LETRAS POR CARACAS

 

 

Una propuesta por la Caracas de todos. 

 

A 450 años de su fundación. 

 

Las ciudades son producto de la intervención ciudadana y el claro ejercicio de la ciudadanía. 



DE PERTENENCIAS Y ORTOPEDIA, AL PIE DEL AVILA.

Estampas sobre algunas Caracas.

Elio Palencia

 

EXTERIOR/ DÍA. MIRADOR DE SABAS NIEVES. El Hombre llega. Resopla, se sienta, se descalza. Palpa sus pies. El empeine, el arco maltrecho por la subida hacia un reencuentro que se le ocurre necesario. Respira como si quisiera que el paisaje contemplado le cupiera dentro… ¿Es mía? ¿Soy de ella?

Allá, lejos, su edificio, tras el cual le sonríe una nube con voz de socarrona abuela virgen: “¡El pobre, mijo, en la plaza Bolívar, si es posible! Junto al boticario, el jefe civil y los bomberos”  El Hombre suspira y piensa: ¿Se puede ser pobre, abuela, si justo al despertar puedes ver el Ávila y recordar que ningún día es igual a otro? Silencio. La nube… DISUELVE A:

 

EXTERIOR/DÍA. AVENIDA URDANETA. Cuarenta años antes. El humo de los tubos de escape devela las manitas de El Niño asomando desde el Wolsvagen. Todo ojos y orejas acusando cornetas y “¿qué es un parquímetro, papá?” Vértigo bajo ese elevado más real que el de “Los Supersónicos”. Quince kilos de fascinación, El Niño se pregunta si entre tanta gente aparecerá Robotina, ¡si eso es el futuro! ¿Aparecerá Lucecita luciendo inocencias y crinejas por estas calles? ¿Cuál ventana abrirá América Alonso para contarle a la vecina sus casos y cosas de casa? ¿De qué zaguán saldrán Las Morochas con sus ingredientes para cocinar su Pastel de Chucho? ¿En cuál  estadio Davalillo le estampará su autógrafo a Tomasito, mientras Robert y Akela lo creen perdido en las fauces del Pico Naiguatá? ¿Qué poste de estos será el palo encebado cuya cima promete una boda con tequeños y centros de mesa? ¡Arte Katino, la joyería del gatito simpático! ¿Y si ahí está Musiú Lacavalerie, papá, y me da un regalo “para mamá en primera base”? CORTE CALIENTE A: INTERIOR/DÍA. CONSULTORIO.  El Niño baja de sus cielos catódicos y ve cómo su piececito es medido por un señor gigante con lentes culo de botella. “Deja la malacrianza, hijo, que a esto vinimos a Caracas: a encargarte tus botas ortopédicas”.

 

EXTERIOR/DÍA. CALLE DE PUEBLO. El Bachiller con su mochilón a la espalda sostiene la lágrima en el esternón. La Madre, detrás, no puede con la suya. Él lucha por no voltear. Mira las nubes y siente culpa por abrir el pecho hacia mucho más que la escuela de Sociología, y el teatro, y la literatura, y la cinemateca y los museos, y la piscina pública, y la noche y el desenfreno de pollo altivo y hormonado, y el éxtasis y la risa y el dolor y la traición, y la desidia y la muerte, y lo que no existe y puede ser, y el golpe y la metralla, y el afán de justicia y la baja autoestima, y la autonegación, y la resurrección de cada día ¡y el mundo ancho queriendo no hacerse ajeno!  La posibilidad de hacer del caos cosmos, envuelta en tres sílabas de cacareo caribe anunciado por un colector del autobus: “¡Caracaracaracaracas!” El Bachiller no cede a la tentación de voltear y ver a La Madre sujetando ombligos. Mira una nube y ahí está La Abuela sonriendo, señalándole los pies, recordándole la necesidad de pisar firme.

 

INTERIOR/NOCHE. CHINCHORRO EN CORREDOR PROVINCIANO.  “Y el doctor agarró tus piececitos de recién nacido y te dio tus nalgadas” “¿Y lloré, abuela?” “¡Un berrido que se oyó de aquí a Paraguaná!” “¿Y por eso salí plancheto como mi abuelo, y no fundillúo como mi papá, o mi mamá, o tú, o mis hermanos?” “¡Tal cual!” “Pero, ¿a ustedes cuando nacieron no les hicieron lo mismo?! “Gua, sí, pero es que a ti el galeno te dio con más fuerza ¡Si hasta gritó!” “¿Gritó?” “¡Bien duro: te dio el carajazo y te dijo: Pa’ Caracas!”

 

Y aquí estás hoy –se dice el Hombre Maduro sentado en Sabas Nieves- entre verdes neblinosos, tras idas y venidas, amores y desamores, muertes y resurrecciones, en la constante elección entre desesperanza y fe, lo que es y lo que podría ser. Vuelve a respirar hondo, como queriendo asumir un designio, como para beber un vino que, siendo amargo, podría venir envuelto en una primavera capaz de endulzarlo. Contempla la ciudad… ¿Es mía? ¿Soy de ella?

¡Qué más da, es y ya! ¡Al carajo la pertenencia! Mira sus zapatos de goma. Luego, sus pies. Los soba, casi los acaricia mientras ve hacia arriba, sonríe y suspira: “Ya se gastaron las plantillas, abuela. ¡Pero mañana voy al ortopeda y me mando a hacer otras!”

Caracas la de todas las aceras 

Ligia Álvarez

 

Me dejo seducir por la obsesión que desde hace un tiempo tengo de observar a los menesterosos que abundan por los alrededores de la avenida Urdaneta. En mi recorrido,  me encuentro con una trastornada señora de la tercera edad,  lleva  cabello corto a la usanza de los internos de alguna institución psiquiátrica. Acostumbra a cargar una bolsa negra de las empleadas para empaquetar  el desecho sólido. Alboroza, suele conversar  con  alguien imaginario. A la hora del mediodía, se acuesta envolviéndose con  un fragmento de  su recipiente de plástico. Coloca su valija muy cerca de sí para resguardarla. Así, cumple con el ritual de la siesta, ante la indiferencia de los transeúntes. Es el mismo descanso al mediodía que todos queremos tener, pero muy pocos podemos disfrutar, así el cuerpo lo reclame.

Por los mismos alrededores, es posible hallarse  también con otra dama desequilibrada de mediana edad. Pasa la mayor parte de su día insultando a un ser que solamente ella ve, y que la sigue a todas partes hasta cuando, tal vez para salirse de la rutina, aborda el transporte público y ante la distracción del conductor se adueña de un asiento  y como si más nadie existiera, sin rubor alguno, vilipendia a su enemigo imaginario. Hay choferes que a petición de los pasajeros le ordenan bajarse y hay otros que el tráfico, el calor, el ruido y la multitud hacen que a él no le importe nada y si nadie se queja, sigue hacia adelante deteniéndose ante cada semáforo o  cuando un viajero citadino se lo demande.

¿Y  qué decir de aquella fémina, que suele tejer  cual Penélope en espera de su Odiseo? En la noche desteje para tener oficio  en el día y no reparar en la gente, porque a  ella sí  parece   avergonzarle el hecho de estar en su situación.

También existe el hombre aquel que yo diría no tiene un mirar inmediato, más bien mediato, que ve lejos hacia un no sé donde  de su pasado. Tiene un sucio encima que data de muchos meses. Algunos seres humanos bondadosos, a veces le donan  pantalones anchos que él como muestra de que todavía siente algo de turbación, sostiene con la mano que le queda  libre. Con la otra, carga un paquete con dos botellas, una con agua, otra con  licor. También lleva un vasito pequeño de los de café. Tal vez  es ese aguardiente lo que le permite ahogar sus penas y recuerdos de un día normal, en su pasado. El hombre nunca mira a nadie, se encuentra como perdido, aislado y por eso no se da cuenta de que algunos al atisbarlo  se cambian de acera,  y que otros, prefieren lanzarse al medio de la calle para obviarlo. Todos sienten asco y se justifican pensando que nada pueden hacer por él, que sólo el Estado podría y no lo hace. Algunos experimentan repulsión y nada más, porque a los segundos lo olvidan. Solamente volverán a recordarlo cuando en su caminar rápido se lo vuelvan a encontrar. La experiencia les dice que es cuestión de cambiarse de acera.

Sin embargo, en la Avenida Urdaneta, sabes tú que la recorres todos los días,  así  te cambies de acera, siempre habrá otro de esos seres humanos en igual o peor condición. Ni el sol, ni la lluvia, ni los desastres que suelen ocurrir con una precipitación de tan sólo quince minutos- porque el gobernante local de turno no hace algo tan simple como limpiar las alcantarillas y porque algunos olvidan que la basura tiene su lugar y no es ahí - borran del panorama a aquellos venezolanos desamparados. Cruzas,  te pierdes por las calles transversales de toda La Candelaria y ahí están ellos. Los altos personeros de instituciones privadas y públicas también los ven, pero desde sus vehículos carísimos, detrás del vidrio cubierto de papel ahumado y bajo  el plácido embrujo del aire acondicionado y la música anti estrés.  Desde allí observan un mundo que les es ajeno, distante.

En la noche, que ahora llega más temprano, los seres callejeros buscan la comodidad que les ofrecen los escalones de los edificios de El Universal o del Ministerio Público. Ahí extienden su tesoro: cajas de cartón. Allí  construyen habitaciones improvisadas, encienden sus cigarrillos de vicio, los consumen y se duermen.  Sueñan que tienen casa, cama y familia.

Pero la dicha no dura mucho porque también la noche y los sueños pasan más rápido que antes y ahí está el vigilante diurno del edificio público o privado que les dice: es hora de levantarse. Luego viene el  trabajador de la limpieza y deja todo impoluto para que pasen todos los llamados ciudadanos, a quienes les toca hacer diligencias  y ni siquiera imaginen el horror que hace tan sólo una o dos horas durmió en el lugar. Bajo el sol matutino, ellos, los seres tristes, solos y harapientos vuelven a las calles a caminar y a perderse entre la gente que siente desagrado por ellos y que se cambia de acera cuando los divisa.

Esto es el retrato pavoroso  que  el centro de Caracas muestra. Son las imágenes de esta geografía humana que ha estado creciendo en las desgastadas y pocas veces reparadas calles por tres, cinco, diez  quince o veinte años. ¿Cuándo llegará la transformación hasta ellos? Todavía no los ha alcanzado,  para ser optimista, digo que llegará, porque la transformación a veces es lenta, pero eso sí, es segura.  No obstante, pese a mi esperanza, también ruego al creador que cuando el cambio  esté cerca, ellos se encuentren muy despiertos. Así pasarán por la plaza, por las esquinas, por la avenida principal y por las calles transversales  ya no con las miradas perdidas sino con los ojos firmes en las transformaciones para mejor, a las que ellos también tienen derecho como venezolanos y como seres humanos que son.

CARAQUEANDO

 

 

Mitchele Vidal

Caracas, 5 de julio de 2011

 

Sudando, corriendo, llegando tarde –nada empieza a la hora– apurando al semáforo con la corneta, con el insulto, con el grito. El que va manejando adelante es una tortuga. Esquivando al motorizado -ya son 3 los que me golpearon el retrovisor- oyendo el mismo CD quemado porque los originales y el IPOD los dejo en mi casa, por si acaso… como no consigo dónde estacionar entrego las llaves para que lo mueva el parquero, el dalero, “Dale, dale mi amor, bella tú, bella el carro”…

Estoy a dieta informativa así que no oigo radio, no vaya a ser cosa que empiece aquel hablando, hablando, hablando… sigo cantando. La música va más rápido que mi carro. Viendo el naranja, el rosado, el amarillo, el morado instalados sobre el verde eterno de las acacias, de los apamates, de los gallitos, de los samanes, de los caobos… ya empezó a llover, la lluvia tumbará las flores, no importa, nos va dejando una alfombra de colores sobre el ardiente asfalto, negro asfalto, gris asfalto, hueco asfalto, tronera asfalto, olvidado asfalto…

Anoche no pude dormir, la salsa y el reguetón se impusieron hasta las 4 de la mañana, otra fiesta, otro sarao, otra rumba. Por suerte hoy no me despertó el celular sino las guacharacas, los torditos, las palomas, los cristofué, las guacamayas todos los pájaros de Caracas se levantan antes que las cornetas       y arman esa bulla de selva en plena ciudad… ciudad escandalosa, ruidosa, tormentosa. ¿Dónde quedó el silencio? No sabemos, nadie sabe ni quiere saber. Al que le moleste que se vaya, que se largue. Y se van, cada fin de semana largo, cada puente huyen despavoridos, abandonan las colas en las calles, en los cines, en los centros comerciales, en los mercados, en los bancos para hacer colas en las playas, en las piscinas, en los ríos, en las montañas, lo malo es que vuelven, no soportan nuestra ciudad pero vuelven y se quedan, se quejan pero se quedan…

Abajo está el Guaire arrastrando basura, cauchos, botellas, limitado por esas carteleras horrendas que pinta el SENIAT, quién les dijo a ellos que las márgenes del río se pintan de amarillo azul y rojo la bandera de los piojos, decíamos cuando estaba en el colegio. ¿Qué dirán ahora los niñitos en el cole? No sé, mi hija ya es adolescente, mis sobrinos mayores crecieron y se fueron, mis sobrinitas no viven aquí gracias al exilio voluntario que vamos viviendo, soportando, aguantando, su bandera es la de las rayas y las estrellas… Pero decía que ahí va fiel, marrón, beige, kaki, pardo, sepia, el Guaire, una herida abierta que nos parte la ciudad en dos. “Yo prefiero cruzar el Orinoco que el Guaire” dice Valentina Quintero, y muchos piensan así, aunque no lo digan o no sean tan ocurrentes, o no hayan llegado al Orinoco, pero ella es privilegiada, vive en Los Palos Grandes, una de las pocas zonas de Caracas donde te vas caminando, paseando, conversando, al mercado, a la panadería, a la tienda de ropa, al colegio; la mayoría lo cruzamos varias veces al día y si no, lo acompañamos en su trayectoria este-oeste encaramados en una camionetica, en un carro a 3Km/hora, en el Metro que está cada vez más revolucionario, más ineficiente, más sin aire acondicionado, más sin escaleras mecánicas…

Seguimos protestando, reclamando por la falta de agua, de luz, de educación, por el exceso de inseguridad. Seguimos trabajando, estudiando, hablando del gobierno eterno y enfermo, comprando, saliendo, comiendo, tomando, viviendo, oyendo, viendo lo que nos está pasando como quien oye llover en Macondo pero estamos en Caracas, como decían antes: jodidos, pero en Caracas. O como dicen ahora: jodidos y en Caracas…

Caracas, la de las arterias

con colesterol.

Autora: Valentina Saa Carbonell

 

De rodillas ante uno de los juegos de montañas más hermosos que se haya visto, la ciudad herida implora. Sabe que tiene sus arterias llenas de colesterol.

Implora que le laven la sangre, implora que desaparezca la basura, que a los niños descalzos se les dé cobijo y letras. Que a letras se les dé un espacio de cielo azul, de árboles minados del trino de los pájaros. Que las guacamayas hagan su vuelo rasante, que nunca más un arma ruede por sus vías.

Que sus arterias estén limpias de colesterol, de fábricas de guerra, de pisadas fuertes con botas sucias de cuerpos inertes.

Caracas implora que la dejen erguirse, que sólo se recueste del Ávila como siempre lo ha hecho, que respire el salobre que le manda el Caribe, que se bañe en su murmullo.

Caracas, tendida, con la cara entre sus manos, llora a sus muertos en batalla, ruega que cese el estallido de las bombas, el siseo de las balas, el llanto de las madres.

Caracánto

Por: Isabela Méndez

Desde Barcelona- España

 

Caracas es rincones diáfanos

que tiernamente guarda la brisa,

esa que con olor a níspero y guayaba

visitaba silvestre mi camisa.

 

Es cuadras caminadas bajo el sol,

lluvias intempestivas y sonoras,

que al marcharse dejaban vivos charcos

haciendo verdes prados de las horas.

 

Caracas, madre de mis sueños,

leal hermana, amiga y confidente,

ciudad que llevo viva en el ombligo,

aunque me halle en otro continente.

 

Su pueblo lo recuerdo sonriente,

eso tiene de bueno la añoranza,

que llena de alegrías el pasado

y el presente lo colma de esperanza.

 

Caracas, abrazada con cariño

por la frondosa selva, Ávila bella,

mujer de mil caderas y mil senos

de labios vegetales, gran doncella.

 

 

Urbe mestiza, amplia y generosa,

tu gente es de disímiles colores,

tu música es sincrética, bonita,

y tu comida un mundo de sabores.

 

Matriz cautivadora de viajeros,

Caracas, la que a tantos ha acogido

ciudad en la que el clima es un regalo

y en la que siempre el sol halla su nido.

 

Tus calles, llenas de árboles de mangos,

esquinas de cayenas rebosantes,

caobos con su cántico de hojas,

y acacias con altura de gigantes.

 

Aunque haya emigrado, estoy contigo,

caraqueña seré mientras yo viva,

te bendigo y agradezco ser tu hija,

desde esta, la nación de las olivas.

PARQUE DEL ESTE

Autor: Carlos Orellana

 

Hojas multicolores bajo las apamates y las ceibas,

a veces parecen continuar el verde del lago,

rodean el árbol – hormigas ruidosas –

sus gritos y cantos espantan el tucusito,

alejan a la ardilla y al pájaro carpintero,

forman hileras entre las ramas caídas.

 

Cuando la lluvia baja del Ávila

corren presurosos a guarecerse

cerca de los pájaros y las águilas cautivas,

evitan acercarse al inquieto león

que los mira asombrado.

 

Una música viene de oriente

mientras pies diminutos siguen el ritmo

del baile del loto.

 

El anciano deja el periódico,

escucha y luego duerme.

 

ESTA CIUDAD

Autora: Estrella Gomes

 

I

Me reconozco en tanto

descubro la urbe

hay una lectura de ella en mi

ambas guardamos en las entrañas

los cadáveres noctámbulos

desdibujamos nuestros límites

en la noche

luego la mañana

y nuestras inquebrantables barreras

 

No se le jura fidelidad

a la ciudad

en cualquier momento uno se ensaña contra ella

desgarra sus calles

devora sus rostros desconocidos

se reconoce en ella

y la maldice

 

No es fácil transitar la ciudad

espero postergar el viaje

a la sustancia que me configura

hasta ahora

geografía desconocida.


POR QUÉ ME QUEDO EN CCS

Liza López

Julio 2011

 

 

Cada vez que un amigo me cuenta que se va de Caracas, le digo que antes de emigrar aproveche de visitar aquellos sitios que le son especiales de esta ciudad. Que camine por el centro y recuerde cómo era con buhoneros, que se tome una chicha en la Universidad Central de Venezuela, que vea caer la luz de las cinco y media de la tarde apoyado en un tronco en El Ávila, que a esa misma hora, desde ese mismo árbol, vea a las aves cruzar de norte a sur y de este a oeste sobre las autopistas, que transite las avenidas en una camionetica que tenga la música a todo volumen o que, simplemente, se siente en cualquier plaza a ver a la gente y a los carros y a las motos pasar.

Cada partida remueve lo caraqueña que soy pues se ha hecho más frecuente el que tenga que argumentar por qué yo sí me quedo en Caracas. Por qué no me pasa por la mente imaginar mi vida en otro lugar. Y la gente se espanta cuando uno dice que no tiene planes de irse ni a corto, mediano o largo plazo.  Esa misma gente también se espanta cuando algún caraqueño que vivió un tiempo afuera retorna, o estando afuera, se le ocurre comentar que se regresa. “¿Estás loco? ¿Pero cómo se te ocurre regresar a esta mierda? Mejor quédate por allá”, le responden.

Eso le dijeron a una amiga que acaba de llegar de Barcelona. Me la conseguí esta semana y andaba triste porque comenzaba a sentir que había tomado una mala decisión. Me contó que no se hallaba en España, que no conseguía trabajo y que no pudo ser feliz. Que tenía muchas ganas de volver, pero que estaba harta de que todos cuestionaran su regreso. Le di la bienvenida con un abrazo y le dije que no se arrepintiera, que a mí me dijeron lo mismo cuando regresé de mis tres años en Paris y que aquí, en esta Caracas que por momentos agoniza y al rato resucita, ahora es cuando hay oportunidades de hacer, de deshacer y de volver a hacer. Le dije tranquila, aquí uno puede inventar hasta un nuevo lenguaje y nadie te va a rechazar por no hablar con el acento correcto. Lo mejor de Caracas, le dije, es que está en construcción permanente, y es mejor vivir en una ciudad por construir que en una ciudad construida por otros. Lo mejor de Caracas es que todo se mueve, a veces a paso lento, a veces muy rápido, que se pasa de lo feo a lo hermoso en segundos, y viceversa, que nada es estático, que todo cambia, que cuando uno cae en un hueco en una avenida recién asfaltada, se te mueve el piso. Y ese ritmo vertiginoso le recuerda a uno todos los días lo que es estar vivo.

Le dije, así es la Caracas que me enamora y por eso me quedo. Porque me fascina cómo me sorprende cuando salgo de mi casa.

Como le pasó a una prima que llegó hace poco de unas vacaciones de dos meses en Suiza. Ya tenía abstinencia del vértigo caraqueño. Después de contar los paisajes maravillosos y quietos que fotografió, comentó algo revelador: “Ya en los últimos días, no podía con el aburrimiento. Necesitaba ver a un perro muerto en la autopista”.

CIUDAD CARACAS

 

María Dolores Ara

 

 

Hoy huele a ciudad grande

con prisa por ser libre

y darnos permiso

para mudar de piel,

para ser por fin nosotros

sin saber bien qué significa

Ser ,

de verdad.

Huele a ciudad crecida

 

que nació de la noche

entre abrazos secretos

para vender misterios rozagantes

por calles, muros y árboles,

que también,

hoy

huelen a vida renovada

que nutre un nuevo sol.

CAFÉ CONCERT

EN UNA NOCHE CARAQUEÑA

Georgina Ramírez

 

No todos saben ocultar el hambre

Algunos

reclaman con la mirada el trozo de pan

Intentan –como les fue enseñado-

el disimulo

(que se te acerquen por miedo

                                    nunca por lástima)

 

En los puños

-cerrados de apretar rabia-

se avizoran trazas de la calle que los abraza

no queda dolor en las heridas

quizá sangre –mucha sangre-

pero no más dolor –aunque se sienta-

 

De noche

cuando Caracas aúlla

y muestra en su desnudez la poca vergüenza

que aún no le arrebatan

salen como marionetas en busca de alguna función

 

no importan los aplausos

una moneda no basta

ya no hay suficiente agua en esta ciudad

para calmar la sed

 

 


 

La Ciudad de Todos

 

Por: Antonieta Madrid

 

 

Dicen que la ciudad de Caracas  es la Ciudad de Todos.  No hay racismo, ni xenofobia,  ni clase alguna de discriminación. En la Ciudad de Todos, el agua de las fuentes brota libremente mientras el río Donaire se va tiñendo con los colores del crepúsculo y entonces son azules y rosados y amarillos y verdes y morados con toques naranja y pálidos ocres. En la Ciudad de Todos el arcoiris se ve reflejado en los cristales de los inmensos edificios. Caracas, una ciudad para querer. Caracas, aunque llena de verdes es también un bosque de cemento y de metal. Caracas, poblada de espejos: espejos cromados, espejos retrovisores, espejos biselados, espejos pulidos, espejos cóncavos y espejos convexos, espejos encontrados reflejando las imágenes al infinito. Campanas. Mezquitas. Torres y Minaretes. Cúpulas y Pagodas. Palacios de cristal.  Un domo blanco. Un palacio de mármol rosado. Un cubo negro. Carnaval. Reflejos. Reflejos. Reflejos. Carnaval. Salsa. Carnaval. Heavy Rock. Carnaval. Calipso. Carnaval. Hot Reggae. Carnaval. Trópico. Calipso. Carnaval. Carnaval. Carnaval...

Dicen que la mitad de  los caraqueños vienen de otro lugar. Los forasteros  han traído sabor.  La mitad y hasta más de la mitad han venido de muy lejos. Caracas,  una ciudad acogedora.  Lo dicen las revistas internacionales, la prensa en general. Algunos se refieren a Caracas como “la Roma de América”. En el Boulevard de La Gran Banana se encuentra gente de todas  partes del globo terráqueo, de todas las etnias, de todas las culturas, y subculturas y desculturas también. La Babel multicolor avanza sinuosa como una  gigantesca serpiente a todo lo largo del paseo peatonal. Mezcla de lenguas y de hablas. Choque y encuentro de civilizaciones. Sincretismo. Crisol.

Dicen que Caracas es la capital del Cielo. Caracas, un nombre que envuelve y encubre un mundo donde todo es posible, basta con sólo desear. En La Gran Banana, la turba políglota se desplaza  furiosa en un solo ulular, en un solo mirar. Tratan de encontrar algo distinto en las tiendas, tienduchas, puestos de buhonero, boutiques de lujo, sex-shops... Entran en los garitos, kioskos de videoporno, casinos camuflados como restaurantes exclusivos, pero no logran calmar la ansiedad. Van a la deriva y son MacDonals. Kentucky Chicken. Pizza Hut. Comida Arabe. Comida China. Comida Mexicana. Comida Hindú. Comida Trinitaria. Comida Japonesa. Comida Thai. Feria de todas las comidas. Hippies viejos de los años sesenta tomando agua de coco. Policías en moto. Policías a pie. Policías apostados detrás de las esquinas. Policías en relucientes patrullas último modelo. Policías disfrazados de punkies. Policías, simulando mendigos, con la ropa rota. Más puestos de Fast food. Yuppies con ropa deportiva hablando por los celulares. Punkies con las crestas fosforescentes, las caras pálidas, cintas y plumas de colores chillones, piercings y tatuajes lacerando la piel. Militares con uniforme de camuflaje. Militares de blanco.  Fruterías Chinas. Areperas. Juguerías criollas. Luncherías. Perfumerías. Farmacias a granel. Una farmacia en cada cuadra y cada cincuenta metros, un bar...

 Dicen  que el Boulevard  de La Gran Banana, nada tiene que envidiar  a otros lugares famosos del mundo: Portobello Road, La Calle Florida, Fifth Avenue, El Boulmich, El Zail, Saint German des Pres, Kurfürsterdamm, La Gran Vía, Bond Street, El Paseo de la Reforma, Wang-Fu-Ching, La Vía Margutta, Liu-Li-Chang, Worth Avenue, Nowy Swiat, El Damrac, Blecker Avenue, Oxford Street, La Vía del Corso, El Staré Mesto, La Gran Banana en Caracas, la Ciudad de Todos en El Valle Feliz, donde no llegan los huracanes, donde no hace frío ni calor, porque Caracas goza, durante todo el año, de un clima primaveral...

(Tomado de la novela: “De Raposas y de Lobos”. Alfaguara)

CIUDAD EN TINIEBLAS

Marcia Reverón

 

 

ciudad de ángeles

con voces que se confrontan y gritan melancólicas

sí ciudad de palacios como ofrendas al olvido

cuando el horizonte se diluye en el asfalto

tus niños lloran

 

ciudad de fuego y  guerra

 la noche acecha vigilante

como un ojo en exterminio

 

dueles porque eres ciudad de luz

 dentro de tus nieblas

hay silencio en tu sonrisa

sabes del caos

que vive tu territorio

sabes de la miseria

de los aires de media noche

cuando bordan estrellas algunos

 otros mueren

 

canto a tus duelos

CCS

Gisela Cappellin

 

Caracas

culto

consciente.

 

Cerro, cielos, cascadas.

Calles, callejones, cuevas.

Cacique, cabildo, cargo.

Cúpulas, camaradas.

 

Carros, camiones, candela,

cachazos, castigo,

cemento, calibre,

cadáver, cárcel, cuartel.

 

Cifras, contrastes, cicatrices.

Cansancio, contrariedad, cautela.

Cantos, complicidad, calidez.

Cuna, corazón.

 

Caracas

culto

consciente.


Caracas ya es más Luz, que Paris.

Elba Escobar

 

Mi ciudad es una ciudad que habito a veces, otras simplemente la observo y la mayoría de las veces me ocurre, me ocurre hasta las lágrimas.

A mi mamá le encantaba mudarse, siempre desestimó la maldición maracucha, esa que reza: ¡Ojalá te mudeís!

Nací en la calle “El medio” del Prado de María, me bautizaron, hice la primera comunión y me confirmaron en la Iglesia “La Milagrosa”, virgen de la cual mi madre era devota, solo esa virgen era de su simpatía, porque la verdad y para ser honestos, nunca le gustaron los curas, ni las monjas, razón por la cual, me salvé de estudiar en el colegio Carmelo. Ella eligió para nosotros, sus hijos, colegios laicos y mixtos, decía que eso de mandar a sus hijos a colegios católicos era un peligro y una ociosidad.

Luego nos mudamos a las Acacias. Casualmente, la semana pasada, estuve filmando una película en Las Acacias y me vi, viviendo en esos pequeños edificios de tres pisos, jugando rayuela, aunque nosotros llamábamos a ese juego “Pisé”, “La ere”, “El escondite”,  “Un dos tres, pollito Inglés”, el teléfono, “A la rueda, rueda de pan y canela”, “la señorita Elba, va entrando en el baile, que la baile, que la baile…” Metras, pepa y palmo, gallito, perinola con las latas de jugo yuquerí y palitos de tintorería, no digo trompo porque siempre fui muy mala con el trompo, estampándome los brazos con las calcomanías que venían en los chicles Bazooka. Y saliendo tempranito para el colegio, que quedaba en la cuadra de atrás, con mi hermana, apenas un año mayor, tomaditas de la mano, con cinco y seis años, respectivamente, solitas, porque no había ningún peligro.

Mi mami sin embargo se asomaba a la ventana de su cuarto, que daba para el patio del colegio y nos saludaba cuando hacíamos fila para entrar a los salones. Fue desde ese patio que mi mamá nos cuidó, sonaba el timbre del recreo y ella salía a la ventana y nosotras mirábamos y le lanzábamos besos, no se le ocurrió nunca decepcionarnos, siempre estuvo allí.

Cuando me tocó pasar a bachillerato, yo dije, “Liceo”, para esa época los mejores colegios, la mejor educación, los mejores profesores, el mejor pensum, era el de los colegios oficiales, la educación privada, estaba muy mal vista. Me zonificaron al colegio Santiago Key Ayala, que iba a estar en el Prado, pero aún no se había mudado la sede, de modo que mi primer año, fue en la que quedaba, “De Glorieta a Maderero”, mi mamá me acompañó el primer día, y me mostró, como llegar a la avenida Victoria y esperar en la parada, el autobús y  a darle a la cuerdita para que parara y bajarme en las avenida Fuerzas Armadas y caminar cuatro cuadras hacia arriba, hasta llegar al Liceo, mientras lo mudaban. Yo tenía once años y durante seis meses, hice ese recorrido solita. Que ciudad, tan amable, tan simple.

Llegamos a vivir en la Avenida Andrés Bello al lado de VAM y de allí llegaba en bus a mi liceo, que ya estaba en El Prado, después que lo inauguró el Propio presidente Caldera.

Una vez nos mudamos a El Paraíso, por un día, porque quien nos alquiló, se equivocó y ya lo tenían palabreado para otra gente, lo que nos hizo, embalar y desembalar  para regresar a la casita del Rosal, donde mi mamá no quería seguir viviendo porque había ratones. Aunque en el patio había dos matas maravillosas, una de cemeruco y la otra de níspero.

De allí nos fuimos a Parque central, esto era para mí, como la casa de los Súper Sónicos, nunca me gustó, allí comencé mis primeros ejercicios literarios, escribiendo poemas sobre la cárcel de concreto donde vivía. Sin embargo fue allí donde descubrí el teatro, un día crucé hasta la vieja casa del Ateneo y se estaba presentado un grupo: “Porque un día salga el sol, sin nubes que lo oscurezcan” Así de largo, era el nombre del grupo, allí supe, que eso era lo que yo quería hacer, aunque para ese momento yo estudiaba en el Pedagógico de Caracas, física y matemáticas.

Ya la ciudad nos estaba cambiando.

Comencé a hacer teatro, vivimos con una tía en Santa Mónica, y luego nos mudamos a Las Mercedes, un edificio pequeño de apartamentos enormes, ahora está Compumoll allí. Y me juré que si algún día tenía posibilidades, me iba a comprar un apartamento y le iba a comprar uno a mis padres, la verdad, estaba harta de mudarme. Para cuando llegó el viernes negro, la liquidación que me dieron en Radio Caracas por la reducción de personal, no me alcanzó para comprar en mi querida ciudad y nos fuimos a San Antonio de Los Altos.

Yo bajaba a Caracas a diario, cómodamente, porque no había tanto tráfico y cuando entraba en la valle coche, se me salían las lágrimas, viendo el Ávila.

Es tan amorosa, tan majestuosamente amable la bienvenida que nos ofrece al entrar a la ciudad nuestro Ávila.

Si veía un camioncito de tablitas lleno de verduras y frutas frescas, de esos que bajaban de los Altos Mirandinos a los mercaditos populares, se me salían las lágrimas de agradecimiento a nuestra tierra fecunda, aunque nací urbana, me atrapó la visión bucólica.

Pasé años escapada de la ciudad, hasta que no pude y decidí regresar, ya con un hijo en combo. La excusa: “Un buen colegio para Simón” Me mudé a “la ciudad satélite” La Trinidad, vía Sartenejas. Desde el ventanal de la sala, divisaba toda Caracas y el Ávila frente a mí, lejano pero más mío que nunca. El muchachito fue creciendo y con él mi susto, por su seguridad, la noche, las fiestecitas, las rumbas, enseñarlo a manejar, darle el carro… Allí me comenzó a doler la ciudad, algo había pasado, y en él, el hijo, se me presentaba la angustia de una ciudad invivible, cuando se tiene un hijo, se tienen todos los miedos.

Me mudé a Los Palos Grandes, el municipio más seguro, y al mes secuestraron a mi hijo, en el propio estacionamiento de mi edificio,  le robaron el carro y lo dejaron afortunadamente sano, en una calle donde consiguió ser atendido por una buena familia, que le prestó el teléfono y me lo trajo de madrugada, para que yo no saliera sola por ahí a buscarlo. Todo parecía oscuro, todo me empujaba hacia fuera

Se fue mi hijo a Australia por intercambio y comencé a dormir tranquila, que vaina tan loca, mi hijo, del otro lado del mundo y yo dormía tranquila, porque él estaba en una ciudad segura. Pero me regresó hombre, y un día me dijo: no es la ciudad mamá, es el miedo, ese es el peor enemigo.

Y entendí y le dí la razón, y conmigo muchas madres y muchos padres escucharon a sus hijos, dueños de su ciudad, más dueños que nosotros, nos invitaron a tomarla, y empezaron los milagros… la toma de la ciudad, los artesanos, los músicos, los libros, los escritores y poetas, los actores, los comediantes, los ciudadanos, los cocineros, los comerciantes…

Ya Caracas es nuestra de nuevo, es celebración y es verde y todavía nos alimenta de mangos en Mayo y de mandarinas en Noviembre, nos cobijan sus sombras en las aceras sembradas y en el tráfico un buen suspiro y una mirada al cielo Caraqueño nos alivia la espera. Eso somos, caraqueños luminosos porque Caracas ya es más luz, que Paris. 

Prepare la maleta, hijo,

que nos vamos a Caracas

Heberto Gamero Contín

Caracas, 11-10-2011

           

 

Cuando mi querida vieja ―no lo era tanto entonces― me dijo que nos mudaríamos a Caracas, yo me puse muy mal. Tenía catorce años. Me dieron dolores de barriga y mis ojos se llenaron de lágrimas, como cuando manejaba bicicleta contra el viento paraguanero y el agua de los ojos corría hasta meterse en mis oídos. Se sentó frente a nosotros y ―quizás intuyendo que no nos caería muy bien― nos dio la noticia, sonriente, con sus manos aferradas a las nuestras, y por unos instantes esperó nuestra respuesta como quien espera la confirmación de un viaje de placer. Mi hermano se quedó callado, también yo. Sin perder el entusiasmo nos dijo que viviríamos en un apartamento muy bonito, nuevo, de cuatro habitaciones, con vista a la ciudad, fuente y un jardín donde podíamos pasear y hacer amigos. Mi hermano y yo nos miramos las caras, sin decir nada, callados, como si fuéramos parte del mobiliario. Agregó que podíamos estudiar en un buen colegio, conocer cosas nuevas y, al graduarnos de bachiller, intentar ser aceptados en la Universidad Central de Venezuela, se imaginan, ustedes, en la Universidad Central de Venezuela, como su hermano, que ya es geólogo. Y dijo todo esto lentamente, haciendo énfasis en cada sílaba, sus ojos brillantes como pequeños girasoles, las manos apretadas, la expectativa en el aire. Mi hermano se encogió de hombros y continuó callado. Yo traté de ensayar una sonrisa, me solté de sus manos y me metí en el cuarto a lanzar la pelota contra la pared, hasta que se me hizo borrosa y erré en el intento de recibirla.     

Así pasaron los días, al parecer no había nada que hacer sino esperar el fin del año escolar, empacar las cosas y dejar mi terruño de cardones, cujíes, chivos y mar. Pero yo no me quería mudar. Hacía las tareas sin ganas y ya no salía por las tardes a manejar bicicleta con mis amigos: lo notarían en mi cara, se darían cuenta de mi cambio de humor y comenzarían a indagar. Me encerraba entonces en el cuarto y me hacía todo tipo de preguntas, como que si en Caracas podríamos comer arepa pelada y queso de cabra, si se conseguiría la natilla y el dulce de leche, quiénes serían nuestros vecinos, en qué escuela estudiaría, si en Caracas habrían muchachas tan bonitas como en Punto Fijo, si los nuevos amigos serían como los que ya tenía, qué sería de éstos, ¿los volvería a ver? Y mi ropa, bastante usada y fuera de moda, ¿me vería ridículo? Decidí hablar con mi mamá y decirle que yo mejor me quedaba en Punto Fijo, en casa de una de mis hermanas mayores, ya casadas y con posibilidades de recibirme. Así lo hice. Le dije además que ya estaba acostumbrado a vivir en una casa, frente a la calle, con los árboles cerca y el mar a la vuelta de la esquina. Ella se me quedó mirando de cierta forma que me intimidó, como si no diera crédito a mis palabras. Tal vez pensó en que yo era su hijo, aún menor de edad y que tenía que obedecerla, o que mis hermanas tenían ya sus propios hijos como para estar ocupándose también de un hermano, o simplemente que me quería y que no sería capaz de viajar sin mí. Fuere lo que fuere, hincó sus ojos en los míos como sólo ella sabía hacerlo y me dijo que no olvidara embalar los libros.         

Recapacité un poco y a regañadientes hice la maleta y embalé los libros. La ropa muy vieja y pasada de moda la puse en una bolsa aparte para regalársela a uno de los muchachos del callejón Cuba, a quienes siempre veía con pantaloncitos de franela, sucios y estirados. Me asomé a la ventana y durante largo rato observé a los que pasaban. El sol de Punto Fijo es inclemente, despiadado, cae a lanzazos sobre la gente que trata de protegerse con paraguas, gorras, periódicos, carpetas o apenas con la mano convertida en visera. Una mujer se agarraba el cabello y otra que iba con falda prefirió despeinarse con tal de evitar que las ráfagas de viento pusieran al descubierto sus bronceadas piernas; el de la ferretería hacía la siesta sentado en una mecedora frente a su negocio; la camioneta de helados Efe pasaba con su música inolvidable con sabor a fresa, mantecado, chocolate; el hombre de la zapatería martillaba sobre una suela mientras la esposa le mostraba un par de zapatos a un cliente que la aguardaba con el calzador en la mano. Pensé en todos ellos y también en el vendedor ambulante que en ese momento pasaba con su carga de plátanos al hombro, y en la hija de la vecina de la que estaba enamorado; aquellos ojos verdes, tarareaba de vez en cuando… No los vería más. Tampoco a los amigos de las bicicletas, con quienes solía encontrarme casi todas las tardes para recorrer la ciudad y terminar viendo las puestas de sol en los acantilados que dan a Carirubana y al mar… Ya todo aquello quedaría en el recuerdo. 

Acomodé el resto de mis cosas en unas bolsas de plástico y las puse en la puerta junto con las de mi mamá y mi hermano. El autobús salió un día de agosto de 1966. Recuerdo que los Beatles estaban en su apogeo. No me despedí de nadie, no tenía fuerzas para hacerlo, acomodé la cabeza en una de las ventanas del bus y fijé la mirada en el rostro de la vecina, en las puestas de sol sobre el mar, en el viento de Paraguaná y en los dulces de leche hasta que, tal vez  por haber pasado la noche en vela, dormí durante casi todo el camino. Acostumbrado como estaba al calor y al sudor sobre mi frente, me impresionó mucho el cambio de temperatura que se hizo más evidente en la subida y luego en la bajada de Tazón, ya muy cerca de Caracas. Ráfagas de brisa fresca con olor a eucalipto inundó el transporte en el que viajábamos. Ya no sentía calor y mi cuerpo no sudaba. Bajé la ventana, saqué un poco la cabeza y aspiré todo lo que pude aquel olor que como esencia de flores atravesaba mi nariz. La vieja me apretó la mano y yo la dejé hacer. Todavía no entendía por qué teníamos que mudarnos si en Punto Fijo teníamos nuestra casa, la casa donde habíamos vivido con papá antes de que éste falleciera… Un naranja muy intenso caía al oeste de la ciudad, se iluminaban de colores los edificios y nosotros allí, recién llegados a la capital, esperábamos con paciencia encontrarnos con nuestro nuevo hogar.

California Norte, le dijimos al taxista que nos llevaría desde el terminal al apartamento. Las luces de la ciudad comenzaron a encenderse y los naranjas del sol a desaparecer en un gris cada vez más gris. El tráfico era fluido y la gente se desplazaba con comodidad en busetas y autobuses. Nunca, sino en la televisión o en las películas, había visto tantos carros y a tanta gente junta desplazándose con tal armonía y tranquilidad por calles y avenidas. Desde mi juvenil punto de vista percibía un ambiente alegre, de bienestar, la mayoría de los carros eran nuevos y limpios, las calles estaban limpias, pintadas de amarillo o blanco, y las vallas publicitarias que iluminaban la Autopista del Este me daban la sensación, por momentos, de que estuviésemos en una esquina de Las Vegas, o de París, o de cualquiera de esas ciudades que aparecen en las revistas y que destacan por su brillo y belleza. La plaza Venezuela resplandecía. Me sentía abrumado y al mismo tiempo triste por lo que había quedado atrás. Finalmente llegamos a la California Norte y a nuestra nueva residencia: un conjunto de nueve edificios con dieciocho pisos algunos y veinte otros. No era tan fácil entrar. Primero había que atravesar un gran portón donde había un vigilante, luego la puerta del edificio, después subir en el ascensor, luego, después de todo, se podía entrar al apartamento. Qué complicado me parecía todo aquello. En pocos minutos me paseé todo el lugar. Era muy bonito, la vieja no nos había mentido. Mi hermano se puso a ver televisión y yo salí al balcón y miré a lo lejos: todavía los chivos saltaban entre los cardones con una tuna hincada en una pata y los ojos verdes de mi vecinita me pestañeaban entre las luces de la ciudad.

Al día siguiente no me quería levantar. Hacía frío y no tenía nada que hacer. Después de varios llamados me levanté. Me duché y me fui a desayunar. La vieja me abrazó por la espalda mientras yo desayunaba. Le palmeé la mano como diciéndole ya, ya estamos aquí, ya no te preocupes más por cómo me siento. Terminé la avena, el café y me levanté de la silla. Ahora qué, me dije. Di unas cuantas vueltas por el apartamento sin saber dónde detenerme: ¿en la cocina, en la habitación, en la sala? Me asomé al balcón de nuevo y me quedé un buen rato allí, mirando, pensando, era el único lugar donde sentía que podía moverme a mis anchas, aunque sólo fuese en el límite de unos pocos metros cuadrados. Una vez más mis pulmones se llenaron de esa frescura que ahora, después de tantos años y de tantas ciudades visitadas, no he encontrado en ningún otro lugar. Tal vez venga del Ávila. Quizás esa brisa mágica y gratificante choca primero con nuestro hermoso cerro y luego, ya impregnado de su frescura y energía, se vuelca sobre la ciudad, sobre nosotros, y como una gran ducha de agua pura nos baña de optimismo y determinación; es posible. Qué podía hacer entonces si no tratar de ver las cosas de otra manera. Buscaría nuevos amigos con quien manejar bicicletas, mis hermanas nos enviarían queso de cabra, natilla y dulce de leche desde Paraguaná, compraría ropa nueva, me dejaría crecer el pelo para estar a la moda… Pero, ¿y los ojos verdes? No conseguiría unos iguales… a ellos los guardaría en un sitio donde no pudieran perderse, eso haría, eso nadie me lo podría quitar.                 

Si hoy después de tantos años alguien me preguntase si mi querida vieja tomó una buena decisión, le diría que sí, que sí porque en Caracas me gradué de bachiller, en Caracas me gradué en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas me casé y tuve un hijo, en Caracas fundé una empresa en la que todavía trabajo, en Caracas corrí un maratón de cuarenta y dos kilómetros, en Caracas obtuve los ingresos que me han permitido conocer parte del mundo, en Caracas tengo a mis amigos, en Caracas tengo  dos hermosos nietos, en Caracas gané el concurso de cuentos de El Nacional… Entonces, cómo pudo la vieja haber tomado una mala decisión, cómo no amar a mi bella Caracas, cómo no sufrir por ella.     

Cuando el Toromaima era Toromaima

Abraham De Barros

 

 

 

(I)       Cuando el Toromaima era Toromaima,

Andaba caminando por el valle de Caracas

Quería que el arroyo calmara su sed

Quería que el río lavara sus pies

Que el Waraira Repano lo abalanzara hacia el mar

 

 

(II)      Cuando el Toromaima era Toromaima,

No sabía lo que era

Para él todo estaba en orden

Y todas las almas conjugaban la naturaleza

 

 

(III)     El valle del río primigenio

Luego vino el momento

Se hundió el enjambre de abejas

Letargo de aromas

 

 

(IV)     Ahora en este valle

Donde pululan las gentes

El regocijo tímido es,

Con la montaña

Con los verdes

 

 

(V)      Crece el concreto

Sobre los cuerpos de insectos

¿Recuerdas?

Ver desde la Gran Sierra

Ahora, ahora,

Ahora, ahora,

Seamos buenos ancestros

Outside Ccs.

Astrid Lander

En esta ciudad el caos se ahoga en el Guaire.

Cómo me río de este río.

En Ccs. decir al otro lado del río suena tan europeo.

Lo que no se estila de la gabardina y bufanda,

esa elegancia de caminar pausadamente entre edificaciones góticas,

mientras hojas ocres bronceadas, cual hélices,

avisan futuros copos de la nieve idealizada en el trópico.

Caracas, cortante sequía pasmosa de plaga acalorada

contra lluvia de días entre montes despavoridamente crecidos,

repetidos verdes y marrones

que sombrean el escandaloso amarillo de este sol sin filtro.

Mas, éste es el sol de verdad.

Caracas para revivirla.

 

Ciudad: amada cicatriz.

Mariela Cordero.

 

“La belleza de la ciudad era,

ni más ni menos,

la belleza de sus heridas”

(Yukio Mishima)

 

Esta ciudad es como la piel de un amor:

testigo de lágrimas y besos

me alejo, no puedo tocarla.

Temo que se enciendan sus cicatrices.

La miro de lejos, como a la piel de un amor,

no confesado.

La repaso fugazmente,

su calma tensa,

su hambre voraz,

su pulso alterado.

Temo que su latir me responda violentamente

me escondo

¿Cómo podré tocarla sin desnudarme primero?

 


CARACAS, UN LUGAR DE MARAVILLAS

Ana María Hurtado. 25 de julio de 2017

 

El Ávila bajaba en verde brisa, azul o gris, y se filtraba delicado a través de los postigos para posarse en el rostro dormido de la muchacha que vivía su interminable sueño en la casa de los Coronado, en aquella misma calle de San José donde había nacido y crecido mi tía Soledad. Años llevaba dormida la joven; sufría de un encantamiento, según el certero dictamen de Tatá, que para mis efectos era la tía abuela de nombre desolado. Tatá me contaba sus recuerdos con premeditada parsimonia, tejía los relatos sin prisa, como en una novela por entregas, así que muy temprano aprendí el oficio de la espera. Experiencias fantásticas y gente asombrosa habían coincidido con la tía en el estrecho ámbito de unas pocas cuadras de Caracas. Unas casas más arriba de los Coronado vivía la niña del señor Antillano -que en paz descanse- la pobrecita que sufrió y sufrió a manos de la viuda del viejo, quien junto a sus feísimas hijas le hacía la vida imposible a Merceditas. Desgracia también la de la última esposa del señor Mattei, el italiano tenebroso a quien la tía Soledad llamaba Barba Azul, para mi extrañeza, pues no quedaba claro si realmente tenía barba, sea del color que fuese. Pero nada como la inocente criatura de los higos cuyo canto vegetal, tan siniestro como doloroso, fue escuchado por mi tía con sus propios oídos que habían de ser tragados por la tierra.

Caracas era el centro del mundo y un lugar de maravillas; esa ciudad que he amado desde siempre, me penetraba con su olor a flores y su abundancia de nubes; ya fuera por las ventanas, los balcones, la azotea, o por las historias de Tatá. Por cualquier sitio y en cualquier momento se escurría y me alcanzaba. Su principal maravilla la hacía omnipresente, imposible olvidar que uno estaba con ella y que, felizmente, no había manera de escapar: el Ávila, la montaña extraña, cambiante, cristalina y espesa, enorme serpiente que nos cobijaba y nos frenaba el miedo, los maremotos y los huracanes del Caribe; el mar sólo se presentía en la forma de las nubes-olas que se encrespaban en su lomo sinuoso.

La tía, cuya vida entera transcurrió en Caracas, había presenciado sus ruinas, los súbitos fulgores, las pestes, los muertos y aparecidos, sus milagros, las hambrunas, los terremotos, las procesiones, sus lluvias, las sequías y sus atolondradas mariposas amarillas, el ardor de los araguaneyes, las ventiscas de febrero, los erguidos bucares, los apamates de cuaresma, las florecillas sucias del samán… Dentro de esa excesiva realidad también vería desaparecer a sus seres queridos bajo el musgoso polvo de los cementerios del norte. Contaba  que antes de que construyeran el nuevo cementerio del sur, los amados muertos descendían mezclados con los vientos que venían de la montaña, trayendo un vapor pestilente en los días cálidos, las lluvias arrastraban en sus aguas los miembros deshilachados de los habitantes fallecidos que terminaban de bruces, como náufragos, en las caudalosas quebradas de los alrededores. La muerte se esparcía con lujuria por las empinadas callejuelas. Por ello en Caracas, lo entrañable ha formado parte de la flora y la fauna, los huesos y la sangre de los nuestros es la ciudad misma. Esa Caracas es la ciudad que me habita, la de cuentos de hadas, magnífica y terrible, donde mis muertos flotan en la brisa y en el aroma de las flores en la noche.  Ella es mi destino.

 

AMANECER DEL ÁVILA

Carmen Luisa Plaza

 

 

El arco iris despierta en brazos del Ávila.

verdes árboles giran en azul

 

Al amanecer

la espuma juega a escondidas

y

el humo disuelve la luz entre las hojas

 

Abre los ojos

nace la Ciudad : 450

 

 

 

 

SONIDOS DE CANCION

Lidia Salas

Julio 23 del 2017

 

 

Espacio  donde todo es efímero y finito.

Nada es perdurable entre tus muros.

Es la hora de las encrucijadas.

El aire denso borra el aullido de los días.

Lejanos el vino y las fogatas de la ciudad ardiente.

Las hendijas entre las piedras

vierten la serenata de los grillos.

Un diálogo de renacuajos

humedece las aguas  secretas de la calle.

Rumor insomne de la infancia

que redime de la espera salvaje.

Sonidos de la canción que ofrendo

en esta noche amarga.

CARACAS

Arturo Sosa Leal

 

Inmensa madreperla que habito desde niño

Modelas osamentas

agazapadas entre humores viscosos y enredo de luces.

Aceras resignadas a la agresión de mil tacones cortantes,

a la fetidez del perro,

los residuos del borracho,

la saliva del mendigo.

Abrasada de candela celeste,

sólo recibes la caricia de la lluvia,

y prevenida, solícita de afecto,

la acumulas en los pozos de la esquina,

criaderos de mosquitos y protozoarios.

Con ellos compartes tu afecto de aguacero.

Villa marcada del pecho al vientre

con domesticada serpiente parda.

Ostentas prendedor de iguanas, garzas y basura

Al mismo tiempo,

la carpa que te cubre se desteje,

de sus hilachas penden angustias correteando alegrías

Puedes llenarme de ansiedad.

Puedes llenarme de zozobra.

Las disipo cuando arqueo el cuello

y descubro ocho guacamayas enamoradas.

Creo enamorarme, como ellas, cada dos estaciones.

Emociones trepadas al subibaja.

Bajo tu concha de nácar, con abertura de estrellas

millones de almas te sufren, millones de almas te gozan.

Pocos te descubrimos en ocultos recovecos

para aliviar tu seno maltrecho.

Ignorada por los impacientes,

cuerpos que viajan de un sitio a otro, teletransportados,

sin saber del recorrido, sin mirar al genio verde,

sin agradecerte siquiera.     


Caracas es cambio

Rafael Osío Cabrices

 

No nos dejemos engañar por la sensación de solidez que proveen todo ese concreto, todo ese hierro: las ciudades son cambio, están hechas de cambio, su naturaleza es mutante. Cambian en sí mismas y cambian al entorno que ocupan, que transforman y alteran irremediablemente en varios sentidos. Cambian a las personas que las habitan e incluso a los territorios en los que ejercen su influencia.

Caracas es un ejemplo particularmente intenso de esta condición metamórfica de las urbes. Sus cambios empezaron con su misma fundación: la que puede haber sido su primera ubicación, establecida por un mestizo gatillo alegre llamado Francisco Fajardo en 1560, tuvo que ser abandonada, a causa de la hostilidad nativa, hasta que un jefe militar más fuerte la refundó, poco más al este, en 1567.

En 1814 casi desapareció, cuando la invasión de los lanceros de Boves obligó a buena parte de su población a evacuarla; Caracas perdió entre el terremoto de 1812 y la caída de la Segunda República, dos años después, a más de la mitad de sus habitantes. Ha sido capital de varios territorios diferentes: la provincia de Caracas, la capitanía general de Venezuela, el departamento de Venezuela de la Gran Colombia, la república de Venezuela, los Estados Unidos de Venezuela y la República Bolivariana de Venezuela. Y ha sido desprovista de su capitalidad, también, durante los breves y confusos días del fin de la Gran Colombia. Para no mencionar las muchas ocasiones en que a algún mandamás se le ha ocurrido quitársela de nuevo, a favor de alguna utopía en Caicara del Orinoco, por ejemplo, de la que no se puso jamás ni la primera piedra. No sé si esto tenga relación con que ningún jefe de Estado venezolano ha sido caraqueño desde el ciclo guzmancista.

Caracas ha sido modificada mediante varios modelos inconclusos y, sobre todo, a través de la aplicación al parecer deliberada de las fuerzas del caos, porque el caos también se puede decretar. Esos cambios se han impuesto a veces con el criterio de hacerla parecer otra ciudad, de inducirla a escapar de sí misma. Los conquistadores que la fundaron la asociaron con el remoto reino ibérico de León, mucho antes de que Antonio Guzmán Blanco la interviniera lleno de nostalgia por la ciudad que más le gustaba, París. Parisino era también el plan Rotival, que cambió el centro de la ciudad a partir de los años 30 pero se dejó a medio camino, legándonos la siempre inconclusa avenida Bolívar. Y el plan del ingeniero Francis Violich, que la convirtió en los años 50 en una ciudad para los carros, pretendía convertirla en un remedo de Los Ángeles. Abundantes vestigios de esta eterna nostalgia por otro sitio lo tenemos en tantos nombres de edificios y de calles, tantos letreros comerciales en inglés. Y, también, en la decoración de cada navidad, nostalgia de un invierno nevado que no ha habido aquí ni durante las Glaciaciones.

Debe ser por ese carácter inaprensible y negador de sí que Caracas es tan impredecible. Esta ciudad no termina de asentarse, la idea de Caracas no termina nunca de ser aceptada. A veces no hay cola donde debería haberla. A veces aparece un aguacero pavoroso en medio de un cielo despejado, como si fuera un gesto divino del Antiguo Testamento. La lluvia (y los sismos) han hecho lo suyo para alterar su confusa cartografía, pero la mayor contribución a su enorme movilidad interna ha venido de nuestra fobia al pasado, que nos hace apelar a la demolición a la menor provocación, y de su crónica crisis de vivienda, que genera tantas invasiones, ocupaciones, desocupaciones y sobreocupaciones en los cerros que, según estaba previsto, debían constituir una zona verde protectora y no un horizonte que le recuerda sin pausa a los habitantes de este valle la magnitud de la inequidad y la precariedad en que viven.

Es una ciudad que solo genera sentimientos encontrados y de la que suele decirse que lo mejor que tiene es algo que no construyó nadie, el cerro Avila. Es una ciudad que arrastra unos cuantos records que no deben enorgullecer a nadie pero que pudo haber sido la mejor del mundo. No lo fue, y no sé si podrá serlo. Pero sin duda, puede ser mucho mejor de lo que es hoy.

 

 

Poema a Caracas

 

Autor: Flavia Pesci Feltri

 

 

hay otra ciudad por debajo de los puentes

atravesando el cementerio de lápidas

fundada sobre el río maloliente

 

pequeña ciudad que mira mejor la noche

con un cuerpo sin rumbo   oscilante

unas manos rasgadas

mueca mermada

indigente

 

esta otra ciudad

de gritos reprimidos

amurallados silencios

Poema a Caracas

 

 

Autor: Daniela Jaimes Borges

 

 

¿Y por qué tengo yo, señor, que cederle el puesto,

acaso no se dio cuenta de que lo sostiene un bastón

y a mí nada?

A usted lo espera alguien

lo abrazaron antes de salir

se nota en los pliegues

de su camisa

seguramente comió bien

y a mí eso no me pasa.

Déjeme sentada entonces

no me mire dolorosamente

porque no me cabe en el pecho.

Usted no sabe nada de mis cuentas

bajo estos lentes gruesos

velando el amor.

Cédame el puesto a mí

siempre

cargo mis piernas en esta bolsa

el estómago sin residuos

el lagrimal estrecho

porque se me borraron los bordes

de esta ciudad sin fondo

y su esperanza.


CARACAS POSIBLE

Autor: Vanessa Ardila

 

Caracas cuántos techos rojos te han arrancado tan injustamente la praxis y el tiempo. Tan joven y vieja a la vez, con tantas ganas de vida y a la vez tan agotada. Los contrastes marcados de tu silueta generan sentimientos así de contradictorios en tus habitantes, quienes por continuos movimientos pendulares pueden amarte y despreciarte a la vez.

Cuando recorro una y otra vez  el reverso y el anverso de tus crónicas, fotografías y ensayos de esa década gloriosa de los 50, observo desde la nostalgia un tiempo que ya no es, que ya no será. Desde mi presente puedo extrañar algo que nunca vi, que nunca viví, pero que añoro entrañablemente.

En las escaleras de las Torres del Silencio todavía se puede sentir cómo el aire que sube y baja por los peldaños de mármol aún está cargado de un urbanismo integral, de espacios que comulgaban en convivencia plena con sus habitantes y que envolvían a la ciudad en un todo.

Hoy, no dejo de pensar que puedes verte nuevamente así, mágica, pujante, prometedora, con aires que nos arropen a todos en espacios múltiples y posibles, donde se conjuguen en plural tus edificaciones, habitantes y vías, donde tú Caracas seas una sola urbe, una sultana que cobije en armonía tus potencialidades infinitas.

SIN TÍTULO

Autora: Gema Matias


El Guaire sale por la regadera

 

temo que un ojo me mire

mientras me visto de incógnita

para sortear a la muerte

que va dando saltos por la calle

 

El río lleva cruces de palomas

ahí se persignan las culpas

se sueltan los pecados

 

Nadie ve nada

 

Afuera

comulgando con la vida

los indigentes crecen cual musgo en su orilla

 

Llevan el legado de la ciudad a cuestas

 

Duele el olvido

 

Adentro

 

las sombras navegan

solo hasta las cinco y media

 

Mi ciudad I

Autor: William Guillen

Miembro del grupo Poesía a la carta

 

Emporio de rostros amables y singulares,

con historias argumentables,

de la civilización anecdótica.

 

Caracas ciudad que no es ciudad

cuadras redondas

monumentos de carne y hueso

con nombre femenino.

 

De este a oeste

un metro es la unión

cabalgata citadina

en un caballo dormido

de la sucursal del cielo.

 

Ángeles con cuerpo diabólico

anatomía que incita al pecado con gusto

para aliviar los disgustos de la cola

vino tinto buen digestivo

para una noche estrellada.

 

Casa de sueños y esperanzas

hogar de Edén perdido

caminerias con fragancias multicolores

narradoras de anecdotas.


Caracas, la maestra

 

Por: Acuarela Martínez

 

La adolescencia parecía haberme hecho una trampa con esa pausa extemporánea. Debo decir que fue voluntaria la forma en que presumí de ser grande e irreverente y me propuse desafiar las normas impuestas en casa. Como no era ducha en la materia, el plan no salió como esperaba. Una reprimenda determinante de mi madre, me colocó en el área laboral con apenas 15 años, como forma de aprendizaje a mi conducta desviada.

Fue cerca de “Ibarras”, esa esquina folklórica de Caracas, donde la vida comenzaba a las ocho de la mañana. Los transeúntes se mezclaban en distintas direcciones, con prisa de llegar a sus respectivas labores. Un aroma característico se apreciaba en la avenida, que contaba entonces con diversidad de pastelerías ofreciendo exquisitos hojaldres, jugos de frutas coloridos y una que otra venta informal se encontraba, discreta, a orilla de alguna acera en las calles laterales.  “Picadilly” era mi favorita. Ninguna otra en la zona ofrecía pasteles de semejante calidad. La textura de la masa parecía haberse hecho al instante y cada capa se deshacía en el paladar tibia y suave, destacando al final, todo el sabor del relleno. Casi todos los caminantes llevaban pequeñas bolsas de color marrón, con desayunos que, posteriormente disfrutarían en sus puestos de trabajo. En esos tiempos, el uso de loncheras no era tan común como en la actualidad, así que era fácil y económico, optar por comprar algún almuerzo en la zona en horas de mediodía o llevarse algún tentempié desde casa que aplacara el hambre en el receso meridiano. Pero el desayuno era casi imperioso comprarlo de camino.

Mi destino era la Esquina de Maturín, caminando hacia el norte desde Ibarras. En mi recorrido pasaba por numerosos locales que aún permanecían intactos en el tiempo. Recuerdo una especie de librería antigua, con vidrieras desvencijadas y vidrios de aspecto turbio, que exhibía libros viejos y empolvados. Siempre me pregunté si realmente vendían ya que jamás vi a nadie entrar en ella. Más tarde me enteré que fue una antigua editorial y que allí podían adquirirse obras completas de Andrés Bello y otras joyas literarias no comerciales.

Una de las puertas más pintorescas era la de un Garage sin nombre en cuya pared contigua había una placa de metal que rezaba que en esa esquina, se construyó la primera casa de la ciudad.

Dos negocios previos a mi lugar de trabajo, se ubicaba, justamente entre “Ibarras y Maturín”, la Peluquería Alessandro. Fue una de las pioneras en promocionar pelucas que fueron la sensación de los años 70 y muchas artistas de renombre acudían allí con el fin de adquirir tan preciado accesorio para cambiar su imagen.

Los años fueron pasando y se modernizaban muchas de las estructuras de calles antiguas cercanas a la esquina de Ibarras. Algunos espacios de la zona, aún conservaban cuestas y bajadas con escaleras con hermosas y elaboradas barandas, construidas en sus inicios por los mismos propietarios de las casas. En ocasiones se veían personas mayores a mediados de la tarde, sentadas en sillones, disfrutando del fresco, rezando un rosario o sencillamente en silencio, viendo a la gente pasar.

Mi tiempo por esta área de la ciudad estuvo  marcado por el ímpetu adolescente. De estudiante, me convertí en vendedora de una perfumería hasta que, temerosa de no lograr alguna profesión en mi vida, volví a los pupitres con otra actitud de seriedad y compromiso para lograr nuevas metas.

Fueron tiempos de aprendizaje, porque Caracas, sin duda, siempre será una gran maestra.

 

Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Ávila al atardecer. Gabriel García Márquez. “La infeliz Caracas”

 

En la panadería

 

Autor: Héctor Aníbal Caldera

 

 

Todas las mañanas

arrastras vencidas telas

con desvencijados ojos

hablas a solas

 

-mentira

 

lo que mueves

no es tuyo

lo que señalas

murmura adentro

 

Emerges como luna

en cada desválido detalle

 

Te reverencio

no sólo por ser

sino por las olas que traes

 

aún en mí

 

buscan orilla

 

OTRA CARACAS

 

Autor: María Dolores Ara

 

 

Mujer malhumorada en día de pago,

hoy revienta su sangre verde

 

sobre el aire.

CARACAS INDOMABLE

 

Autor: Ileana Hernández Grillet.    

 

 

Caracas se derrama como un lento blues de cemento

 

Leonardo Padrón

 

Caracas se levanta descalza al trabajo

 

                           rodeada de truhanes y falsos mesías

 

con  verso y  canto  saluda al día

 

                           a una montaña muda

 

que aún herida por  cabillas y bloques

 

                           la cobija como madre amorosa            

 

 

 

Mi ciudad se contradice

 

entre la desplomada  luz del Ávila

 

               y la noche que desciende con balas de pistolero

 

en la belleza de la esfera de Soto

 

                           girando a puertas abiertas

 

entre el confuso corneteo

y el buhonero de mercancía barata

 

                      y sus cuadrantes vacíos de horas tranquilas

 

 

 

Ella  recibe  mil latigazos a diario

 

                           y la voz sutil de un clima ligero

 

primavera prevista que arrebata los colores

a sus colinas

 

                          e inunda con cenizas sus laderas de pinos

 

 

 

Con un león en su escudo   nos sonríe con sorna

 

                            sacude   su miedo y restaura su alma

 

y cuál heroína de pasadas gestas  sigue 

en la lucha                      

                             bailando el blues de la esperanza