros avisos: cajeras, acomodadores, los de la carnicería y charcutería, los camioneros que trasladan la mercancía, todos mandan mensajes de texto a sus conocidos, a la familia, a la gente del barrio. Todos llegan con ojos de desesperación, olor a agrio y ropas que comienzan a tener características de andrajosas.  Aquella fama de limpios y perfumados, aun en el más pobre, también es cosa del pasado.  Las motos comienzan a ser estacionadas sobre la acera, en cada una llegan hasta tres personas, sin casco.  Hay un hombre que tiene una lista en la mano, ordena a los primeros de la fila.  La acera del frente también se llena de gente, mujeres mayores de ojos vidriosos, jóvenes embarazadas. Hombres famélicos que ya no se sostienen en pie. Se sientan todos al borde.  Se convierten en un público inesperado.  El vigilante de uno de los edificios sale, les habla con voz cargada de miedo, les dice que no pueden estar allí. Nadie le oye,  ni siquiera levantan la mirada del piso. El hombre cansado gira en dirección a su garita, ya cumplió con su trabajo, eso considera.  No puede  hacer más nada.

En la cuadra siguiente se arma una feria de mangos. Zagaletones armados de palos, piedras y cuerdas destrozan las matas cargadas de frutos que han vivido la historia de la ciudad durante cientos de años.  Los choferes disminuyen la velocidad porque desde lo alto caen cercanos a los parabrisas, los frutos verdes. Los muchachos se ríen. Una mujer rodeada de niños pequeños los observa desde la entrada de un edificio, da de mamar al más pequeño, y cada vez que entra o sale alguien, ella extiende la mano en solicitud de limosna. Podría trabajar piensan algunos, pero ella se acostumbró a pedir.  La calle entera refleja el caos.  Un hombre se acomoda en la esquina del semáforo. Con la luz roja, se mueve con agilidad entre los carros, también pide. Va en silla de ruedas. Son muy pocos los que bajan el vidrio para entregarle algo. Los que no lo hacen reciben a cambio un golpe en la ventanilla, insultos e improperios.

Unos truenos fuertes se escuchan sobre la montaña,  la fuerte amenaza de lluvia se instala en la ciudad,  como se ha instalado la anarquía.  Se necesitaría que el agua  que cae dejara de escasear en la tuberías y que con ella como una bendición se pudieran lavar las conciencias, para comenzar de nuevo, una historia distinta. 

 

Ciudadanía Vs. Política

Por Inés Muñoz Aguirre.

 

No deja de  asombrarme como el tema de lo político ha invadido todos nuestros espacios y me pregunto a medida que veo a la gente debatirse entre los aspectos más perversos del tema, en qué consiste la incapacidad que nos asiste hoy en día de darnos cuenta que tal tema, forma parte del cambio ideológico promovido en la sociedad.  Quizá lo que más me asombra es que hay una buena parte de la colectividad que cree que porque repite hasta el cansancio una serie de frases aprendidas, está ejerciendo la política, sin darse cuenta que exactamente lo mismo sucede con los que ven lo que nos sucede desde el otro lado  de la acera.  Incapaces del análisis certero, preciso, adecuado y en el tiempo necesario, nos explayamos en una serie de razones tamizadas desde la experiencia personal, lo cual implica que nuestras carencias, necesidades  y creencias individuales son las que conforman el entramado de nuestro discurso, ignorando, tal vez, que la política para que tenga la representatividad necesaria forma parte de un ideario colectivo, del cual no se nos puede escapar la capacidad de análisis objetivos, para expresar y tomar las decisiones adecuadas, porque uno de los grandes valores de su ejercicio, radica en el pensamiento estratégico.

Yo insisto, tal vez equivocadamente, que la política debe estar en manos de los políticos y la ciudadanía en manos de los ciudadanos y lo digo partiendo del hecho de que hoy en día la política a nivel mundial dejó de ser un ejercicio del habitante de la polis, para convertirse en una profesión universitaria, con distintos grados y especializaciones.  Ello ocurre porque en la medida que las grandes sociedades se han vuelto más complejas y con mayores ámbitos de desarrollo, necesitan  que quienes las dirijan se adecuen a ello.  Hay quienes argumentan que si no participamos de manera directa en el ejercicio de la política no podremos superar la serie de problemas a los cuales nos enfrentamos, entonces, me pregunto, ¿No nos hemos dado cuenta que una gran parte de esos problemas surgen precisamente en el momento que asumimos que cualquier persona podía escalar posiciones dentro de la política, sin la formación necesaria?  La definición conceptual dice: “La política es una actividad orientada en forma ideológica a la toma de decisiones de un grupo para alcanzar ciertos objetivos. También puede definirse como una manera de ejercer el poder con la intención de resolver o minimizar el choque entre los intereses encontrados que se producen dentro de una sociedad”.  ¿Tal definición no les suena a gerencia? ¿A capacidad y preparación? ¿A especialización?

El verdadero ejercicio propiciado por el accionar, la participación, y sobre todo la contraloría queda en manos de los ciudadanos, hombres y mujeres de libre pensamiento y profesión, capaces de escuchar, elegir el “discurso” más  acorde a sus principios, pero sobre todo capaces de activarse  para el desarrollo social.

¿Por qué no aceptamos que sí no nos hemos preparado para el ejercicio de la política como profesión, lo que nos corresponde es el ejercicio de la ciudadanía? Porque  tal decisión es mucho más riesgosa, comprometida y difícil que cualquier otra.  La Ciudadanía  forma parte de nuestra condición de integrantes de un país.  En consecuencia tenemos derechos y deberes que no surgen de la nada, sino que se encuentran claramente descritos en la Constitución.  Un ciudadano debe conocer su sistema político, administrativo  y jurídico, pero a su vez determina a través de sus acciones  su comportamiento, el respeto a las normas de convivencia y la tolerancia que implica la aceptación de la diversidad.

Mientras más estudiamos sobre ciudadanía más encontramos elementos claves como el referente a  “un sentido en pro de la moral y las buenas costumbres de una nación”. Y finalmente, cuando entendemos la importancia de ser ciudadano nos damos cuenta que tenemos desde el punto de vista democrático, derechos como el del ejercicio del voto para escoger a quienes  nos representan, así como aquellos derechos que tienen que ver con nuestra concepción social y que nos deben hacer exigentes en temas como la educación, la atención médica, el buen servicio de las instituciones públicas y los derechos humanos, entre otros.  Así como no deberíamos olvidar que uno de los principales deberes que tenemos es el del pago de nuestros impuestos, por lo cual también deberíamos ser contralores en lo económico.

En fin, ante la larga lista de todo lo que nos toca ejercer como ciudadanos, creo que en la medida en que perdamos una hora de formación ciudadana en hablar y teorizar sobre política repitiendo las mismas frases una y otra vez, no podremos resolver ninguno de los males que nos aquejan, porque lo que hacemos es demostrar como se ha logrado penetrar nuestro ideario social, hasta convertirnos en unos analistas persistentes, que no avanzamos en la argumentación necesaria y hasta nos ofendemos cuando alguien dice: aquí no se habla de política, se habla de sociedad.

No hemos crecido porque hablemos de política, no nos engañemos, yo diría más bien que nos hemos adormecido. Hemos perdido la libertad de actuar, a cambio de la reflexión impuesta, atrapados en un círculo vicioso que repercute de forma visible en el estancamiento en el cual nos encontramos.  Que importante sería avanzar hacia el rol que nos corresponde.

El concepto spa  como insulto.

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

Camino por la orilla el mar. Esas playas maravillosas que se extienden por kilómetros y que son tan características en nuestro país. Al fondo los pequeños bohíos con techo de palma para la protección del sol. Ese sol también tan nuestro, tan brillante en medio de una extensión inigualable como nuestro cielo azul. De pronto un tum tum tum se apodera del espacio. Las olas estallan en la orilla sin que apenas podamos escuchar el sonido que caracteriza y acompaña al mar en su movimiento. Un grupo familiar se reúne bajo el paral que sostiene la enorme corneta, protegida de las inclemencias del ambiente por una toalla.

Alrededor nadie dice nada. Como sombras permanecen todos en silencio, porque el volumen de la música es impedimento suficiente para cualquier conversación. Los promotores del escándalo rien orgullosos con sus vasos en las manos. Los niños corren hasta el mar, envueltos en los faralaes que parece contener el merengue.   Camino cabizbaja hasta mi silla. Durante un rato clavo mis ojos en la arena y juro por Dios que deseo que la música me posea de tal manera que me haga sentir como la reina de la fiesta, pero no es así.  Me pregunto de qué huye la gente que no puede disfrutar en silencio de la naturaleza. ¿Por qué buscas el mar para huir de él? ¿Por qué se ahoga un sonido maravilloso que no tenemos oportunidad de disfrutar en la ciudad? Guardo el libro en mi bolso, es imposible leer. Un halo de indiferencia  se desliza por las bases de los paraguas.  De pronto llega el silencio, las risas se congelan por un rato. Un hombre gordo, pero exhibiendo aires de galán se tambalea. Entre dos más cargan las cornetas en dirección al edificio.  Me alegro. Los imagino recogiendo todo para regresar a Caracas antes de la caída del sol.  El paso de los nuevos vigilantes de la playa llama mi atención, morenos, delgados, casi escuálidos y temblorosos. Enfundados en uniformes recién sacados de la bolsa de celofán en que estoy segura que llegaron a sus manos. Cuelga del hombro izquierdo un pequeño flotador. Reluciente la combinación de negro y naranja, al descubierto del otro lado del pecho el escudo de la gobernación.

Tum tum tum. Estalla de nuevo el sonido, esta vez a mí espalda,  nadie podría creer que las líneas de aves que pasan sobre nuestras cabezas emitan algún tipo de sonido, o que la pelota que rebota sobre la paleta de playa no es víctima de un silenciador.  El eco repetido, arrastrado por las cabellos desde la ciudad escandalosa hasta el paisaje natural, casi virgen del lugar se hace dueño de todo.

Es imposible soportar la caída del sol en el horizonte y la aparición de la tarde en medio de tal exhibición de poder. Si, en nuestra sociedad hay hombres para los cuales, el vaso de güisqui en la mano, la curvatura de la barriga, un tabaco, las risotadas, las groserías  escuchadas por todos y el volumen de la música son sinónimo de poder, poder para el más pendejo, el más inculto  o el más ignorante.

Paso a recoger mis pertenencias, no hago nada frente al mar, ya no estoy tranquila. De vez en cuando alguien tararea sobre la canción. Yo doblo mi silla de acero inoxidable recién comprada y camino hasta mi casa,  mientras pienso en el sonido de Petare los fines de semana o en el de Las Minas, que se escucha en todo su esplendor en el estacionamiento del Centro Ítalo.   Sólo falta sumar uno que otro tiro.

Me acerco, con actitud amable, voz baja. El hombre que me recibe enfundado en su franela con manchas dejadas por la arena húmeda, me observa con una picardía en los ojos que me aclara que tengo la batalla perdida.  Al llegar a mi casa recurro al chat de vecinos, que debe servir para algo más que para enviar chistes, cadenas  y alertas políticas. Solicito solidaridad, recurro a la palabra convivencia, creo que hasta menciono  ese tema “loco” de la ciudadanía.  La respuesta es certera, firme e inmediata.  “Con todos los problemas que estamos viviendo, con la carestía y la escasez lo mínimo que tenemos en derecho a divertirnos. Si usted quiere un Spa, váyase a otro lado, aquí no es. Esto no es un spa”.

Para algunos la respuesta puede sonar a chiste, para otros puede que sea el mejor de los argumentos, de hecho, nadie dice nada en el chat y es lógico porque bien se dice que “el que calla otorga”. Para mí  esto que sucede es la expresión clara de una buena parte de este país, golpeado por unos y por otros. Una sociedad donde prevalece la anarquía y en donde los límites que implican deberes y derechos han desaparecido. En una sociedad donde se imponen los criterios a fuerza de bravuconadas.

 

 

Quitarnos la venda

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

¿Qué nos hace falta, para plantearnos salidas concretas y coherentes en medio de la crisis en la cual nos encontramos?  Quizá tengamos que hacer un alto  en este camino lleno de dificultades, tomarnos un tiempo de reflexión y mirarnos al espejo como país.  Quitarnos la venda. Mirarnos con la sinceridad necesaria en estos casos, ya que los ojos tapados sólo nos sirven para mantenernos a oscuras.

Reconozcámonos en el país petrolero que abandona el campo, la agricultura, poblaciones ricas cultural y económicamente para dedicarnos a la explotación del bien llamado por Juan Pablo Pérez Alfonso “El excremento del diablo”. Fue tal el festín que nos consideramos en su momento un país rico, sin darnos cuenta que la riqueza de los países tienen que ver con sus modos de inversión, con educación, salud, vías de comunicación, capacidad de negocios, una economía boyante, aprovechamiento cultural, si vemos a nuestro alrededor lo que tenemos es pobreza y más pobreza a nuestro alrededor.

Reconozcámonos en la belleza de los paisajes naturales que tenemos, selva, montaña, playas, nieve, desierto, todo en nuestras manos para hacer de nuestro país uno de los más importantes a nivel mundial en turismo. Países con muchos menores recursos naturales que los nuestros han logrado hacer de sus áreas privilegiadas, una fuente de ingresos y de trabajo permanente.  Conjugando lo natural con lo económico. Si vemos a nuestro alrededor tenemos lugares abandonados hasta el punto de haber perdido grandes hoteles asociados a cadenas internacionales que en su momento ofrecían servicio de primera. La inseguridad nos impide recorrer el país y disfrutar de sus perspectivas en el área.

Nos conocieron en el mundo por dos códigos que se convirtieron en emblema nacional: El Miss Venezuela y las telenovelas.  Ya antes de la crisis política, la telenovela comenzó a desaparecer pero había dejado el mercado abierto para Colombia y los seriados  españoles, por nombrar sólo dos de las industrias televisivas de distintos países que se activaron a tomar su cuota del mercado.  El Miss Venezuela comenzó a ofrecer uno que otro escándalo, la belleza natural pasó tras el plano de las operaciones y hoy en día hasta sus organizadores se deslindan de muchos de los temas que acompañan a un concurso desprestigiado.

Nos enorgullecíamos hablando de nuestro buen humor, saludábamos con besos y palmadas, dábamos “voces” llamando la atención sobre una sociedad calificada de dicharachera y festiva.  La confianza  se extendió como características con sus matices positivos, pero también con sus matices negativos.  Hoy a nuestro alrededor vemos a una sociedad sumida en el silencio, la rabia, el resentimiento y el cansancio. Los rostros del venezolano de hoy no representan para nada el rostro del venezolano de otros tiempos.

Durante años hemos jugado a ensalzar personas que colocamos en un pedestal, pero el día que hace algo que no nos gusta, lo apedreamos convirtiéndonos en una sociedad inquisidora.  Esta característica nos ha llevado a reconocer en posiciones de liderazgo a personas carentes de la formación necesaria para ocupar los puestos que les hemos asignado y la gente valiosa que no sabe o no puede relacionarse con los que imponen matrices de opinión quedan siempre a la sombra.

Podríamos reconocer frente al espejo una larga lista, sin atreverme a calificarla de positiva o de negativa: “vivos”, negociantes, impuntuales, amantes de un “puente” o festividad prolongada. Nos acostumbramos a preguntar ¿Quién se equivocó? Y a no obtener respuestas por miedo a asumir responsabilidades y más fácil aún nos acostumbramos a echarle la culpa al otro de todos nuestros males.

Invito a ésta reflexión porque es la única forma de descubrir nuestras debilidades porque a partir del trabajo que podamos hacer sobre ellas es que podremos modificar todo aquello que sea necesario, para decir en primera instancia que aprendimos la lección. Estoy segura también de las bondades y aspectos positivos que podemos tener como sociedad, pero disfrutar su enumeración será posible cuando con el rostro descubierto comencemos a accionar por los cambios necesarios.  Los cambios de todo aquello que en nuestra actitud como sociedad nos ha colocado al borde de un precipicio.  Aceptar que nos equivocamos en muchas cosas y que la vida de bonanza a la que estábamos acostumbrados, ahora nos pasa una factura.  Reconociéndonos podremos entender en qué nos equivocamos, para poder entender también cómo y por qué llegamos a donde estamos.

SE NOS PERDIÓ LA PALABRA CONVENIENTE.

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

La construcción del discurso, pasa hoy en día por menospreciar o sobrevalorar la palabra. Son dos sentimientos o posiciones extremas pero es una característica que habla a su vez de como tambalear o como salvaguardar las interrelaciones en una sociedad.  El uso de la palabra, por ignorancia,  por descuido o por definición concreta de cómo se utilizará, puede contribuir a un cambio total de percepción frente a un acontecimiento, pero también puede contribuir a la polarización o al distanciamiento entre personas pertenecientes a un mismo entorno. La palabra es una base sustancial para la construcción de emociones y de encuentros, no en vano es el ser humano, el único habitante de este planeta, que tiene la capacidad de expresarse a través de ella.

La sociedad venezolana tenía una serie de figuras entre los cuales por mencionar algunos, se encontraban los maestros, los religiosos, los políticos y los “intelectuales”, que servían de patrón o modeladores de conducta, como ocurre con todo individuo que frente a un grupo de personas ejerce de líder.  Tal era nuestra exigencia que cuando algún político cometía un error, lo que había hecho se convertía en viñeta, chiste, crítica y era llevado hasta la “Radio Rochela”, lo cual significaba que había alcanzado un punto máximo de atención, como sucedió con el recordado  “autosuicidio”. La actitud que asumíamos también hablaba de lo que éramos como colectividad. Una sociedad extrovertida, dicharachera pero nunca vulgar. Una sociedad que no tomaría “esa palabra” para sí, porque tenía la claridad de lo que debía incorporar a su vocabulario.

Después vendría aquella famosa frase de “Preparate que esta noche te doy lo tuyo” en la boca de un presidente en cadena nacional, tuvimos que asumir que el discurso que hasta ese momento nos identificaba, cambió. Esa frase en cualquier otro país del mundo hubiera causado una ola imparable de protestas desde distintos sectores, pero en nosotros produjo risas y aplausos de aprobación, aunque después le diera la vuelta al mundo para que en cada país fuera interpretada desde la perspectiva de cada entidad.

Allí comienza una historia que identifica la forma en que ahora ordenamos las ventajas que nos regala nuestro abecedario. En lo político pasamos de un lenguaje institucional en el que se cumplían reglas de protocolo, al manejo de formas de expresión acompañadas de  una gestual violenta y repetitiva. Una gestual  que en la historia de la humanidad se asocia a violencia y represión.  Se impusieron palabras como: escuálidos, pitiyanki o imperio por mencionar algunas. El tan repetido “usted” enseñado en los hogares venezolanos como símbolo de respeto, pasó de pronto al tú, al mamita, papi y el más reciente “chica” repetido hasta la saciedad en cualquier lugar. ¿La interpretación del cambio? Algunos dirían que la búsqueda de la igualdad.  Y así se fue sumando lo vulgar, el chiste de mal gusto, la grosería hecha pública y utilizada en los medios de comunicación.

Perdimos la riqueza en nuestro lenguaje, la capacidad de expresión con la posibilidad de construir la frase ideal para comunicarnos con el otro. La perdimos porque nos dejamos arrebatar además, aquella mezcla producida por el encuentro de tantas culturas diversas que hicieron vida en nuestro país. Perdimos la naturalidad de los modismos que van imponiendo las nuevas generaciones. Nos  sumimos en una nueva ola que nos ha hecho actuar como receptáculos pasivos de lo que para algunos estudiosos del tema, se ha calificado como una neolengua. Ese fue el término usado por el autor británico George Orwell en su novela 1984, para identificar una forma de dominar el pensamiento de la sociedad.  Ahora somos la suma de las palabras surgidas del cambio social que hemos experimentado, como: aperturar o accesar. O la feminización que ya se ha vuelto chiste y rutina: el poeto y la poeta o el pez y la peza.  La gente, incluyendo profesionales, las repiten sin pudor alguno. Poseemos un sin fin de ellas para descalificar al oponente, al que no piensa como nosotros. Insultamos, maldecimos y deseamos lo peor a nuestros semejantes. Incluso hemos llegado a internacionalizar el insulto. Formamos parte de la construcción de un nuevo diccionario, en el cual la palabra tiene apariencia de arma, lo cual no podemos ignorar, porque tal como lo dijera el escritor y clérigo inglés Robert Burton: “Una palabra hiere más profundamente que una espada”.

Mirar el horizonte

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

 

Hace siete años escribí la obra de teatro Estado de sitio.  En un foro con lectura dramatizada no faltó quien dijera, que el tema era un poco exagerado. Dos hermanos encerrados en un apartamento que hacen turnos para buscar agua, que se alternan en las colas de los abastos y supermercados para adquirir alimentos, que transitan asustados por las escaleras de su edificio debido al racionamiento eléctrico, que a media noche escuchan tiros y han sido testigos de cómo los colectivos invaden apartamentos desocupados.

La obra fue publicada en México hace tres años y quizá de lo que he escrito es el único texto que he leído y releído una y otra vez, digo esto, porque una vez que lo que escribo se transforma en un libro, lo miro de lejos, siempre con cierto temor. Pero, ¿por qué he repasado esas páginas tantas veces? Quizá porque todo ha ido sucediendo y eso no deja de sorprenderme, contestaría en primera instancia, pero la verdad es que lo hago porque en la relación de los hermanos hay momentos que se convierten en la clave de lo que tiene que asumir cualquier sociedad en situación de crisis:  los hermanos juegan a preservar su memoria, la imaginación, la rapidez mental y quizá la posibilidad de reírse en medio de su propia tragedia.

Ahí está lo que me gusta de esta obra, lo que he defendido siempre, lo que yo no puedo explicar con la propiedad adecuada porque no soy psicólogo ni siquiatra, pero digo una y otra vez que es el punto clave: preservar nuestra salud mental por encima de cualquier situación por más extrema que nos parezca. ¿Qué es lo que hacía el protagonista de La vida es bella, no sólo por su hijo, si no por él?

En la teoría es fácil dirán algunos, sin embargo, cuando analizamos como la depresión, el negativismo, la tristeza, la decepción se instalan y crecen en nuestra vida, es fácil entender que se va perdiendo la energía, que empezamos a valorizar la queja por encima de cualquier otra actitud y que somos capaces, porque ya se hace frecuente, de señalar, juzgar y agredir a quien se muestra positivo, a quien disfruta una buena comida, a quien viaja o simplemente a quien se ríe. El círculo perverso estimulado por las malas noticias, por matrices de opinión que se alzan de un lado y de otro, y por los desaciertos que asumimos como nuestros, funciona como un pesado grillete que sujeta no sólo nuestro cuerpo, si no cada una de nuestras emociones, al punto que ya nos identificamos como una sociedad sumida en la miseria.  Así, la gente hace colas para todo, convertidos en seres improductivos pero además convertidos en un gran silencio.

No es fácil lo que estamos viviendo como sociedad, pero no fue fácil para los que sobrevivieron a los campos de concentración, mientras miraban vacío, hambre, desolación y muerte a su alrededor. No fue fácil para los inmigrantes europeos  que llegaron aquí después de la guerra, como muchos de ellos cuentan, con una mano adelante y otra atrás. No es fácil para los padres que pierden a sus hijos, para los que han superado la perdida de una parte de su cuerpo gracias a las minas terrestres. Menciono estas terribles experiencias como la práctica que han tenido que enfrentar muchas personas que con el paso del tiempo reconstruyen sus vidas, salen adelante y rescatan siempre una visión positiva de lo vivido.

Nosotros, cada uno desde su tarea individual tiene la vida por delante y urge la tarea sobre lo emocional, lo cual no significa desconocer lo que nos pasa, significa buscar el lado positivo de lo que nos ocurre, ejercitarnos, encontrarnos los unos con los otros, compartir un libro, una historia, una película. Compartir el pedazo de pan. Hablar, decir, hacer. Sobre todo hacer desde nuestros ámbitos de estudio o de trabajo. Detenernos a lamentarnos o a juzgar a quien no se detiene, es entregarse y todo el que se entrega es vencido por su oponente.  No nos entreguemos!

LIDERES CERCANOS

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

Que millones de espectadores sigan con suma atención y emoción, acontecimientos como las bodas reales, no es algo gratuito, los seres humanos nunca estamos conformes con nuestra realidad, siempre necesitamos un espacio en nuestras vidas para soñar, para convencernos que todo puede ser mejor. Un espacio donde reina la alegría, el color, los buenos sentimientos, la belleza, el dinero y la abundancia. Ningún ser humano quiere ser pobre, feo y desaliñado.

La validez de esos “eventos” que se transmiten vía las grandes cadenas de televisión, radica siempre en la esperanza: la plebeya que se casa con un príncipe, el presidente negro y su esposa que en otros tiempos, la sociedad americana no podía plantearse como gobernantes. Un Papa que da la bendición desde un balcón a miles de feligreses que viajan desde todo el mundo. Los artistas que entran en medio de cientos de espectadores que gritan sus nombres la noche de los Oscar.  Los festivales de música y más recientemente los Reality Shows o la telerrealidad. Todas estas imágenes tienen un “algo” en común: la gente que sueña.

Los medios de comunicación digitales, los audiovisuales y las redes, multiplican esos sueños a medida que se comparten, pero no podemos perder de vista que esas historias que se cuentan a través de las cámaras, siempre tienen unos protagonistas que son y aparecen rodeados de gente. Unas multitudes que buscan el contacto directo, que necesitan oír una voz, respirar un aroma, extender la mano para recibir una caricia y finalmente escuchar la palabra adecuada. Ellos, los que están allí se convierten en unos privilegiados, a los cuales llegamos a envidiar.

Nuestra sociedad no está exenta de las necesidades emocionales de todas las sociedades del mundo. En la construcción de la democracia en la que surgieron líderes batalladores, preparados y con ambiciones de poder, recorrían el país de norte a sur y de oeste a oeste. La gente los abrazaba, los olía, corría atrás de ellos, porque corrían tras el sueño de una vida mejor.  Los líderes del momento tenían claro que se trataba de eso, de la posibilidad de contar un “cuento” que se hace bueno cuando tiene un final feliz.  No podemos olvidar historias como las del candidato que vestido de impoluto blanco brincaba sobre los charcos de agua, sin que nada lo salpicara,  o la del candidato presidencial que durmió en la casa de un barrio, seguramente causándole mucha angustia a sus “anfitriones”, pero a su vez propiciándoles una experiencia inolvidable para ellos y sus vecinos. Era una época en la que los recorridos realizados por los candidatos, o los aspirantes a cargos públicos alcanzaban la relevancia en las primeras planas de los periódicos, en la medida en que se acercaban a la gente.

Toda esa dinámica junto a los avances tecnológicos que nos llevaron en muy corto tiempo a experimentar el cambio llevándonos  del telegrama, a los “mas media” y  la creación de las redes sociales, dio un impulso de tal fuerza a los “medios de comunicación” que  fueron ellos los primeros en respaldar para bien o para mal,  el fuerte cambio de timón que ha caracterizado a la política venezolana de los últimos años.

En ese recorrido el conjunto integrado por los líderes de relevo de nuestro país influenciados por los cambios,  se sentaron de forma permanente bajo los focos de luz y frente a una cámara de televisión. Se distanciaron.  Prefirieron mandar mensajes por el twitter que subir los miles de escalones que conducen a los barrios más apartados.  En la transformación de nuestro país se llegó a plantear una lucha desigual que no tiene que ver con el dinero, sino con el contacto con la gente. Mientras que algunos se acostumbraban al micrófono, otros continuaban un recorrido que los llevó a sembrar un “sueño” aún en los lugares más remotos de nuestros cuatro puntos cardinales.  El problema es que ese sueño no dio los frutos esperados y las imágenes que depara son contrarias  a lo que la gente quiere ser.

Lo que vivimos hoy en día como sociedad nos invita a reconocer que no hay nada que supere en el ser humano, sus necesidades de contacto e intercambio, sus alegrías, sus tristezas, sus afectos. Necesitamos de que los  líderes regresen al principio de que todos queremos soñar. Hay que salir de la prisión que brindan los teléfonos inteligentes, las redes y los medios, para hablar, conversar, compartir, caminar con la gente que necesita ser escuchada y abrazada, con la gente que necesita contar sus tristezas con la esperanza de que alguien se las podrá convertir en alegría.

Nadie quiere una imagen triste de sí mismo, de escasez, de falta de oportunidades. Nadie quiere  morir sin la posibilidad de traspasarle un sueño a sus hijos, nadie quiere enfrentarse a imágenes que sólo brindan miradas vacías.  Es necesaria y urgente la cercanía, es necesario que se brinde a nuestra sociedad la posibilidad de renacer de la mano de líderes que se hagan sentir más humanos.

UN DIA PARA EL SILENCIO Y LA REFLEXIÓN.

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

Venezuela amanece en silencio.  La vida transcurre a su lado como una película que se desliza fuera del carrete que la contiene. El mundo sigue su marcha. Desde una esquina cualquiera, quizá alguien piensa como ordenar las escenas. Todo es posible cuando se necesita construir un nuevo “discurso”, pero lo cierto es la urgente revisión de los paradigmas con los cuales se estructura, “eso” que es la esencia de una sociedad: su eje, el imaginario, la conciencia colectiva.

Hay una tarea larga por iniciar, con distintas opciones cuando nos vemos al espejo, porque la primera acción pasa por reconocernos, quitarnos la “máscara” y permitirnos ver ese rostro que ocultamos con cierta frecuencia tras la ausencia de líderes, el desgaste emocional, el individualismo, el deseo de huir, el dejar la responsabilidad en manos de otro, la crítica, el señalamiento, la depresión y la acusación y desprecio que manifestamos ante quienes no comparten nuestras ideas o forma de pensar.

Hay una lista muy larga que nos deja indefensos. La ansiedad que crece frente a la búsqueda de alguien que nos diga qué hacer, el facilismo que permite la compra de conciencias, los del negocio rápido y el trabajar menos. El disfrute exagerado del poder, al extremo que lo vivimos a diario en manos de la secretaria que lleva una agenda, de la supuesta autoridad que “matraquea”, del presidente de una junta de condominio que no escucha y así, podríamos pasarnos éste día que debería ser de reflexión y recogimiento, haciendo la lista, no sólo de lo que somos, sino de lo que queremos ser y cómo llegar a ello.

Insistir en construirnos, porque ante tanta debacle casi hay que empezar de cero, pasa por aceptar nuestras debilidades para convertirlas en fortalezas. Esa disposición es ahora algo esencial. La forma en que permitimos que se nos arrebataran las bases sobre las cuales sustentamos nuestra sociedad no es accidental, como tampoco lo es que se deje a un lado la capacitación, el profesionalismo, el estudio especializado para dirigir, conducir y estructurar el destino de una nación. No es casual la ausencia de trabajo en equipo, la falta de reconocimiento de lo positivo. El irrespeto, la agresividad, el lenguaje soez que se ha apoderado de todo.

Algo nos pasa, algo que no está bien, porque la elección de nuestros “empleados” para conducir las riendas de esta empresa que nos pertenece a todos tiene mucho tiempo que no es la más acertada.  En los momentos claves respondemos a la tan criticada “forma” de los “conquistadores”, nos deslumbra el brillo de los espejitos que nos muestran, y corremos tras el resplandor del falso tesoro, porque somos así, corremos de una esquina a otra mostrándonos a veces, inconsistentes con lo que hemos hecho o expresado en alguna oportunidad. La historia da vueltas, un veinte y tanto por ciento de la población nos pone enfrente la probabilidad de la “nada”, de la película que al salirse del carrete retrocede en blanco y negro, se enreda y nos arrastra hacia el pasado. 

Hoy como sociedad carecemos de estructuras acordes con el desarrollo y el avance de un mundo que no se detiene. Esa “decisión”  no puede paralizar nuestras perspectivas, saquemos conclusiones, hagamos cada uno nuestra propia lista, vamos a revisarla y a pensar qué de eso puedo cambiar. ¿Cómo lograrlo desde lo que hago? ¿Cómo darle la vuelta a lo que soy capaz de enumerar para verle la cara positiva?  Es que si no llegamos al origen de lo que en realidad nos pasa como sociedad se agudizará el retroceso.

Hoy, este día de silencio, también debe ser de recogimiento y reflexión. Hoy, cuando nos quitemos así sea durante un rato nuestras máscaras debemos asumir que ya basta de buscar el líder fuera de cada uno de nosotros. Vamos a asumir con nuestros defectos y equivocaciones el paladín que nos habita. Vamos a invitar a los que tenemos cerca a qué nos acompañen. Elaboremos proyectos que nos activen y nos conecten. Empecemos ya una tarea de sumar aportes que nos articulen hacia lo que creemos que tenemos que ser como sociedad.  Empecemos la tarea de erradicar errores. Esta reflexión no es abstracta porque la recuperación de valores, de la convivencia y el desarrollo,  se inicia desde pequeños detalles, lo que pasa es que tendemos a despreciarlos. Vamos a asumirlos, aún a pesar de todas las carencias, los venezolanos somos mucho más que lo que hemos perdido en el camino.

 

ESPEJISMOS DEL AMOR

Por: Inés Muñoz Aguirre.

 

Acercarnos a una población para descubrir los elementos claves de su psicología social es un tema que apasiona. El reciente festival de Eurovisión que fue visto por más de 200 millones de espectadores en 40 países, nos habla con claridad de ello.

Aproximarse al análisis de la sociedad proporciona los indicios necesarios para entender fortalezas y debilidades, y a su vez, nos brinda las herramientas estratégicas. Cuando hablan de éste volumen de personas siguiendo una transmisión nos hablan de lo contemporáneo, de la ausencia de fronteras, de diversidad, incluso trasladado al plano económico, nos habla del triunfo indiscutible del capitalismo en el mundo y en consecuencia del espectáculo como industria.  Entonces, hay que apostar a ello. Sin embargo la sociedad española apostó al amor, a la conceptualización de un Romeo y una Julieta contemporáneos. Los representantes de este país en Eurovisión se presentaron como dos niños inocentes en medio de un maremágnum de efectos, luces, escenografías y representaciones.  Concepto de ingenuidad, casi adolescente, en una pareja que no brilla por su belleza y quizás por eso más cercanos al común de la gente, por su naturalidad.

Millones de espectadores se sentaban los días de transmisión de “Operación Triunfo”, atraídos por la historia de estos dos jóvenes, historia que además se forjó bajo los acordes de “La La Land”, la música de una película que estremeció de romance las pantallas de otro espacio tomado por la tecnología, los efectos, las historias de “enredos”, crímenes, denuncias y misterios.

Quizá en ese momento se construyo el link inconsciente, sí el cine puede, la música también.  El amor es  una fuerza que cada cierto tiempo arrasa las taquillas de forma cíclica porque el ser humano necesita re-encontrarse con sus sentimientos en el estado más puro. Ante esta posibilidad los interpretes más comerciales, los que ofrecieron espectáculo quedaron descalificados.  Prevaleció un sentimiento casi hasta familiar.

            Así pues, Alfred y Amaya los que algunos califican como “Almaya”, invocando a otro fenómeno que no tiene comparación: “brangelina “ viajaron a Portugal. Llevaron como estandarte dos maravillosas voces y su historia de amor.  No les sirvió de mucho,  porque vivimos momentos en que las sociedades gritan problemas manifiestos. Todas las canciones presentadas daban fe de ello: bullying, ausencias, diversidad de genero, el maltrato a la mujer.  Hace muchos años que este Festival es una plataforma para ello. 

Ganó la representante de Israel Netta Barzilai con la canción “Juguete” que critica el cacareo social.  Ella durante su interpretación imita los sonidos de una gallina y mueve sus brazos al compás.  En respuesta a su triunfo ya la imagen del  primer ministro saludando con un aleteo de brazos dio la vuelta al mundo. 

No hay duda, la sicología social habla de lo que somos los países. La historia demuestra que las sociedades dominadas por lo sentimental, por las pasiones y emociones mientras se descuida lo racional tienden a cometer equivocaciones con mayor facilidad que las que llevan el ritmo de sus vivencias con ciertas dosis de pragmatismo.  Las señales son la clave, cuando se pretende lograr el triunfo de la mano de las “masas”, ya sea en el plano musical o en el político,  pero esas “señales” jamás funcionan si las asumimos aisladas de un mundo que avanza a ritmo vertiginoso.  En sicología social también hay que ser estratégico.

EL IRRESPETO AL ARTE.

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

Nuestra sociedad da muestras irremediables de haber llegado a la barbarie. Lo hace desde instancias impensables. Cuando supe que se está deteriorando a pasos acelerados la obra emblemática de Cruz Diez, ubicada en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, porque hay personas que están arrancando los mosaicos para llevárselos de recuerdo, no lograba salir de mi asombro.  Aún sigo sin entenderlo.

Semejante torpeza  no hace más que enviar claras señales de la ruina moral en la que nos hemos sumergido. En dicho acto se irrespeta el acto creativo de un artista que más que un venezolano es un creador de renombre internacional, cuyas obras en el ámbito público son preservadas y mostradas con orgullo en cada una de las ciudades donde se exhiben. Esta es una obra cuyo nombre es Cromointerferencia de color aditivo (1974-1978)

Quienes actúan con tal irracionalidad, si es cierto que lo hacen personas que han dejado el país, demuestran el desprecio por lo que dejan atrás. Dan un zarpazo a una Venezuela que clama por salir del deterioro en que se encuentra. Contribuir a la ruina de esa manera muestra una acción de indiferencia por el futuro, una falta de respeto total por los que vivimos en el país y pone en evidencia la ausencia de la debida autoridad en el lugar, la cual debería usarse para incentivar la civilidad.

Una vez más se ponen de manifiesto las contradicciones de nuestra sociedad. Hacemos lo que criticamos,  subimos el tono, nos expresamos con un lenguaje vulgar,  discriminamos, y por si fuera poco se contribuye también al tan criticado deterioro de los bienes públicos.

Uno supone que hay personas que se van porque no ven en nuestra país las condiciones idóneas que se requieren para alcanzar el desarrollo, pero cuando el acto de despedida se concentra en arrancar el mosaico de una obra de arte que nos pertenece a todos los venezolanos, uno se pregunta con que valores y principios podrán insertarse en la sociedad que escogieron como destino.

Venezuela se desmorona en cada mosaico que se desprende. Agoniza en cada baldosa que se esconde en un morral, una cartera o un bolsillo.  Cuando los venezolanos que son capaces de semejante acto lleguen a su nuevo destino, la pieza huérfana de la compañía de las otras piezas que conforman un todo integrado, un discurso visual, un homenaje creativo, no será más que la muestra de los restos en que nos hemos convertido.

No hay diferencia entre la ignorancia y los que creen que ésta es una forma de expresar sus emociones. No hay diferencia entre los que destruyen amparados en el poder y los que destruyen desde su tosquedad.  Cada día que pasa lo que hacen algunos,  es confirmar que nuestro pobre terruño se desarticula en las manos de muchos más de los que en apariencia contribuyen a ello. 

Yo quiero para mi patria la trascendencia de esa obra,  el movimiento de lo cinético, la pluralidad que es polícroma, la proyección hacia el horizonte, la representatividad nacional e internacional de la majestuosidad y de la valoración del arte.   Alcemos nuestras voces por el país que queremos.

ENTRE LO NEGRO Y EL BLANCO.

Inés Muñoz Aguirre

 

@imunozaguirre

 

Escribir es un acto solitario. En ese acto exorcizamos la vida, nos permitimos asomarla a la ventana. Abrimos con cuidado la hoja de vidrio para inclinarnos a través de ella y que nos pegue el viento en la cara, pero siempre lo hacemos con el temor de que alguna de esas hojas enmarcadas en madera o en metal, se quiebren y nos hieran. Simplemente, porque los escritores somos siempre unos animales heridos, llenos de cicatrices que se revuelcan sobre la página en blanco. Conscientes de lo difícil que nos es soportar una herida más. Y no es que esta emoción se resuma en cobardía, si no porque la piel de nosotros los escritores, aunque se curta, jamás pierde una sensibilidad que requiere de todas las curas posibles, desde el tinte de yodo que usaban nuestras abuelas hasta el laser bendito que cicatriza, transforma y deforma a veces.

Allí, asomados en esa misma ventana, temerosos, nos permitimos disfrutar el olor del césped recién cortado con la misma sensación con que disfrutamos el smog, la contaminación o los gases de una bomba lacrimógena. No por el disfrute en si mismo, si no por lo que hay de historia en cada olor.

Allí , asomados, temerosos, nos permitimos ver el rayo de luz que se cuela a través de las hojas, o las gotas de agua que caen en la alcantarilla, con provocación de tempestades. No, por lo que hay en el borde de cada uno de esos extremos, si no por la trama que se teje en cada acción de la naturaleza.

Vemos en el rostro de un anciano el tránsito de la experiencia o en el perfil de un niño su preparación para salir a batallar con la vida. Vemos en el brillo de una sortija la estabilidad que da lo económico, las ambiciones, expectativas, construcciones y desconstrucciones, o en el hombre harapiento que solicita un mendrugo de pan, el vacío que se anida en su estómago. Allí vemos, aunque queramos ignorarlo, el personaje que al salir de su madriguera, no descubrió la oportunidad del milagro que significa elegir el camino consistente del plato, con un caldo caliente.

No vemos todo esto por la simple forma geométrica o por el humo en dirección a la cucharilla solitaria, si no por el aliño que aromatiza cada una de las frases que componen este accionar permanente.

Allí, asomados, temerosos nos permitimos escuchar las Guacharacas en su alboroto matinal, quienes como una cofradía de aves parlanchinas se cuentan los secretos de esta ciudad maravillosa que las cobija o el sonido de un disparo en medio del silencio de una noche, que para nosotros comienza más temprano que todas las noches.

Y oímos, no porque cada sonido esté suspendido, si no porque se conecta en el pentagrama que recoge la musicalidad de nuestro tránsito que comienza con el latido del corazón el día que nacemos y culmina el día que morimos.

Es así, como culminada la exigencia de nuestros cinco sentidos somos capaces de cerrar la ventana, pero inconformes con todo ello, porque somos unos inconformes penitentes, nos acurrucamos por nuestros rincones, para descubrir la brizna de paja, el punto de polvo, la mágica tela de araña y en la soledad que se pasea por nuestra sala llena de gente, nos acercamos también, al lado oscuro con que pintamos nuestro lienzo de negro.

Los escritores que nos acercamos al genero que abraza el suspenso, el misterio, la no resolución, la culpabilidad, también nos volvemos pintores, pero a la inversa, queremos robar el color, sustraerlo, exprimirlo en un tobo, lanzarlo rio abajo para dar paso a la autopista sin luz, a la traición, a los celos, a los sentimientos más bajos y oscuros.

Sentimientos que siempre guardamos en el último recodo del bolsillo, bajo la suela de los zapatos, o en cualquier recoveco, hasta que nos damos cuenta que a la vida nada le quita sus múltiples colores. Aunque nos empeñemos, porque aún en la más truculenta de nuestras historias, allí estará el rojo de la sangre, el plateado reluciente del cuchillo, el áspero marrón de una soga o el blanco de la cruz de mármol.

Sin embargo en esta lucha de pelearnos incluso con el pincel trastocado en lápiz, bolígrafo, pluma o teclado, atrapamos en nuestras páginas a la noche negra, negra la piel de los esclavos y la de sus libertadores. Negra la cabellera de una hermosa mujer o de un hombre batallador, negro el detective, el policía o el ladrón, negra la piedra de Turmalina, la obsidiana o el cuarzo ahumado. Negro nuestro petróleo bien merecedor del apodo de “excremento del diablo”. Negro el carbón que al encender da calor y permite cocinar sobre sus brazas. Brazas que se debaten entre el rojo del fuego y el gris de las cenizas. También, negra es la sombra que nos persigue, la cueva, el espacio sideral. Pero Negra también es esta semana que es pura creación, tanto como la tormenta eléctrica sobre la montaña.

Así vamos, en un descubrimiento permanente, que hoy puede ser blanco y mañana puede ser negro. La vida misma, hecha relato, pero vida. Con múltiples protagonistas que pueden desplazarse hasta caer de una página a otra, hasta confundirse o descubrirse. Después de todo no habrá clasificación alguna que pueda ser capaz de quitarnos, a nosotros, escritores temerosos ante el transcurrir de las horas, la certeza de entender en un instante que de un extremo a otro, estamos llenos de matices.

Entonces, ensimismados, volvemos a abrir las hojas de nuestra ventana para asomarnos a la vida y nos descubrimos otra vez temblorosos, capaces de saltar del negro al blanco, como de la risa al llanto. Somos así, escritores, nuestros propios desconocidos. Frágiles y celebrantes. Hoy, asomados en esta ventana, frente a ustedes.

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El elegido

 

Inés Muñoz Aguirre

@imunozaguirre

 

         Se miró al espejo, tiene sobre su pecho un gran escudo de cartón.  En el centro se lee la palabra “Libertad”. Sonríe.  Brinca de un salto sobre su cama.  Extiende su brazo derecho. Su mano se mueve de un lado a otro, blandea su espada imaginaria contra el enemigo. La velocidad del contrincante lo sorprende. Salta hacia el piso, da un paso adelante, otro hacia atrás. Jadeante corre hacia la puerta, toma una capa hecha de retazos que estaba colgando de un clavo.  Piensa en Superman que hasta puede volar. Un gran lazo entre el escudo y su cuello hace que el manto le ondee sobre su espalda sin caer al piso.

     Camina orondo, por momentos el enemigo ha desaparecido. Le gana terreno la indumentaria. Aunque en el closet puede habitar un dragón.  Saca debajo de la cama el casco de montar bicicleta por el que tanto peleó con su mejor amigo. A Cheo se le escapó la situación de las manos, se metió a “malandro” y el papá lo mandó para un pueblito en los confines de la tierra.  El casco es amarillo.  Quizá con una lata de pintura lo pueda colorear de verde militar. Se parecería mucho más a los soldaditos de goma que durante su niñez fue colocando en fila en el estante sobre la cama.

          Según su indumentaria  se debate entre ser el guerrero medieval vencedor de todos los dragones, o el soldado armado que lucha contra otros hombres. Decide ser ambos. Parado en el centro de la habitación ve la luz que entra por la pequeña ventana. Una mariposa gigante cruza por su imaginación.  De abajo de la almohada saca el álbum de barajitas del Rey Arturo que fue de su papá. El único recuerdo que conserva de él.  Detalla con cuidado la vestimenta de cada personaje.  Se recuesta de la pared, trata de ver el cielo, aunque la casa de al lado  apenas si le deja una rendija a favor de su único reloj.  Según por donde se filtre el sol, saca un cálculo de la hora. Llega a la conclusión de que se le ha hecho tarde.

          Espanta de su mente la enorme águila negra y el búho que a veces se paran en el techo. Corre de un lado a otro en la búsqueda de todo lo que integra su vestimenta.  Botines de goma, de un color y de otro, rodilleras  desvencijadas que coloca con precisión.  ¿Las medallas?  –se pregunta– revisa la caja de sus útiles escolares, hasta dar con ellas. Tres grandes medallas dibujadas con trazos torpes sobre el cartón. También se coloca al cuello dos recuerdos importantes en su vida, el rosario que tenía su madre sobre el pecho el día que murió y la medalla de San José de su tía Carmen, quien lo crió. Su tía, la que está planchando en casa de una señora en El Marqués y quien le advirtió antes de irse que no saliera a ningún lado.  Lo último que dijo fue: todo está muy alborotado.

            Después de un último vistazo frente al espejo. Sale. Se enfrenta a las escaleras del barrio. Mira orondo a un lado y al otro. La gente pasa por su lado, ignorándolo. Sólo los niños lo aplauden al pasar, él los saluda orgulloso. Un tropel de caballos blancos corre ante sus ojos. Antes de llegar a la redoma escucha un grito fuerte que lo hiere: “Ahí va el loco”. Acelera el paso. No piensa.  Allí están los amigos de Cheo. Sus escudos son más grandes, son violentos. Tumban el techo de la parada. Casi corre. Cruza una pasarela. Su corazón late con más fuerza. Llega al otro lado de la avenida.  Los autobuses no se quieren detener.

          Los caballos que imagina cambian de color. Con uno marrón oscuro, corpulento y fuerte llegaría a la avenida principal en tres saltos.  Logra entrar en un transporte. Las reacciones son diversas. Unos lo miran de reojo. Otros le sonríen. Hay quien siente miedo. Va de pie. Se sujeta como puede del tubo que recorre el techo. Cuando se da cuenta que todos lo miran, saca el pecho. Enarbola el escudo. El autobús se detiene en medio de la calle  –No hay paso– grita el chofer.

             Todos se bajan de mala gana. Una anciana pasa por su lado y le entrega dos caramelos de menta. Él se llena de alegría. Se mete un caramelo en la boca, el otro lo guarda en el bolsillo y comienza a correr por la acera. Luego por el medio de la calle. Se oyen detonaciones. Hay un grupo muy violento. Él se aparta, no le gustan. No los había visto antes, pero están ahí. Huye de nuevo. Se abre paso. Al fondo imagina un enorme castillo desde cuyas torres se asoman los cañones. Recoge las piedras que encuentra en el camino. Las lanza. Ve un tropel de hombres que caminan hacia él en medio de un humo blanco.  En su cabeza una película, piensa que va parado sobre un tanque. Atina a alcanzar una lata de refresco que encuentra a su paso. Se inclina, la recoge, la lanza. Las detonaciones aumentan, están cada vez más cerca. Siente un impacto en su escudo, grita: ¡No en mi escudo no!

          Frente a sus ojos Superman, el soldadito de plástico. Un dragón, la mariposa, los caballos. Cae al piso. Se sabe herido de muerte. Balbucea la palabra "libertad", aunque no tiene claro de qué se trata.  Sobre el poste de luz divisa al búho.  Sonríe porque escucha un tropel de caballos que se acerca. Está allí, el Rey Arturo. Se baja, lo recoge del piso y lo abraza.

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Comentarios: 5
  • #1

    Thais Garcia (lunes, 14 agosto 2017 10:06)

    Es una aventura juvenil. Es un anhelo de encontrar una vida que sueña sin saber si existe. Es una resistencia al conformismo de la subsistencia. Es un relato estremecedor de la fragilidad e inocencia, y a su vez el arrojo y valentia del joven que no tiene presente y concluye que tampoco futuro.
    Inés, lo leí con un nudo en la garganta. Es tan bello y tan triste!
    Un abrazo. Thais

  • #2

    Carmen Cristina Wolf (lunes, 14 agosto 2017 14:14)

    Inés. Estoy conmovida hasta las lágrimas. Es un relato de colección y merece un premio. Un abrazo inmenso

  • #3

    Richard (martes, 15 agosto 2017 13:12)

    Querida Inés. Ese talento tuyo de tocarte la fibra y estremecer a la vez que muestras nobleza en el personaje, en la viejita con los caramelos en la gente en la calle, en la guerra en el dolor, en el claustro... hermosa historia, inolvidable, triste. Te abrazo.

  • #4

    Cecilia Bellorín (martes, 15 agosto 2017 13:33)

    ¡Hola INÉS!

    Ha sido una especie de "toma y dame" entre realidad y fantasía...No deja de sorprenderme ese fino límite entre una cosa y la otra...y me sigue pareciendo un sueño...¡Gracias!

  • #5

    Rossana (miércoles, 16 agosto 2017 20:14)

    Hermosa fantasía...terrible realidad.
    Inés, nuevamente me dejaste con el corazón acelerado y los ojos llenos de lágrimas.
    Gracias

El doble discurso.

 

Hoy en día todos hablamos de política con mucha facilidad y desparpajo, pero poco nos ocupamos de la raíz de nuestros males, nuestras condiciones como sociedad. En nuestra Venezuela es una costumbre arraigada que el discurso generalmente no tiene que ver con las acciones. En otras palabras la teoría no tiene que ver con la práctica.  Somos una sociedad en la que los principios se distancian del hacer. Los valores desaparecen, la solidaridad se mueve a conveniencia.

En estos días que transcurren podríamos recurrir a ejemplos muy sencillos: Personas que hablan de cambiar al país, pero sus hijos protagonizan encuentros escandalosos hasta la madrugada molestando a sus vecinos. Personas que critican el sometimiento, la falta de libertad, la amenaza pero ellos también intiman, señalan y enjuician.  Personas que comunican de forma constante sus pareceres en  contra del gobierno, pero se desentienden ante la convocatoria de un Paro Cívico Nacional.  Seguidores que creen que los “lideres” deben hacer lo que ellos dicen y si no los ponemos contra la pared, los insultamos e invitamos a darles la espalda.  Criticamos el vocabulario soez, amenazante, vulgar, pero en lo que tenemos la oportunidad ofendemos,  ironizamos y agredimos al que no comparte nuestra opinión.

Hagamos un alto por un momento y trasladémonos a las acciones más sencillas de la vida cotidiana, hablamos  “pestes” de nuestra ciudad, pero cruzamos fuera del rayado de peatones, incentivamos al transporte público a pararse en cualquier lugar, nos atravesamos en las esquinas de los semáforos porque queremos cruzar a costa de lo que sea. Botamos la basura en el piso, rayamos las paredes, destrozamos el mobiliario urbano.  Decimos que nuestro país no tiene solución, pero jugamos a la trampa, incentivamos el bachaqueo, pagamos “la matraca”, huimos del trabajo, maltratamos a las personas que solicitan nuestros servicios en las empresas.  Nos quejamos de la economía pero hay quienes se contentan con los aumentos de sueldo mínimo y los aplauden, hay quienes gritan, asisten a marchas y vitorean a cambio de unos cuantos billetes o de una mísera bolsa de comida, pero también hay el que negocia a cambio de una buena comisión.

Hay los que critican la dictadura pero se manejan desde sus puestos de trabajo, en sus acciones sociales o en las juntas de condominio como que si fueran dictadores.  Hay quienes son incapaces de darle su silla a un enfermo y quienes tratan de tú a todo el mundo, porque en el fondo la mayoría responde al discurso de “que todos somos iguales”. Los trabajadores se molestan porque tienen que cumplir sus obligaciones y a las primeras de cambio corren a denunciar al patrón. Sólo basta que usted haya estudiado y se haya preparado para que sienta el desprecio de los que creen que con estudios precarios ya son profesionales.  Se busca la ganancia fácil.  Somos un país en el que los puestos más dignos como el del maestro, el policía y el trabajador de la salud, solo son un “modos vivendi”, pero nos quejamos de la educación, de la seguridad y de los servicios de salud.  No asumimos responsabilidades porque es mucho más cómodo responsabilizar al otro.  Tomamos nuestra maleta y nos vamos, entonces asumimos la etapa de dirigir, criticar y aleccionar a los que aún siguen en el país.

La lista puede ser mucho más larga y con acciones mucho más graves que los errores políticos, porque estos son consecuencia de lo que somos como sociedad.  Cambiar lo que nos pasa, comienza por asumirnos, luchar, trabajar y transformar nuestras minusvalías, sólo entonces lograremos gobernantes preparados, respetuosos, proactivos,   cuyo objetivo sea el desarrollo del país.

¡VENEZUELA........LA MUJER!

 

Venezuela tiene rostro y nombre de mujer. En la mañana al abrir los ojos se pregunta  ¿Cómo es qué a pesar de su sonrisa y de su mirada tropical, lleva un doloroso rictus en sus labios y una nube oscura en su mirada? No le ha servido de nada tanta belleza, su generosidad y su calidez. Se siente sola, abandonada, engañada y maltratada. Coplas, joropos, pasajes, y consignas han ocupado cada habitación de una casa que de tanto lujo derrochado, hoy se cubre de harapos mugrientos. Se cubre de vergüenza.

Venezuela se mira a través del rictus de dolor de una mujer lastimada, la misma que a través de sus lágrimas se encuentra presa, insegura y reprimida. A veces, en medio de su angustia, siente que se mueve como un barco a la deriva, entonces, clama por recuperarse de tanto espacio vacío, de donde le han robado tradición, valores, herencia, esfuerzo, trabajo y futuro. Venezuela ha hecho de su espejo un confesionario secreto para llorar en silencio, la vida de la mujer que ve perder sus derechos saltando de brazo en brazo, manoseada.

Venezuela tiene rostro y nombre de mujer, por eso hoy, a pesar de tanta pérdida se levanta de su silla como tanta otra mujer valiente y madrugadora, igual que tanta mujer enamorada y descubre en el espejo que tiene millones de semblantes.  Fuerte, decidida.  Se aparta a manotazos las lágrimas de los ojos mientras el corazón retumba en sus oídos, como un ave ligera que desea emprender el vuelo.  Guarda en sus entrañas el dolor de los hijos arrebatados y se desgarra la piel, para convertir sus girones en el tricolor amado.

Recorre las calles, alza su voz en las esquinas,  mientras una brisa alentadora le acaricia el hombro, la impregna de nuevas fuerzas y la preña de esperanzas. Venezuela transita recuperando el brillo en la mirada, nos recuerda que la mujer aún en medio de las más grandes dificultades,  siempre gana, porque aún en medio de la más cruenta de todas las batallas, de su vientre surge la vida.

LA PIEDAD.

Por: Inés Muñoz Aguirre.

 

Saliva. Mocos, lágrimas. Un cuerpo desnudo indefenso. Nacemos desnudos y los que nos rodean, el tiempo y las circunstancias, nos cubren. Cada quien nos viste según sus expectativas. Después, nosotros mismos somos capaces de colocarnos encima todos los excesos que creemos convenientes y olvidamos. Olvidamos la saliva, los mocos, las lágrimas. Nos avergüenzan. Olvidamos envestidos de glorias, aplausos, amores, fracasos, ambiciones y poder que seguimos siendo indefensos por más vestidos que estemos. Olvidamos la fragilidad.  Tanto que podemos desaparecer en un segundo y en ese segundo el único testimonio de la existencia es el cuerpo que queda, desnudo, vacío, el cuerpo que limpian y preparan, ya sin alma, si por ella entendemos la vida. Ya no habrá saliva, ni mocos, ni lágrimas, tampoco los logros y el poder. Se regresa a la tierra o a las cenizas que es lo mismo.

Todos estos elementos saltaron a la vista del mundo. No en el instante de un demente, si no en el instante del más cuerdo de todos.  No en el Hombre de Vitruvio que desde el Renacimiento, nos habló de perfección, si no en un cuerpo lánguido, de espiga estremecida. No en la corona de espinas sobre la cabeza si no en las llagas que ocasionan los perdigones. No parado frente a los fariseos sino frente a la “ballena”. No recorrió las estaciones hacia la cruz sino el pavimento de la autopista Francisco Fajardo. No recibió latigazos si no bombas lacrimógenas.  No en una gran pantalla, si no suspendido en el clic de un fotógrafo. Y así aparecieron de nuevo la saliva, los mocos, las lagrimas y la sangre. El cuerpo tembloroso y la voz implorante que nadie escuchaba pero que nos llegaba trasmutada en un gesto desgarrador, frente a unos hombres que accionaban sin respuesta.

En el mundo de lo mediático corrieron los rumores de que había sido desnudado, los rumores de la ofensa, las críticas de quienes tienen prejuicios frente al desnudo, las burlas de los ignorantes que no entienden el valor y la trascendencia de la simbología.  Nada era cierto, la certeza de la elección estaba en sus manos.  La biblia en dirección al cielo enarbolada con la fuerza de su fe. 

Su imagen como una estampa religiosa le dio la vuelta al mundo y mientras culminaba la sorpresiva procesión, de motos y de hombres tan cubiertos que apenas se le veían los ojos,  en contraste el cuerpo herido y transparente, se había despojado de ataduras para retratar la degradación de una sociedad.  La saliva, la sangre, el sudor, los mocos, estaban presentes. Más allá, en un espacio que no hemos pensado, en un espacio desconocido, seguramente una madre  al ver la imagen de su hijo en un solo grito que clama libertad, dejaba caer sus lágrimas, a la espera de acunarlo en sus brazos y vestirlo con su manto.

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Comentarios: 3
  • #1

    Thais Garcia Diaz (sábado, 22 abril 2017 10:12)

    Su desnudez lo viste de un ser humano genuino, de ideales firmes, y convicciones irreductibles, como la temeridad extrema de creer que la libertad lo es todo! Inés, es un invaluable regalo de vida!!! Gracias en nombre del amor.

  • #2

    Henrique R (sábado, 22 abril 2017 11:58)

    Siempre dupe que eres una excelente escritora, esto es una muestra de ello. Para mí su desnudes representa lo máximo que un ser human puede hacer para exigir libertad, sin armas ni pancartas, solo un ser humano exigiendo libertad...
    HRR

  • #3

    Iraida Tapias (lunes, 24 abril 2017 08:55)

    Tan estremecedor es el artículo como la decisión por la Paz y la Libertad de ese valiente y desesperado joven. Gracias Inés.
    Iraida Tapias

LA IMAGEN HACE HISTORIA:

CAP LA PELÍCULA

 

Por: Inés Muñoz Aguirre

Ver el documental de Carlos Oteyza sobre Carlos Andrés Pérez nos conduce a un acto de reflexión que va mucho más allá de lo que vemos en la pantalla.  Si uno se considera una persona comprometida con el país es inevitable entristecerse por lo que hemos perdido, pero también es inevitable reconocer como nuestro país ha sucumbido en el fragor de las individualidades, las cuales solo son capaces de generar alianzas si dicho acto propicia un beneficio personal. 

No es fácil reconocernos en los Magistrados que votaron a favor del enjuiciamiento de un presidente a quien solamente le restaban unos meses para entregar el poder tras un acto electoral que en la contienda, hubiera permitido que el elector decidiera con su voto el destino del país. Seguramente después de dos golpes de estado  el reto para el presidente que recibiera la banda de manos de CAP, también hubiera sido sostener la democracia y un camino hacia el progreso. No fue así, ya eso lo sabemos todos, lo vivimos todos y sólo un documental de excelente factura como este, nos restriega en la cara lo que hemos sido.

No es fácil reconocernos en la voz del ex presidente que anhela regresar al poder, quizá por no ser  menos que el adeco, pero que impidió a través de sus acciones que el próximo acto de votación reafirmara el camino democrático, que llevaba nuestro país a solventar los errores  del pasado. El documental lo deja claro, sólo hay que consultar los números para descubrir los índices de crecimiento económico, el reconocimiento del país a nivel internacional.

Allí mismo entre imágenes que van y vienen no es fácil reconocernos entre los  que hoy en día deben ser los inolvidables “notables”, los mismos que hablaban con frecuencia, declaraban, escribían sin que hubiera censura alguna, ni persecución posible.  Los mismos desde donde surge el Fiscal General, que valiéndose de la maravillosa independencia de poderes lleva a cabo la acusación final.   

No fue un periodo fácil ese segundo gobierno de Pérez porque los que perdían poder no se consolaban, porque hubo que aplicar medidas económicas que nos sacarían de ser el país mono productor que siempre hemos sido.  Se aplicaron decisiones como el IVA, tan criticado, pero que ningún gobierno posterior derogó.

Esta película nos deja una gran reflexión a partir de dos frases contundentes de Pérez, la que cierra su alocución el día de la renuncia cuando con voz quebrada expresa: “…hubiera preferido otra muerte” y la de “La historia los juzgará”, ambas frases me hacen pensar sobre todo en la democracia, esa  que le permitió a Carlos Andrés Pérez repetir en la presidencia, pero que además le permitió a un hombre con capacidad de recapacitar, dar un giro a lo que pasado el tiempo, entendió como obsoleto.  Le permitió abrir el camino hacia la descentralización, desmontar el aparato del Estado que como lo documenta Oteyza sólo funciona para regímenes autocráticos, que buscan controlarlo todo, aun a costa del fracaso.  Un gobierno que abrió la puerta a la profesionalización,  al estudio en las más reconocidas universidades del mundo porque así contaríamos con grandes profesionales para nuestro crecimiento como país.

La democracia le permitió a Pérez adelantarse a los tiempos e intentar como posible un gobierno de gerentes, implementar gestión por encima de la política. Ya en tiempos en los que empezamos a hacer historia con lo vivido, está claro que la política puede ser el camino de algunos hombres y mujeres, pero no el camino de una sociedad.

Este documental, nos invita a mirar hacia el pasado, aunque nos duela debemos reconocernos con la cuota de responsabilidad que nos toca a cada uno, por venezolanos, por una forma de hacer las cosas, por la forma de acomodarnos, de huir o de insultar cuando nos creemos dueños de la verdad.  La historia de hoy, ya no solo se escribe en papel, en la que a veces se deslizan aplausos o resquemores, la historia de hoy también se escribe en imágenes y ellas, a veces, son contundentes.

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  • #1

    Miguel López Trocelt (miércoles, 18 enero 2017 08:45)

    Mi querida Inés. En realidad sacaste a relucir esos conocimientos periodísticos que siempre te han acompañado y que has dejado de lado por la literatura. Más que eso, es un sintético análisis político y lo enfocas bien, a través de ese documental de Oteyza. Solo te faltó un dato. La acusación del imparcial Fiscal, a quien conocí bien, traía una arista. EL mismo fue destituido por CAP cuando era Canciller, cosa que nunca le perdonó y ello influyó. Incluso hay un rumor sobre una conversación entre Ramón Escobar Salom y Gonzalo Rodríguez Corro, donde supuestamente se "cuadró" la decisión final. Saludos...

MANGO  ¿BENDITO?

Inés Muñoz Aguirre

Amarillos, verdes, pintones, con manchas o sin manchas. No importa. No importa las variantes. No importa si alguien sembró ese árbol allí de forma intencional o si salió casi de la nada, como salen la mayoría de las cosas en nuestra tierra privilegiada y a su vez tan despreciada, disminuida y deforestada. 

Lo cierto es que las calles de la Caracas pegada al Ávila, esas mismas calles que son atacadas a diario por la delincuencia, porque alguien les dijo y les repitió una vez y otra, que por allí vivían los oligarcas y que los oligarcas tienen los reales que le han robado al pueblo, se han convertido en la panacea. 

Las pendientes benefician el desplazamiento de un  río de mangos que caen de forma natural, convertidos en el manjar que alivia la sed y el hambre. Tan sólo unas cuadras más abajo la gente macilenta hace una larga cola, aderezada por el sol, la basura y la delincuencia. Los escapados, recogen los frutos del suelo. Les clavan un mordisco para dar camino a dos hileras amarillas en sus labios. Por un momento los ojos brillan, la tensión del rostro desaparece y la satisfacción vestida de olvido se les instala momentáneamente en el cuerpo.

Las matas recién podadas además, en algunos casos con maneras torpes, parecen una representación de Demeter la Diosa de la Agricultura, quien en esta ocasión, preñada por Poros, el Dios de la abundancia, han resuelto hacer frente a una época oscura ofreciendo sus pinceladas de color y sabor en medio del ruido, la contaminación y la efervescencia de una ciudad que parece caminar en dirección contraria hacia donde señala la luz del sol.

Contradictorios como somos los humanos, más cuando el hambre campea como un acicate, hombres, mujeres y niños han sacado de cualquier rincón, un palo, un envase, una lata, una malla, un alambre para fabricar todo tipo de instrumento con tal de alcanzar el fruto, entonces ante nuestro ojos el rio convertido en ramas, palos, piedras y hojas nos muestra la amenaza, el daño. Los árboles indefensos y tan generosos sufren los rigores de quienes los azuzan.  La metáfora arrugada en el borde de las aceras, confirma el riesgo de morder la mano a quien nos da de comer. Algunos de los árboles podrían mostrarnos su tristeza y sin embargo están allí, verdes, frondosos, como vistiendo un nuevo traje cada amanecer.

Ahora,  el río también es de gente quienes llevan sus bolsas repletas  del melocotón del trópico. Las calles del norte de la ciudad parecen un imán en medio de la nada y como la abundancia corrompe, comienzan las peleas en torno a los árboles, los gritos, las historias a voz en cuello, el trepado de los  muros, los asaltos en cada esquina, las ventanas rotas. 

Ya nadie dice nada.  La sin razón, la fuerza contraria a lo natural se instala bajo la sombra, el que recoja más se siente el triunfador, porque se garantiza, mínimo dos comidas. Las hilachas hacen de las suyas entre muelas y dientes. Ese mango maravilloso al cual hace referencia Luis Mariano Rivera en su canción, ya no es elección, descubrimiento, ya no es placer, ni dulzura merecida, es respuesta a una necesidad.  En medio del silencio del que no agradece porque la penuria le roba lo bueno de la vida y le ofrece una mirada dura, puede ser que en alguna esquina, a alguien se le ocurra  si no decir, por lo menos pensar: Mango, bendito eres!

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  • #1

    Heidy Ramírez (domingo, 10 julio 2016 15:53)

    No sólo vemos a la gente cargando sacos de mangos recogidos en las calles, ahora también vemos como quedan las semillas ya acabadas en las aceras, justo debajdo de las ramas porque el hambre ya no espera a llegar a la casa.

¿QUE ELEGIMOS?

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

       Comienza una nueva etapa en nuestra vida como país. Un cambio que se debe iniciar con la capacidad de mirarnos los unos a los otros y reconocernos en el blanco, en el negro, en el indio, en el pobre, en el rico. Reconocernos tan iguales y tan diferentes que seamos capaces de entender que todo comienza a partir de nuestra propia valoración. Esa valoración pasa por reconstruir en primer lugar lo que significa el liderazgo. Los Mesías, los fanatismos y las obsesiones por ocultar a todo un país tras el apellido de un hombre no pueden ser los objetivos en un mundo globalizado, en el que todo se construye con la suma de las partes. Debemos trabajar en conjunto porque el voto es el primer ejercicio de la ciudadanía y lo realizamos con el objetivo de elegir a quienes nos representan en los poderes públicos. Elegimos para que trabajen, elegimos para lograr objetivos concretos que nos conduzcan como sociedad a superarnos cada día que pasa. No elegimos para que nos gobiernen, nos ordenen, o nos dominen.

Elegimos para tener hombres preparados cuyos valores les impidan expresarse frente al país a través del insulto, la agresividad y el llamado a la violencia. Tanto los elegidos como los electores debemos aprender de los errores, ser capaces de poner sobre la mesa lo que nos gusta y lo que no nos gusta, despojarnos de prejuicios y de nuestra apetencias personales para reconocer lo bueno en los demás y lo malo en nosotros, porque en ese reconocimiento es que se construye la base para un cambio.

Si elegimos por una mejor sociedad, debemos iniciar el camino para erradicar la concepción de que hay un sector que es tan incapaz, que merece que se le de “todo” lo material a cambio de un voto. Ningún ser humano debe considerarse merecedor de un pago por el ejercicio de sus derechos, sobre todo cuando ese derecho tiene que ver con el ejercicio de la libertad. Por el contrario, el camino que debemos buscar en conjunto es el de la educación, la formación, el rescate del respeto, de los valores, de la profesionalización, de los méritos, la revalorización de los educadores, los maestros, los formadores para que en un trabajo en conjunto nos brindemos los unos a los otros la posibilidad de construir la capacidad de análisis y de razonamiento. Una sociedad que piensa es una sociedad exigente y sólo las sociedades exigentes salen adelante. No podemos creer que las salidas se construyen sobre frases repetidas una y otra vez, los tiempos cambian porque el mundo es dinámico, está en constante movimiento y requiere de acción.

Si elegimos por un mejor desempeño en los cargos públicos, que no se nos olvide nunca más que cada hombre y cada mujer que colocamos al frente de nuestras instituciones y organizaciones recibe un sueldo que pagamos cada uno de nosotros, con los impuestos que entregamos gracias a nuestro trabajo. El que paguemos ese sueldo nos tiene que conducir a exigir el cumplimiento adecuado de sus funciones, la transparencia en sus acciones, la comunicación plural, la preparación para el cargo que le toca ejercer. No podemos repetir el error de rotar a la misma gente en todos los cargos porque ningún ser humano es capaz de saber por igual de economía, medicina o relaciones internacionales. Por algo aquel viejo dicho de “zapatero a tus zapatos”.

Si elegimos por solucionar los problemas económicos, tenemos que entender que es una gran mentira el discurso de “yo te doy” o “yo te entrego”, cada bolívar del cual dispone un gobernante en nuestro país, nos pertenece a todos. Así que incentivar la economía pasa por reconocernos trabajadores, servidores sin complejos, amantes de lo que hacemos. Un país con una economía sana y productiva incentiva la construcción de los mejores hábitos. Nada ni nadie puede razonar que las carencias son motivos para justificar el robo, lo que hay es que propiciar que cada persona sea capaz a través de su trabajo de tener una respuesta concreta a sus necesidades. Querer ser el mejor en la profesión o en el oficio que tengamos es nuestro primer aporte a nuestras propias vidas y al desarrollo. La competencia y la competitividad tienen que ser el principal estímulo para activar nuestras capacidades. Fortaleciendo la propiedad privada, porque cada ser humano honesto trabaja para construir un mejor futuro para sus hijos y sus nietos.Si elegimos por la seguridad, tenemos que preocuparnos por recuperar la autoridad y el respeto por ella. Una sociedad sin autoridad es como un barco a la deriva. La anarquía jamás conducirá a un buen puerto. Tenemos que recuperar la majestad que significa el desempeño de un cargo sobre todo cuando son de exposición pública, porque en ellos se manifiesta la representatividad. El lenguaje, las maneras, las acciones adquieren forma de patrón para la sociedad.

Si elegimos por recuperar nuestro gentilicio, tenemos que apostar a ello, porque se hace urgente recuperar la sonrisa en nuestros rostros, las buenas maneras, la alegría y el optimismo que siempre caracterizó al venezolano. La autoestima es una condición esencial para emprender este largo camino que comenzamos a transitar .Si elegimos por la pluralidad tenemos que exigir que nuestras ciudades sean respetadas, que los muros públicos no son para pintar consignas políticas, que no todos debemos vestirnos de un mismo color, que las obras publicas no tienen porque ensalzar la imagen de ningún particular, porque nos pertenecen a todos, las haya construido quien las haya construido, porque los gobernantes pasan y las obras quedan. Que no se nos olvide que ninguna "mirada" tiene que estar por encima de nosotros porque a pesar de nuestras diferencias, ya que ningún ser humano es igual a otro, estamos en la capacidad y tenemos el derecho de mirarnos frente a frente.

Si elegimos por la libertad pensando en que ella es la que nos permite abordar responsablemente nuestra manera de actuar dentro de una sociedad, entonces tenemos que comenzar por aceptar su verdadero ejercicio, el cual se inicia con el respeto por el otro, porque la libertad aun en su abstracción más pura es tan grande como el universo y va desde el respeto por la autonomía, a la independencia de poderes, como a la posibilidad de elegir cada una de las acciones de nuestra vida sin rendir cuentas por nuestros derechos, a viajar, a divertirnos, a comer lo que queremos, a vestirnos como nos parezca, a opinar o a hablar con quien queramos.

Si elegimos por recuperar la institucionalidad que no se nos olvide nunca más que la misma se construye como garante de la soberanía, que se propongan las leyes necesarias para propiciarle a la sociedad su ordenamiento e independencia en cada uno de los ámbitos que la componen. Que se hagan respetar y cumplir las leyes existentes y sobre todo porque queremos ver a nuestros representantes debatir con altura, con argumentos, escuchando a los demás y dejándose oír. Que cada institución de nuestro país se vista con su personalidad propia para que cada una sea garante de su propio funcionamiento. Esa es la verdadera independencia.

Si elegimos por recuperar la justicia, hay que recuperar la majestad de nuestros tribunales, que quien reciba el nombramiento de Magistrado haga honor a su cargo, que los que estudian derecho sean reconocidos y que sus aulas de formación se caractericen por la ética y los principios. Que la balanza no se incline hacia un lado o hacia el otro porque en el equilibrio está la base de todo. El espacio para la disertación y para el encuentro.

Si elegimos para acabar con la corrupción, tenemos que entender que ella no se trata solamente de aquellos que tienen grandes cuentas, de los que se van del país a disfrutar sus fortunas, la corrupción se gesta en las acciones diarias, en el policía que matraquea, en el que revende los productos, en los que cobran comisiones por prestar un servicio, en el quedarte con las monedas de vuelto porque decides que ellas no valen nada, en el que no reconoce el derecho de sus trabajadores, en el que busca como aprovecharse del jefe porque tiene más. En fin, debemos ver hacia adentro y corregir. En la medida que lo hagamos también estaremos contribuyendo a solucionar un problema que mina las bases y la conciencia de la sociedad.

Si elegimos pensando que todo se solucionará gracias a los elegidos, nos volveremos a equivocar. No hay otro ser que no seamos nosotros mismos que haga el trabajo que nos corresponde en todas las instancias que nos interesa cambiar. No hay nadie que asuma por nosotros la responsabilidad que evadimos. Esta vez elegimos acompañados de la sensación de una última oportunidad. Elegimos a los que les toca legislar. Que no nos ciegue el entusiasmo, que el triunfo de hoy no nos permita olvidar que nada cambia a menos que nosotros formemos parte activa del cambio. Qué mejor ejemplo que lo que se logró con entender que con la participación vencíamos por encima de cualquier discurso, de cualquier amenaza, de todas las dudas.

Ojalá que en respuesta a nuestras necesidades como sociedad nuestros representantes recién elegidos tengan la sabiduría necesaria para extender su manos hacia donde deban hacerlo, y que tomen las decisiones adecuadas, en el momento preciso. Que sus egos no entren nunca más en conflicto con el servicio que les toca desempeñar. Que el poder no los aleje de la realidad. Lo cierto es que por encima de todo, elegimos la oportunidad de cambiar. Los cambios también se construyen con conciencia y paso a paso. Con una reflexión profunda sobre lo que hemos sido y lo que somos. Cambiemos. Llegó el momento de elegirnos a nosotros mismos para resolver los problemas, las diferencias y la posibilidad de construir el futuro que creemos merecernos.

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Comentarios: 4
  • #1

    Gustavo Lobig (lunes, 07 diciembre 2015 17:49)

    "Si elegimos pensando que todo se solucionará gracias a los elegidos, nos volveremos a equivocar. No hay otro ser que no seamos nosotros mismos que haga el trabajo que nos corresponde..." Este texto no tiene desperdicio, y es un recordatorio tan oportuno como completo de cuanto tenemos que mantener presente quienes elegimos a nuestros legisladores, en tanto asumimos que debemos auto elegirnos para atender a nuestras responsabilidades.

  • #2

    Maria Elena Gómez (lunes, 07 diciembre 2015 18:54)

    Muy interesante tu análisis sobre esta nueva etapa que nos toca vivir por este cambio esperado por cada uno de nosotros , por esta esperanza y este viento y respiro de Libertad.
    Ciertamente no será fácil nada fácil debemos primero comenzar por nuestra manera de pensar y de actuar.. Tenemos que cambiar desde adentro, realzar y levantar nuestra estima como sociedad, rescatar los valores que han estado invertidos, respetar a nuestros hermanos, saber y entender que cada uno de nosotros como sociedad somos parte para construir un TODO, que todas las piezas son importante para poder arrancar el motor. Respetar cada trabajo, cada rol que nos toque desempeñar y como tu dices ser EL MEJOR Y siempre do El MEJOR tendremos la sociedad que queremos una sociedad próspera, de cambio, positiva, alegre, competitiva, creativa, con iniciativa.. Cuando esa estima la valoramos no hay nadie que nos derrumba... HOY COMIENZA EL CAMBIO... HOY HEMOS S APRENDIDO QUE TODOS JUNTOS PODEMOS LOGRAR LA SOCIEDAD QUE QUEREMOS Y SOBRE TODO CUIDARLA.. AHORITA NUESTRO PAÍS ACABA DE SALUD DE TERAPIA INTENSIVA ASI QUE TENEMOS QUE CUIDARLA CON MUCHO AMOR Y DARLE LA VITAMINA QUE NECESITA (trabajo, fuerza, apoyo, dinamismo, educación, salud y muchos etc.)

  • #3

    Ma. Eugenia Ramey G (martes, 08 diciembre 2015 10:01)

    Solo le pido a Dios que los diputados elegidos lo hagan con Humildad, Coherencia, Honestidad y Conciencia que están representando a las 3/4 partes del país, es una oportunidad como ninguna antes se presento. Dios quiera que la aprovechen como debe ser. Todos queremos un País nuevo y para ello, no solo la Asamblea debe hacerlo bien, también nosotros debemos cambiar y ser mejores venezolanos. Es la oportunidad de ORO, no la perdamos.

  • #4

    anamaría hurtado (martes, 08 diciembre 2015)

    Te felicito por este texto lúcido, inteligente, honesto y agudo. Los puntos que resaltas en relación a nuestro reciente ejercicio de elegir, son absolutamente necesarios para la reflexión. Asumirnos sujetos y no objetos pasivos de las ansias de poder de otros, es una de nuestras tareas a desarrollar. Reconocer nuestras sombras, a menudo proyectadas en el prójimo, es otra tarea fundamental. Y ,por supuesto, abandonar de una vez por todas la ilusión del mesianismo. Tus palabras en este momento son otra luz encendida. Gracias, Inés.


CUANDO BUSCAMOS CULPABLES

Autor: Inés Muñoz Aguirre

 

No soy economista. Nunca me he llevado bien con los números en general. De una persona como yo que lo que le gusta es escribir, creo que no podría esperarse mucho al respecto, aún cuando me ha tocado administrar algunos proyectos, y creo no haberlo hecho tan mal.

Sin embargo, en medio de esa ignorancia numérica hay comentarios que siempre me llaman la atención. Por ejemplo, leía en un artículo publicado a raíz de una entrevista realizada por Notimex a Toro Hardy (uno de aquellos “hombres del petróleo” en nuestro país) un párrafo que decía textualmente lo siguiente: “Toro Hardy precisó que el petróleo representa el 96 por ciento de los ingresos en divisa de Venezuela", por lo que su desplome desde los 100 dólares el año pasado a unos 50 dólares por barril en la actualidad, ha agudizado la escalada de inflación y escasez del país sudamericano”.

Este comentario me sorprendió, porque no lo comparto, pero también porque en medio de mi ignorancia numérica no le encuentro explicación. ¿Los problemas que vivimos hoy en día, se deben entonces a que cayó el precio del petróleo? Eso me haría pensar a mi y a cualquiera, que al subir los precios se acabarían los problemas.

Yo no se ustedes, pero yo me niego a aceptar esa teoría. Creo que cuando un país tiene concentrado el 96% de los ingresos en un solo rubro, comienza no sólo el verdadero problema, sino una tragedia. Hasta los más ignorantes en los temas de inversión hemos escuchado alguna vez la frase que apunta a que es un error imperdonable “colocar todos los huevos en la misma cesta”. ¿Entonces?  Hemos tenido unos gobernantes que no se han preocupado por invertir de forma adecuada los recursos generados por el “excremento del diablo”. Desde el punto de vista más elemental parte del dinero que ha entrado en el país tendría que haberse invertido en agricultura, con incentivos y garantías claras a los productores. Contando con una tierra tan generosa como la nuestra un agro desarrollado adecuadamente permitiría no sólo el suministro total de productos para el consumo interno, si no que permitiría exportar productos tan reconocidos en una época no tan lejana, como el cacao, el café y el ron, por mencionar algunos, productos entre otros que contribuirían a la construcción a nivel internacional de una Marca País.

Por otra parte que desacierto tan grande ha sido, no impulsar el desarrollo del turismo en un país  cuyos recursos naturales son incomparables. Los ejemplos de Estados Unidos y España que ocupan el primer y segundo lugar en el ranking por ingresos en este rubro hablan por sí solos. En el 2014 los ingresos en Estados Unidos fueron de 177.000 millones de dólares y en España de 63.094 millones de euros. Ingresos que contribuyen de forma notoria al desarrollo.

Y finalmente, sólo por mencionar una tercera opción, yo hablaría de inversión en infraestructura, ya que esta es otra área que genera grandes recursos.  Todos los países desarrollados ven por ello en sus vías de comunicación una base para obtener ingresos que contribuyen a su mismo desarrollo. Las grandes vías son administradas a través de un impuesto que se paga por transitar por ellas. Es tan importante este elemento que incluso ha abierto sus puertas al desarrollo tecnológico, en el perfeccionamiento de Chips, tarjetas magnéticas y dispositivos especiales, que con solo estar ubicados en un punto del carro, permiten que al pago se haga de forma automática al pasar bajo un sensor especial. Esto sin mencionar los recursos que se generan a través de la infraestructura de puertos, aeropuertos y complejos habitacionales.

No creo yo, que nuestras crisis  se deban a la caída del precio del petróleo, creo más bien que se debe a una falta de coherencia administrativa, donde no sea la política la protagonista de un país que en algún momento dejó de apuntar al desarrollo para colocarse en posición de retroceso.

 

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  • #1

    adriana villalba (lunes, 05 octubre 2015 15:12)

    Completamente de acuerdo con esa visión, de hecho Venezuela ha tenido momentos en que el barril ha llegado a 9 $ y sin embargo las políticas fueron un poco mas acertadas, al menos no tocaba hacer cola para comprar la comida o conseguir medicamentos...


ACTIVOS DESDE LO INDIVIDUAL

Por: Inés Muñoz Aguirre

 

¿Por qué tenemos que pensar que ya no tenemos salida como sociedad? ¿No creen que es una posición demasiado pesimista? Asumir una posición como esta es negarnos a nosotros mismos la capacidad que deben tener los individuos para evolucionar.  Claro que podemos salir adelante pero lo que es innegable es que para que eso suceda, insistimos en que es necesario un gran giro en la mayoría de los habitantes de nuestro querido país. Uno de los pasos iniciales es el rescate de la comunicación interpersonal. No olvidemos que todas nuestras acciones son secuencia y consecuencia una de la otra. Debemos entonces buscar la posibilidad de expresar nuestras opiniones de forma asertiva, contribuyendo con ello a mejorar nuestro entorno familiar, laboral y social.

¿Cómo prepararnos para participar de la forma adecuada?. A través de muchas vías: el dialogo, La lectura, el intercambio de opiniones sobre temas que nos interesan y que son de actualidad. Mantenernos informados de lo que sucede no solo en nuestro país sino en el mundo. Seleccionar un área de nuestro interés y dedicarnos a prepararnos sobre ella, volviéndonos especialistas del tema que más nos atrae. En la medida que seamos capaces de ordenar toda esa información, seremos capaces de exigir a quienes nos rodean una mejor comunicación y en consecuencia seremos más críticos frente a la propuesta de quienes nos dirigen.

No puede ser que como integrantes de una sociedad nos conformemos con “prepararnos” solamente sobre el tema relacionado con nuestra profesión, asistiendo a una universidad o a un instituto formativo y no nos preocupemos por desarrollar con el suficiente interés otra área que debe contribuir a refrescar nuestra vida diaria. A prepararnos en otro ámbito de acción que nos permita canalizar actividades que no necesariamente tienen que ver con lo laboral. Es frecuente el encuentro con personas que no pueden sostener una conversación que no tenga que ver con su trabajo. No se puede hablar con ellos de cine, de mecánica, de astrología, de arte o de cualquier otro tema porque han sido incapaces de desarrollar otra inquietud a lo largo de su vida. Individuos tan dañinos para nuestra sociedad como lo han sido esos grupos que no tienen otros temas sino los referentes a las marcas de ropa y de carros, a cuanto se ganaron en tal o cual negocio, o sobre cual marca de bebida están tomando, mientras sus casas están adornadas con reproducciones de afiches de museos porque consideran más importante que un buen cuadro el reloj que cargan puesto en la muñeca.  Cuando esos son los valores, no hay comunicación ni adelanto tecnológico ni deseos teóricos de avanzar como sociedad, que valgan. Esa gente que ni siquiera lee, tampoco participa.  Esa es la gente que solo ve en el cine las superproducciones de la Meca del cine y cuyas preocupaciones por lo que pasa en nuestro país no pasan de ser discusiones superficiales para matar el tiempo.

Es verdad, esa carencia formativa también tiene que ver con nuestros procesos educativos donde ni siquiera se nos prepara para el deporte como una vía alterna de formación. Sin embargo, como sociedad llegó el momento de asumir nuestra cuota de responsabilidad y entender que somos los únicos responsables de lo que tenemos o lo que dejamos de tener. Como sociedad  y como individuos no hemos sido capaces de entender que esas carencias en nuestra preparación también nos afectan a futuro. De allí que sea frecuente en nuestro país enfrentarnos con ancianos deprimidos que al jubilarse entran en crisis porque fuera del trabajo no tienen otro camino hacia donde encausar su vida, desde el punto de  vista de la acción y la participación. Deberíamos entonces al asumirnos como colectivo entender que ese mismo proceso lo experimenta nuestra sociedad. Una sociedad generalmente deprimida que no sabe como participar, que busca integrarse en grupos de los cuales encontramos diversas versiones con un mismo objetivo, que al final se pierde de tanta subdivisión. Una sociedad temerosa que solo espera protección. Debemos pensar que somos capaces de reflexionar sobre estos aspectos, buscando a través de ellos esos indicios de evolución que tanto necesitamos.

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  • #1

    Maria Elena Gómez (martes, 08 diciembre 2015 17:47)

    Ante todo mente positiva. Si somos positivos lograremos más de lo que hemos pensado.. Cuando nuestros pensamientos