DIARIO DE UNA BUENA VECINA

de Doris Lessing

María Dolores Ara

Escrita en 1983, esta novela de Doris Lessing ( Nobel de Literatura 2007) nos habla de lo femeninamente humano que se ha perdido o escondido tras la fatuidad de conductas que las mujeres adoptan para no morir en el intento. De ser. de ser mujeres.

La amistad imposible entre Janna y Maudie va construyéndose en la novela con la belleza y la conmoción de un encuentro dispar, violento e inadmisible entre dos vidas que, por irreconciliables, van administrándose mutuamente tales dosis de tolerancia, análisis y entrega que terminan por hacerse reales para sí mismas y para la otra. La relación que se inicia desde la incomprensión culmina en la apoteosis que supone llegar a un ser pleno que ha superado el vacío.

Hablamos de Janna , una viuda joven, tan exitosa ( según lo que la sociedad obliga a  aceptar como tal) como fría, egoísta y soberbia. Tan soberbia como insensible, superficial y vana. Desde el ejercicio de un narcisismo potente y activo, sufre el tabú de la vejez, la degradación del cuerpo y la muerte como pecados capitales incomprensibles e imperdonables. El diario de Janna va a recoger el encuentro entre ella y Maudie. Entre ella y una vida real. Entre ella y la autenticidad

Maudie es un anciana enferma , desagradable y amargada. Vive entre la escoria, la mugre y la pobreza, abandonada por todos, abandonada de sí misma en una soledad que la condena a ser menos que humana. Bastante menos. La relación entre Janna y Maudie se elabora como un tejido atropellado de tensiones a partir de la necesidad de Janna de vencer el vacío. Su vacío. De encontrarse consigo misma desde otro ser con el que decide por primera vez involucrarse. Antes, su madre y su marido se lo habían pedido , y ella no había tenido nada que darles. Ajena a la vida real, Janna supera el asco que le produce la indigencia física de Maudie y se enfrenta con un valor insospechado a la aventura de  vivir la vida de forma real  conducida por una mujer que le enseña a ser una persona verdadera y no una muñeca frívola que juega a todo.

La historia de Maudie que Janna transcribe en su diario permite establecer la comparación indispensable entre las mujeres victorianas y las contemporáneas, revelando la crítica social que clama  por una revisión acuciosa del engaño cultural al que el feminismo ha sometido a las mujeres: la reciedumbre, la fortaleza, la madurez, la entereza de las ancianas que pululan por la novela contrasta con la debilidad, las contradicciones, el infantilismo, la fatuidad de las mujeres más jóvenes que se  han creído la tapa del frasco por suplantar a los hombres en el campo profesional, por tener más dinero que ellos,  sin darse cuenta de que han caído en una trampa que las subestima tanto o más que cuando dependían de los hombres para todo.

Y es que la ironía de esta historia se fragua en la comprobación de que no sólo no se han superado los vicios de la femineidad mal entendida sino que se han perdido valores esenciales de ella y se le han sumado añadidos indeseables. La galería de mujeres que rodean al eje dual Janna-Maudie refleja un conjunto de seres insatisfechos, rabiosos, inconformes, regodeados en el papel de víctimas. Mujeres, todas, que compiten entre sí, que compiten con los hombres, que se pasan facturas, resentidas y silenciosamente ( a ves, no tanto) violentas. Todas le tienen miedo a la soledad y a no tener un hombre con ellas. Ese panorama no se ha modificado en absoluto con la llegada de los aires renovadores que cacarean un feminismo a ultranza. Más obligaciones, más exigencias, más dependencia de la opinión ajena aumentan la dosis de frustración y desespero.

Dentro de una prosa áspera, ruda, que no hace concesiones, que llama al pan, pan y al vino, vino; Doris Lessing no nos ahorra detalles repulsivos ( notablemente valiosa la descripción del baño de Maudie: Janna la lava completa y se enfrenta a un cuerpo devastado que no se controla y que presenta su más degradante faz) ) para que acompañemos a esta mujer en un viaje de iniciación que la lleva a conocerse y a experimentarse desde lo que nunca había sido, gracias a una guía excepcional que le muestra el poder que hay dentro de cada mujer que empieza por respetarse a sí misma, aceptándose sin coartadas manipuladoras.

La furia final que nos describe el impacto que la muerte de Maudie tiene en esta nueva Janna revela el secreto mejor guardado: la rabia es contra nosotras mismas, porque no terminamos de querernos como somos, por lo que somos y a favor de lo que somos. Atesorando carencias y despreciando dones, vamos coleccionando furia tras furia y se la endosamos al primero que pasa, cuando el destino de tanta ira es nuestra propia incapacidad de ser fieles a esta naturaleza sabia y profunda que funda lo femenino sin que haga falta que nos volvamos locas buscando lo que se nos perdió muy lejos del lugar donde lo perdimos, porque creemos que hay que buscar dónde otros nos dicen que lo hagamos.

Julio 2013

Palabra, poder y perversión

en El cuento de la criada

de Margaret Atwood.

María Dolores Ara

 

Nolite te basterdes carborundorum” ,“No dejes que los bastardos te jodan” es la frase que Defred, la protagonista  de este cuento, lee  tallada en un listón de madera, semi oculto, de su habitación. Esta oración escrita en un latín más que cuestionable, se convierte en el corazón de lo que Margaret Atwood (1939) quiere  - y no quiere- decirnos desde El cuento de la criada. Escrita en 1985, esta espeluznante especulación atemporal , toca el techo de la fama al convertirse en la serie de TV más premiada del 2017 . Más de 30 años  después,  el público cae rendido a los pies de esta advertencia sobrecogedora sobre lo que puede pasar en el mundo. O sobre lo que pasa. O sobre lo que ha pasado siempre. Usted elige.

La crítica más frecuente describe a esta novela como una distopía feminista, etiqueta que se apresura a corregir su autora, definiéndola como ficción especulativa: la sociedad descrita allí está compuesta por elementos reales, todo podría suceder perfectamente. No hay señales de un futuro altamente tecnificado, ni fantasías evolucionistas de artesonado social. Estamos dentro de comportamientos posibles. Se trata de una realidad posible a la que nos hemos ido acercando a paso veloz.  Los bastardos que nos van a destruir, ya están aquí. Que no nos quepa duda.

El añadido feminista se observa claramente por cuanto la historia circula, en primer plano, por señalar a las mujeres como el grupo sobre el que se ensaña esta teocracia puritana que gobierna en  Gilead ( en hebreo: sala de los testigos), cuyas leyes se basan en la lectura fanatizada del Antiguo Testamento. La copia de aquella sociedad patriarcal y arcaica (ahora devenida en sociedad estéril), arrebata todo rasgo de humanidad a las mujeres que son usadas, las llamadas “criadas”, para procrear insensiblemente, para engendrar sin emoción, para hipotecar sus cuerpos que gestarán a los hijos de la élite política de los Comandantes. Alienadas también las “esposas”, que deben presenciar el rito sexual de sus maridos con las criadas, sufriendo por el vacío de sus úteros que las lleva a la humillación máxima de sus afectos. Despreciadas las “Marthas”, mujeres de servicio doméstico,  y despreciables, las “tías”,  inquisidoras crueles que se ocupan de reeducar a las criadas para que no piensen por sí mismas. Todas sin nombre propio, todas ocultas bajo cofias o uniformes que les arrebatan individualidad. Todas despojadas de sus libertades mínimas: cuentas de banco, profesiones, trabajos, amores, hijos, parejas, gustos culturales, lecturas, placeres sensuales , e ideas. Todas bajo la opresión de dos cuerpos policiales: los Ojos que controlan  y los Ángeles que vigilan. No hay palabra que no escuchen, no hay gesto que no adviertan. Así lo atestiguan los cadáveres al aire libre que cuelgan del muro. Hombres y mujeres respiran amenaza y peligro. El que asome la punta de la nariz fuera de la ley terminará pudriéndose en el muro, a la vista de todos y para su escarmiento. El pánico está servido.

La pregunta que nos persigue desde el libro  hasta darnos alcance es ¿cómo llegamos a esto? ¿Cómo una democracia liberal (el lugar de los hechos se sitúa en USA, una vez disgregada por las secuelas de una guerra nuclear sumada a la hecatombe climática) involuciona a un régimen pre-civilizado, primitivo y bárbaro? ¿Cómo , después de alcanzar reivindicaciones de género tan costosas retrocedemos a tratar a las mujeres como vasijas donde se deposita semen para que la especie no se extinga? ¿Cómo dejamos que los libros estén prohibidos, otra vez? ¿Cómo se instauró de nuevo el terror a disentir, a desobedecer? ¿Cómo vuelve a ser pecado el placer y el pensar? Más fácil de lo que creemos. Desde el poder se inventa un enemigo poderoso y terrible, el poder lo señala como culpable de todos los males que el propio poder ha creado, hasta que el miedo se expande como una enfermedad, y la sociedad clama por medidas represivas y controladoras que la salven de esta  amenaza ficticia , colocada allí para perpetuar en el poder a los de siempre para siempre. Y controlar a los de siempre por siempre. Fin de la obra.

Margaret Atwood nos obliga a  recordar, desde  este testimonio legado por la protagonista a un mundo futuro, que los derechos humanos, las libertades, la defensa de nuestra individualidad son ideas muy recientes en la historia de la humanidad. Que los totalitarismos deshumanizan desde concepciones inhumanas del poder. Que la religión es la excusa perfecta para afianzar las tiranías. Que las mujeres han sido durante miles de años propiedad de los hombres, sin derecho a decidir sobre sus vidas, ni sobre sus cuerpos. Si bien en Gilead nadie es libre porque los hombres también están encadenados a su propia castración, ellos violan la ley a escondidas , entregándose al libertinaje,  al juego, al placer de los sentidos,  ocultos tras la máscara de su intachable apariencia inmaculada. Para ellas ,hasta la hipocresía está vedada. El futuro es el pasado, pero peor.

La sociedad que pinta El cuento de la criada resulta reconocible en sus perversiones.  Y se dedica a denunciarlas para evitar lo que, hasta ahora, ha sido inevitable repetición. Sin dejar de lado el acto de esperanza que también hemos repetido eternamente: salvar, dando a conocer. Dejar un legado útil. Como portadores de una  tradición oral ancestral y mágica , los seres humanos  contamos cuentos. Fábulas aleccionadoras con moraleja. Notas que guíen, aconsejen a los que vendrán después. Usamos  la palabra en su misión liberadora, subversiva.  La experiencia de Defred  es dejar grabado  en un cassette anacrónico toda la tragedia de un mundo que no aprende,  para que un congreso de expertos , muchos años después, examine el testimonio como una curiosidad antropológica que no va a cambiar nada. Escribirán cientos de páginas , intelectualmente impecables, sobre el caso. El cuento de la criada es solamente eso: el cuento de una criada. Pero la esperanza está ahí: intacta, haciendo lo que sabe hacer; esperar.

“No dejes que los bastardos te jodan”, es un grito, una plegaria, un SOS, el verso inicial de un himno para abolir cualquier dogma, cualquier tiranía, cualquier ortodoxia. Parece que lo único que vamos sabiendo con certeza es que los bastardos llegan al poder con frecuencia y  se dedican a tener  la última palabra. Y que  la palabra legítima es el más temido poder. Ambas cosas deberían servirnos para exorcizar demonios conocidos de ahora en adelante. Seguiremos esperando.

POEMA DEL CANTE JONDO

María Dolores Ara

 

Simbólico, apasionado, sensual, colorido, espiritual, telúrico, hermético y folklórico, García-Lorca es una voz arcaica y luminosa. La de la Andalucía morena que conmueve, la de los sentidos a flor de piel. La España andaluza que respira dolor y placer, la que florece en los claveles, la que se desangra en el toro, la que suda por los poros de una tierra herida a la que estamos deseosos de amar por su misterio y su fuerza.

Los poemas reunidos en este “cante jondo” se fraguan al calor de los emblemas de esa patria chica que crece desmesuradamente en las poderosas imágenes visuales y acústicas que la hacen latir para el lector. Andalucía canta en la voz poética que condensa su fuerza en cada brillo del lenguaje. Lorca consigue que cante el paisaje, que canten los pueblos, los campos, el olivar. Que cante hasta el silencio. Que hasta la muerte cante.

Los objetos más comunes, los elementos de la naturaleza que nos acompañan habitualmente se desprenden de su ropaje conocido y se visten con telas audaces que los renuevan de forma compleja y arriesgada. Metáforas sorprendentes se encabalgan sobre una musicalidad de hechizo. La poesía de Lorca se recita y canta como una composición cuya melodía seduce tanto como su letra. Pone a vibrar el alma de su pueblo, de su gente y de su tierra en las campanas, las guitarras, los ríos, los olivos y las torres. Hace que puñales, espadas y cuchillos acompañen la canción fatal en su sonido de herida y muerte. La Virgen de la Soledad transida de puñales pasea su procesión silente de llanto en varias salidas poéticas. La saeta, el grito melódico y folklórico de la Semana Santa  es un sonido profundo que recorre buena parte de la obra.

Lorca se encarga de la dimensión colectiva que hace presente a los invisibles. Lorca asume el protagonismo del campesino andaluz, del gitano despreciado y lo erige en figura de culto poético. Los personajes populares pueblan el canto como parte de su presencia histórica. Gitanos, barberos, jinetes, recolectores y sembradores, toreros, gitanas coquetas, prostitutas libres, hasta la ominosa guardia civil,  forman un coro que se hunde en las raíces de una tierra mágica y se funden en ella. Lo que le pasa al campo, le pasa a Andalucía, a España entera y a la humanidad. Un TODO se va gestando con estos elementos para crear un mundo que fascina en los símbolos que descifran la naturaleza más honda de esta circunstancia vital que convierte lo profano en sagrado, por  la percepción excepcional del poeta.

Kafka pasea por Caracas.

Las kuitas del hombre mosca de Eduardo Liendo.

Por Maria Dolores Ara

 

La elevación a categoría literaria de un animal tan insignificante como la mosca, no es de reciente aparición. La literatura clásica ya las ha homenajeado en distintas épocas y géneros. De Machado a Sartre, solo por citar a los más conocidos, las moscas han viajado por el estrellato poético con mucho acierto. En ellas se pretende ensalzar  la presencia de lo vulgar, lo cotidiano, lo sucio y contaminante en contraste con  los grandes héroes o temas a que nos acostumbra el arte. Hay belleza en lo mínimo, hay grandeza en lo ordinario y hasta en lo feo. Esa es la lección que aparece tras la consagración de las moscas como protagonistas de la literatura. Y a esa seducción sucumbe Eduardo Liendo cuando elige , para su novela un protagonista mediocre que se supera a sí mismo al transformarse en hombre-mosca.

Heredero de Kafka, Temístocles Pacheco es otro expulsado social, con ansias de pertenencia que solo puede hacerse realidad usando  la fantasía como recurso extremo. Marginalidad y periferia surgen como resortes de su ansia de liberación que terminará en una previsible locura. Nuestro pobre héroe es, en realidad, una parodia. Un perfecto anti-héroe desaliñado y más que mediocre: torpe, impopular y poco atractivo se transmuta en un seductor valiente y habilidoso por la magia de sus alas…de mosca. Temístocles solo puede metamorfosearse en ese animalito incómodo y nauseabundo, al que sin embargo no faltan virtudes. Es ágil, inextinguible, ubicuo. Testigo curioso y sagaz de todo lo visible e invisible, la mosca es el alter ego ideal para el sabihondo Temístocles que metido en su cuerpo humano ramplón solo ha conocido los saberes pesadísimos de la famosa enciclopedia de la que es insigne representante de ventas y que memoriza por orden alfabético deslumbrando y horrorizando a sus apesadumbrados compradores potenciales.

La cofradía a la que pertenece este protagonista múltiple es la hermandad de los pícaros. Si Kafka es su padre, la picaresca es su medio natural. El viaje que  Temístocles  hace por la ciudad nos va descubriendo las miserias de la urbe, sus accidentes morales, las astucias míseras de sus habitantes. Temístocles vestido de mosca, con alas transparentes y cargado con la leche condensada imprescindible para realizar su periplo nos presta sus ojos curiosos para que veamos la ciudad que no vemos con los nuestros. Le quita el velo que la cubre y la revela en su peor y su mejor perfil. Cuando es moska descubrimos su faceta sagaz y engañadora como un Lazarillo posmoderno que se sale con la suya gracias a guiños imperceptibles.

El tema principal que Eduardo Liendo aborda en esta peripecia doble, por jocosa y trágica al mismo tiempo es el de la duplicidad de lo humano. No somos una unidad indivisible, somos una reunión de voces que se dicen y contradicen constantemente buscando ser coherentes y extraviándose en el camino. Buscamos, como Temístocles,  ser otros, no ser lo que somos, no ser el de siempre, la poca cosa que creemos ser. Nos planteamos como tarea heroica la proeza de transmutarnos en lo que soñamos ser. Sin morir en el intento. Y se logra cuando reunimos los dos extremos más distantes que viven dentro de nosotros. Cuando encontramos el punto medio entre lo peor y lo mejor que nos habita. Por eso, estas kuitas moskosas se mueven entre dos polos , humanos, sociales, citadinos, emocionales y psicológicos.  Todo es doble. El universo es dual, dicen las religiones orientales. Y la lucha por el poder se da cuando se enfrentan las polaridades en pugna.

Temístocles es hombre moska. Y tiene un personaje que se le opone. El Báquiro, Danilo Montero que quiere ser Martín Pantoja. Temístocles, la moska, Danilo y Martín. Un compás a cuatro manos en busca de la identidad perdida. De la vida perdida. Uno de los dos presente en la vida real detestada y el otro, latiendo en la imaginación o en la idealización que le presta estar muerto. Evadidos de su terrenalidad, Temístocles y Danilo escapan a otras identidades ficticias con el vano anhelo de cambiar sus vidas. Prófugos de sí mismos, irán tras el hechizo de poder llegar a ser lo que cada uno sueña ser. Pero no hay cielo posible para los que escapan de las garras de la terca realidad. Solo se alcanzan a sí mismos en la locura o la muerte.

La novela subraya la esencia doble del mundo al dividirse en dos partes. La parodia de la primera parte se convierte en la tragedia de la segunda. Cara y cruz de la misma moneda, la aventura de usurpar una identidad que no te corresponde, puede conseguirse en el refugio fantasioso de una soledad mal digerida donde se  termina enloqueciendo; o corres el riesgo de arrebatarle el rostro y la vida a un muerto para apropiarte de todos sus bienes, incluidos los afectos. En cualquier caso uno de los dos debe morir. En el manicomio o en el cementerio quedará el más arriesgado.

La primera parte nos cuenta el trayecto de Temístocles a partir del día de su cumpleaños cuando comienza el proceso de metamorfosis que lo conducirá a convertirse en mosca a ratos. Lo acompañamos en sus viajes voladores que sirven de excusa para recorrer  a la Caracas impresentable. La moska es testigo de lo íntimo, todos los secretos de la metrópoli inatrapable se suceden frente a ella ,que nos los regala, generosa. Desfilan por ese teatro invisible los huele-pega, las prostitutas, los suicidas, los que se aman a dúo y en solitario, los mendigos, los vendedores ambulantes, los mentirosos, los corruptos, los engañadores, la farándula, los presos, los torturados.  La fauna urbana más agria despliega su espectáculo de sombras al que asistimos con fascinación. Pero hay otra ciudad. La de la luz. La moska asiste al Museo de Arte Contemporáneo y disfruta de las obras exhibidas mostrando la otra capacidad humana: la de crear belleza desde su talento. La belleza de lo oscuro baila con la belleza iluminada. La arquitectura de la ciudad es una escenografía esplendorosa para el retrato en claroscuro: la Plaza Venezuela, Sabana Grande, la UCV, los Símbolos dan brillo a la sordidez de los bloques y ranchos de Palo Abajo y Palo Arriba. Pero unos y otros son la ciudad, esta, la que nos toca vivir y sufrir. Y es ella en su sombra y en su luz. Una gesta a la otra. Solo son verdad en su unión perenne. Si una deja de estar, la otra no existiría.

La segunda parte cuenta la historia de El Báquiro, Danilo Montero.  Es la vida de cualquiera en el cinturón de miseria de la urbe. Expulsado de los amores que dan sentido a la vida, crece desde el odio para el odio. Nada puede parar su carrera indetenible hacia el mal. Nada no. Desde el otro mundo, el fantasma de un chico idéntico a él lo llama. Uno que sí ha disfrutado del calor del hogar, del trato amable y de la vida plena. Y al que ya nada de todas esas bondades alcanza porque está muerto. Suplantar al bueno, ser el bueno, amar lo que el bueno ama y volar al Bien gracias a dejar de ser el malo es la redención de Danilo. Imposible. El daño ha sido hecho y hay que pagarlo. Los sueños de El Báquiro fluyen en su sangre derramada sobre el pavimento carcomido de un callejón mugriento, donde lo alcanzó el ajuste de cuentas inevitable y puntual.

Como llegó, inevitable y puntual, el sacudón político que cierra magistralmente las aventuras de nuestra moska. El golpe alevoso que nos separó en dos. El que dividió al país en dos hemisferios irreconciliables. El que nos mantiene en una guerra inventada que enloquece o mata. Como a Temístocles. Como a Danilo. El que acabó con la esperanza. El que asesinó el futuro. Pero lo estamos diciendo mal. Pretendió hacerlo. Se dedicó a hacerlo. Proyectó hacerlo. Para que estemos atentos a que todo tiene dos caras. Atentos a la doble condición de lo real. Y entendamos que la misión de los humanos es unir, incluir y comprender la dualidad sin evitarla, ni esconderla, ni negarla, ni extremarla. Aceptarla y amarla para mejorarla. No hay moska que valga, no hay camino torcido que enderece la vida. Hay que arremangarse y trabajar por la rekonciliación. Así, con K.

EL MALEFICIO D E LA MARIPOSA

María Dolores Ara

 

A medio camino entre la literatura infantil y la filosofía para adultos, la obra manifiesta una voluntad explícita de emanciparse de lo real que la separa de la fábula clásica. Se percibe un admirable desdén por lo explicativo : la imagen sustituye a la argumentación y va sembrando vacíos, lagunas, abismos de sentido que, deliberadamente, dejan sombras sobre la acción. El final descoloca al lector: da un salto de vértigo y todo hay que suponerlo, rellenarlo y completarlo. Queda librado a su suerte, a la suerte trazada por el destino fatal de Curianito El Nene , pero no queda fijado en palabras que petrifican. La muerte , vuela.

EL hilo conductor de la “comedieta” , como la llama cariñosamente Lorca , es de raigambre netamente modernista y constituye una reflexión importantísima dentro y fuera de su época. Se trata de señalar la esencia espiritual de los seres y las cosas. Se trata de defender la idea de que la Naturaleza en un ser con alma, que todos sus componentes tienen vida inteligente y que en ello reside el misterio de la vida: en que todos, incluso los humanos, pertenecemos a un espíritu eterno e infinito que abarca todas las cosas visibles e invisibles, las hermana y las conduce a un destino superior. Está ahí la verdad que los hombres no pueden alcanzar y que los obsesiona. Dios se derrama pluralmente en la vida. Y cada ser lleva en sí una partícula ineludible de los atributos de Dios. Es un tema trabajado por Rubén Darío en su poema “Coloquio de los centauros”,que forma parte de Prosas profanas (1896), y que seguramente Lorca conoció y admiró.

El poeta es el develador del misterio. Es el demiurgo que va tras la verdad esquiva que se oculta al hombre común. Su búsqueda es objeto de burla y desprecio entre los hombres ciegos. Y la búsqueda, en sí misma, entraña peligro mortal. El prólogo advierte que es como “querer arañar la luna…”. Lorca se anticipa a su propia condición profética, compartida con todo poeta de oficio. Anuncia el sentido profundo del escritor: a medio camino entre lo humano y lo divino, el preclaro, el que baja a las profundidades del lenguaje para extraerle la verdad, a la que termina rindiendo la vida. Porque la verdad vive entre el amor y la muerte. Lo fatal espera siempre tras las verdades definitivas.

La mariposa es la encarnación del enigma. En ella se dan cita amor, muerte, belleza, secreto. Las alas son de libertad, de conocimiento. Volar es elevarse, sublimar.  Son alas de seda: voluptuosas y sensuales, hechas para la seducción. Hechas para atrapar. El poeta queda prendido del poder luminoso de la verdad que logra discernir y en cuanto se acerca, ella lo destruye. Pero queda su canto. Un canto que guía y abre caminos. Un canto que puede no entenderse, como afirman los gusanos, pero que invita a deleitarse con él, que invita a disfrutar un mundo que no da cabida a nuestra inquietud.

Más allá o más acá de los desaciertos estructurales que se le achacan a esta pieza (próxima al drama que no a la comedia, por cierto)  leemos una pequeña obra de arte que recoge un tema imperecedero con las imágenes y la  musicalidad genuinas del poeta, a las  que seguirá siendo fiel en todo su desempeño posterior.

EL monstruo bueno. FRANKENSTEIN cumple 200 años.

María Dolores Ara

 

Celebrar el cumpleaños de un mito exige mucho. Los mitos no están a nuestro alcance y suelen demandar una atención similar al tamaño de su pedestal. En el caso de esta  efemérides se dan cita dos estructuras culturales que empezaron un  viaje mítico, por demás exitoso, pero el personaje escapó al encierro literario y creció –magnífico- fuera de sus fronteras. La novela es una cosa; el monstruo, otra. Ambos se yerguen como faros que ayudan a comprender y a comprendernos, ambos alimentan deseos y miedos muy, muy humanos; ambos nos piden cuentas. Novela y personaje representan la cúspide del talento bien aprovechado. Salud!

El subtítulo de la novela, da buena cuenta del objetivo que se propone alcanzar. El moderno Prometeo nos indica que estamos ante una novela de tesis que echa mano de la fábula griega ligada a las dudas sobre la bondad del conocimiento cuando cae en manos de la parte oscura de la naturaleza humana. Prometeo roba el fuego de los dioses para entregárselo a los hombres, violando la disposición de Zeus que conoce bien a los de su calaña; es decir, a los humanos comunes y corrientes. Sabe que el conocimiento guiado por el ansia de poder y el hambre de fama produce, literalmente, monstruos. El mito nos cuenta apasionadamente cómo Prometeo reta a Zeus para demostrarle que la solución no es mantener a los hombres en la ignorancia. Y luego , ya sabemos: ira de Zeus, castigo ejemplar para el transgresor, águila que roe entrañas, llega Hércules  salvador y colorín, colorado….este cuento , en realidad solo ha empezado porque si a ver vamos con las perspectivas de este siglo , dudamos de si Zeus no tenía un poquito  de razón.

Mary Shelley fue capaz de verlo, allá, por 1818, con lucidez y maestría que se le han reconocido -¡cómo no!- con la rendida admiración de lectores de cualquier condición. Vio que la ciencia podía ser un arma de doble filo ( como casi todo lo que vibra en este mundo ) al oscilar entre la necesidad y el temor, al convertirse en una pasión del ego, al sucumbir a la ilusión del poder y, sobre todo, al practicarse para mandar sobre la tierra y el  cielo. El eterno  juego de querer ser Dioses sin tener con qué. En una época de crisis ( ¿cuál no lo es?) religiosa, moral y social, con la Revolución Industrial ladrando tras la oreja, la tecnología gestando sus mandamientos , FRANKENSTEIN, la novela,  advierte sobre los peligros del progreso hipnótico, de la libertad ejercida sin responsabilidad, de la crueldad oculta bajo la máscara del saber, del mal que se cobija bajo la aparente superioridad intelectual y el bien que se pierde por la discriminación intolerante.

Concebida bajo el modo epistolar, muy propio de su tiempo,   se inclina por el tono confidencial, íntimo del diario y la crónica para intentar darle  carácter documental y verosímil  a una historia que inaugura lo que llamaremos más adelante la  ciencia ficción y que se construye con pretensión de ensayo usando la fantasía. La novela es toda una reflexión filosófica que cabalga sobre la imaginación y se estructura en tres narraciones concéntricas : el círculo exterior que contiene a los otros dos y está formado por la carta de Walton a su hermana que incluye el relato del Dr. Frankenstein a Walton y , dentro de este la historia del monstruo contada por él mismo como relato independiente que escucha el Doctor.

La reflexión filosófica de la novela invita a construir una nueva pedagogía basada en  el amor y la comprensión de lo extraño, invita a dejar de usar el conocimiento como arma para obtener poder personal, invita a detenerse a tiempo cuando nos tienta la vanidad, y proclama que el Mal deviene de la infelicidad. La perversión, la acción desalmada proviene de la ausencia de humanidad. Al que no se le ha enseñado el Bien no puede ejercerlo. Al que se le ha enseñado y sabe distinguirlo perfectamente del mal, y aún así lo ejecuta, se le llama monstruo.

El monstruo se ha desprendido de tal forma de su ropaje literario que lo encontramos en el cine de todas las épocas, en el arte gráfico, el cómic, el cuento infantil , los programas de televisión. Lo encontramos satirizado, parodiado, en los carteles publicitarios y en letras de canciones. Aniñado, dulcificado, o tan malvado que da risa ha recorrido el mundo entero, las escenas de toda clase, ha superado el estereotipo y se ha independizado de su hábitat. Al punto de  generar la confusión de que él es Frankenstein, cuando ese es el nombre de su creador, el eminente doctor que quiere dar vida a un ser sin pasar por las leyes naturales, y se le olvida el pequeño detalle de fabricarle un alma. Y en ello reside la embestida del tema : ¿quién es el monstruo? ¿La criatura construida a imagen y semejanza de un ser inconsciente e irresponsable, que usó mal sus saberes y quiso suplantar a Dios? ¿O el creador despiadado que no puede darle atributos del alma a su hechura porque no los tiene? Mary Shelley en un rasgo que la honra nos muestra una respuesta amarga que duele en la médula: nada bueno saldrá de los hombres  si no son capaces,  primero,  de estar a la altura de su compromiso racional.

El Minotauro de Creta mostraba su  monstruosidad al  poseer cabeza de animal y cuerpo humano: señal de la deformidad más alarmante, la de pensar con los instintos. Bajo este paradigma la idea de lo que es un monstruo corresponde a cualquier ser que no se avenga al orden natural, cometiendo actos opuestos a la esencia de lo humano. Aristóteles los tilda de “errores de la naturaleza.”Y damos por sentado que se dedican a perpetrar hechos de maldad de grandes proporciones. Sus  actos infames los separan de la comunidad humana que los expulsa de su seno y busca exterminarlos para recuperar la armonía que los monstruos devoran. Sin embargo, nuestro monstruo es una excepción. Más ángel que demonio, más vulnerable que todopoderoso, más respetado que temido no se mueve entre lo imposible y lo prohibido. Lo mueve la peor de las imperfecciones que ha heredado de su creador: la imposibilidad de amar y ser amado, que en su caso , como hechura anti-natura, tiene aceptada explicación. Y él la expresa conmovido y nos conmueve: “soy malo porque soy desgraciado.” En esa asunción de su ser mutilado, en esa orfandad de valores radica el aspecto sublime de esta novela.

Sin amor no hay cómo producir Bien. A  la distancia de 200 años el mundo se ha llenado hombres envilecidos de poder y monstruos ciegos de venganza. Gente que anhela amor y siembra odio porque no le han enseñado otra cosa. Mary Shelley escribió la historia de cómo los seres humanos se hacen abominables. Cómo se van convirtiendo en monstruos en cada acto donde se manifiesta lo peor de sí mismos. Mary Shelley y su criatura hecha de desechos de la muerte nos enseñan que hemos olvidado por qué es bueno ser bueno, y por qué es malo ser malo.  Y estamos a punto de olvidar cuál es la diferencia. 

Saturno en Caracas. Leyendo NOCTURAMA de Ana Teresa Torres

María Dolores Ara

 

Se llama Nocturama la zona de los zoológicos donde viven enjaulados los animales de la noche. Los que actúan en la oscuridad. Los que desarrollan todas sus potencialidades en el marco nocturno. De día, prácticamente, no existen. De día no tienen oficio, ni sentido. La luz los asusta. Los deja en evidencia.

Bajo el amparo de este símbolo se edifica la historia que cuenta Ana Teresa Torres en Nocturama, una distopía épica ( y trágica)  que se precipita por el escenario de una Caracas apocalíptica. Anónima y mal disfrazada, nuestra ciudad es el lienzo de la batalla plural que sus habitantes libran para apropiarse de lo que son, desprendiéndose de lo que han creído ser. En singular y plural. Colectiva y solitariamente. Nocturama a los pies del Ávila: ardiendo cada día con la esperanza de que llegue  un último fuego redentor y , por fin, la vida eterna prometida. Pero, nada. Que va a ser que no. Que todavía queda  mucha noche por atravesar y falta mucho por arder.

La novela nos regala aciertos sobresalientes en su arquitectura y su temática. La figura del narrador es uno de ellos. Toma de Austerlitz,  novela del alemán W.G. Sebald, (como reconoce el epígrafe) el marco de referencia que apunta a una sociedad que vive tal fauna de nocturama ; y reproduce a un narrador intermediario, una especie de negociador de la trama que conecta a todos los personajes entre sí y con él mismo a partir de ser el que cuenta lo que los demás le cuentan. Y esta presencia queda marcada explícitamente con los registros del habla que así lo indican todo el tiempo: “dice que le dijo…”. Este narrador es un personaje llamado Aspern , quien escribe la historia de un lugar llamado Nocturama, y le cuenta esto  al protagonista , Ulises Zero,  mientras le cuenta a un grupo de cuatro amigos la historia del propio Ulises Zero. Cajitas chinas o muñecas rusas, da igual. Lo que cuenta es que se cuenta. Que somos seres apuntalados por historias ajenas. Y que el material fundamental de la vida está hecho de cuentos. Mentiras bien vestidas, que calman la angustia y nos dan de comer una paz prefabricada a la medida de nuestras necesidades. Este narrador separa la acción del lector y la presenta decididamente dudosa, desconfiable. Se ocupa de anular toda certeza. Solo quedan las certidumbres posibles que se dan en el acuerdo del juego de ficción. Toda verdad personal o social queda deliberadamente anulada  en su pretensión verosímil. Todo es posible porque lo que ocurre no es posible. No sé si alguien que no sea venezolano entenderá esta paradoja.

El protagonista, Ulises Zero resume la angustia identitaria y la expone sin pudor. Como su nombre, emprenderá una aventura para saber  lo que es capaz de ser y hacer. Como su apellido, se dedicará a verificar que la inexistencia es su carnet de identidad. La identidad es un sueño imposible; no ha sido, ni es, ni será. Los Ulises posmodernos  están condenados a una Odisea marcada por el fracaso. Los Ulises posmodernos viven mentiras para ser en sus mentiras. Única forma de ser. Ulises ha borrado su pasado, no sabe quién es en el presente y su peripecia consiste en inventarse un futuro a ver si resulta. Futuro que recorre la cuerda floja entre dos polos antagónicos que deben convivir por la fuerza: del Hotel Oasis , ruinoso y degradado, a las Torres Urbex, exultantes de poderío económico se traza el camino de la violencia anunciada y sobrecogedora. La violencia instalada en los túneles suburbanos de una ciudad bestial, que emula a Saturno devorando a sus hijos y destruyéndose a sí misma. No es cualquier parecido con la realidad. Es el parecido más parecido a la realidad.

Pero no se trata de una tragedia gratuita. Se trata de la épica de un pueblo que no tiene historia y se dedica a elaborarla artificialmente con trozos de la historia universal que conoce y que va remendando con torpeza, a retazos incongruentes, para tener una identidad que lo represente. Este pueblo no tiene héroe, ni plaza que lo honre con estatua ecuestre o busto de bronce,  y busca desesperadamente tenerlo. Procede entonces, a inventárselo. En vista de que está difícil la producción de héroes naturales. Y , sobre todo, respetables, pues… hay que echar mano de lo que aparezca. Y como cualquiera sirve, porque lo que cuenta es que llene el vacío, que aleje el miedo y se deje adorar , se unge a la próxima calamidad nacional. El elegido no es muy coherente, y a fuerza de desesperar a los desesperados termina por generar miseria, discordia y caos. La parodia dolorosa de nuestra propia épica es de lo más brillante de la novela. Nos obliga a aterrizar frente al espejo: sufrimiento seguro,  pero quizás, aleccionador.

Mientras tanto, Ulises sigue navegando en busca del ser perdido. Otro punto genial de la novela: la historia del experimento de “identidad aleatoria” que consiste en que los individuos cansados de ser lo que son adopten una identidad diferente, proporcionada por un psiquiatra experto que los dota de otra vida, con problemas, sufrimientos y condiciones distintas por un tiempo determinado, eliminando todo recuerdo de su vida anterior. Ulises es parte de ese experimento y nunca logrará recuperarse en su ser original. Un detalle: el experimento está reseñado por una tal Mary Shelley. ¿Les suena Frankenstein? Otro detalle: el experimento tiene un problemita, “la vida podía cambiarse pero la persona era la misma.” Último detalle: según el testimonio de una de las voluntarias, “…sentirse ella por primera vez, sin ser ella ( permitió) que se conociera a sí misma y eso era suficiente.” Hay esperanza.

El paralelo trazado entre la historia del pueblo sin historia, y la vida de seres sin historia se estrecha hasta la agonía. Pueblo y hombres serán arrasados por bandas criminales que reverencian a dioses infra humanos hambrientos de sangre. Ulises, Eudora ( la mujer que se empeña en ser quien inventa ser) , Walter ( el conserje del Oasis, hijo de emigrantes , cuya historia nos llega porque Ulises se la cuenta a Aspern y Aspern se la cuenta a sus amigos) y el enjambre enajenado que pulula por la ciudad letal van muriendo asesinados o terminan huyendo a refugios extranjeros ( Amberes, Berlín) donde la fantasía promete que está el Paraíso. En cualquier parte, menos aquí. En esta novela todos son refugiados. Todos huyen, han huido y seguirán huyendo. Nadie quiere su realidad. A nadie le gusta. Y nadie está dispuesto a remediarla. Salir corriendo es la consigna.

En la periferia de la urbe maldita se siguen reuniendo Aspern y sus amigos de apellido sajón (homenaje a la novela inglesa que tanto le gusta) para jugar a las cartas, beber y comer pastelitos mientras escuchan esas historias raras que ocurren lejos del refugio que se han construido para no enloquecer.

Hay muchos tipos de animales nocturnos. Todos hijos de la negligencia y el miedo. Individuales o en masa, son nuevos Frankensteins nacidos por  obra y  sin gracia de la irresponsabilidad desmemoriada. De la libertad mal entendida. De la irreflexión. De la angustia por sucesos que los sobrepasan y no tienen cómo convertir en vida bien vivida. Enjaulados, desarraigados, prófugos de sí mismos o saltando de disparate en disparate no pasan de ser almas sin luz, castigadas a vagar por la ciudad arruinada. Hasta que encuentren a su sombra perdida y se la cosan a la planta de los pies.

PARA LEERTE MEJOR

María Dolores Ara

 

Desde hace bastante tiempo la lectura ha perdido significado como valor cultural. Lejos quedan los días en que ser culto suponía un valor social, personal y hasta moral. La base para tener ese valor venía en los libros: en el bagaje de conocimientos, posturas y visiones del mundo que se adquirían gracias a ellos.

Hoy nos aqueja un mal que conocemos como “analfabetismo funcional”:se lee operativamente, pero no se comprende lo que se lee, no se sabe argumentar sobre ello, no se generan ideas sobre otras ideas, no se identifica la idea principal de un  escrito, no se conoce el significado de las palabras que lo componen, no se establecen asociaciones con otras ideas, no se sabe resumir lo que se lee, no se distingue ente una opinión y un análisis.

Leer ya no es un valor. Estamos en la era de la imagen. Pero, paradójicamente,  se estudia leyendo, se aprende leyendo, nos informamos leyendo……y no hay ninguna posibilidad de tener éxito en la vida ( profesional o emocional: ¿alguien se ha consolado de alguna pena de amor resolviendo una fórmula?) si no se domina la lectura como vía de acceso al saber. El reto que supone leer consiste en recuperar el sentido de la lectura como parte del sentido del mundo que ella resume y muestra.

El lector comprende un texto cuando es capaz de extraer el significado que el mismo texto le ofrece. Esto implica reconocer que el sentido del texto, su misterio,  está en las palabras que lo componen, en la forma de organizarlas y que el rol del lector consiste en descubrirlo.

Es necesario adquirir competencias para sacarle el mayor provecho posible a la lectura llegando a un nivel tal que seamos capaces de realizar,  con facilidad,  la lectura crítica e interpretativa de un texto y no sólo su lectura literal y correcta.

Toda lectura es de algún modo “revelación”. Revelación del mundo, de la naturaleza humana, de lo que somos y queremos ser. La lectura profunda nos brinda la oportunidad de conocer el sentido de la vida, ése que buscamos incesantemente y se nos escapa  y que  -al decir de Borges- está escondido en la propia búsqueda . Si no hay búsqueda, desde luego, no hay sentido.

La lectura también nos construye: fabricamos  nuestra propia estructura interior a partir de lo que leemos. ¿En qué creo? , ¿qué defiendo?,  ¿quién soy?  son preguntas complejas que cuesta hacerse y que un libro bien leído contribuye a contestar de manera más clara que cuando nos miramos para adentro asustados y perplejos.

La lectura forma valores, ideas y conceptos sobre la realidad. Es una vía para palparla, para vivirla, para expresarla y experimentarla. En el devenir cotidiano tenemos contacto apenas con una realidad fragmentada, hecha de trozos aislados de experiencia que nos dejan el sabor de lo incompleto, de lo carente o de lo confuso. La lectura sabia nos deja armar el rompecabezas de la vida de una manera más plena. Ella admite infinitos puntos de vista que contrastan o armonizan con el nuestro, que lo amplían, lo cuestionan o lo modifican. La lectura siempre va a más: nunca reduce, o simplifica nuestra visión del mundo.

No queda mucho por decir. Bastaría con afirmar que leer nos hace mejores humanos. Y de eso se trata, no?

DRÁCULA de Bram Stoker  (1897)

“No busco la diversión y el bullicio, ni la espléndida voluptuosidad del sol y las aguas centelleantes que tanto gustan a los jóvenes y a las gentes alegres.Ya no soy joven. Y mi corazón, después de tantos años de llorar sobre los muertos, no se acompasa ya con la alegría. Amo la oscuridad y la sombra; y deseo estar solo con mis pensamientos el tiempo que pueda.”

 

En el ocaso del siglo XIX un irlandés misterioso escribe la novela que dará nacimiento a uno de los mitos más importantes de nuestra cultura: el Conde Drácula. Mezclando el ideario decadente de su época con los atributos del género gótico y el esoterismo sustancial  de su entorno, Bram Stoker  lega a todos los tiempos que han sido y serán un tratado sobre el Bien y el Mal pleno de resonancias eróticas y simbólicas, hasta ahora, insuperable.

Peligroso  y repugnante, sensual, poderoso y atractivo;  el vampiro es un espectro eterno que ha perdido su alma y por eso no se refleja en los espejos,  que no pueden devolver  la vista de un espíritu que ya no anima la materia. NOSFERATU, es el portador del mal, el que carga con el peso de lo enfermo, lo que está corrompido. Del griego, nosforos , advierte sobre la cercanía de quien devora lo sano ajeno para alimentar la perenne muerte propia.

Ambicioso de poder, comanda ejércitos aberrantes de ratas, niebla, lobos y zorros. Altera el clima, domina seres repulsivos ( y otros, no tanto…) huye de la luz diurna, solo duerme sobre tierra natal y dentro de un ataúd. Se alimenta únicamente de sangre humana, y su derrota viene envuelta en olor a ajos, crucifijos enarbolados, hostias y agua bendita. Símbolos eternos de la pureza anhelada, del Bien y la Verdad, del Amor incondicional que entronizó al cristianismo.  Finalmente, habrá que decapitarlo y atravesarle el corazón con una estaca.  Solo se triunfa sobre las huestes negras cuando la razón obsesionada queda separada del cuerpo al que dirige y las pasiones inadmisibles se hacen añicos. Sin corazón y sin cerebro poco mal se puede hacer.

Este derroche de fantasía y esoterismo  nace en la imaginación de Stoker como producto de su interés por lo sobrenatural. Perteneció a la Orden del Dorado Amanecer, un círculo ocultista que se dedicaba a la magia ceremonial  y cuyo propósito suponía la ascensión de sus miembros a la Luz iniciática saliendo de la oscuridad habitual.  A esta tendencia mágico-religiosa se le suma la fascinación por la figura histórica de VLAD TEPES o VLAD DRACUL, príncipe de Valaquia por el siglo XV de nuestra era. El más sádico, intransigente y cruel monarca que nos podamos topar , según unos; el más fiel, admirado y venerado jefe de la cristiandad frente al poder otomano, según otros: el caso es que nuestro personaje  tiene en su haber más muertes por empalamiento que estrellas hay en el cielo. La leyenda lo pinta como un “bebedor de sangre”  no en sentido literal, sino como emblema del castigo que le dio fama y renombre en toda centro-europa. Para más señas, VLAD TEPES pertenecía a la Orden del Dragón, un cuerpo militar católico-romano exclusivo para príncipes y nobles que luchaba contra los enemigos de la Iglesia y defendía la Santa Cruz.

La figura del Dragón es apasionante en su simbolismo. Representante del mal, de la destrucción y de la impiedad es el guardián del tesoro, y la prueba a superar  para obtenerlo. Se supone que encierra nuestra sombra y defiende lo que no queremos ver. El terror que infunde nos impide llegar al fondo de la cueva donde nos espera lo peor de nosotros mismos, sin lo cual nunca estaremos completos. Sin lo cual el mundo será siempre angustia por la elección dual: lo que amo vs. Lo que odio, lo que deseo vs. Lo que rechazo. El Dragón guarda las tensiones en pugna. Superar la dualidad significa trascender a la Luz. Superar la dualidad no es destruir al Dragón:  se trata de domarlo.  De ahí la fascinación del vampiro: más allá del horror inicial, te abre paso para el encuentro con lo que temes u odias de ti mismo. Lo que sucede a partir de allí es responsabilidad de cada quien. Lo dicho: fascinante.

El género gótico en el que se apoya la factura literaria de la historia subraya la seducción que ejerce. La versión tenebrosa del romanticismo exige, para cumplir con las normas, de un ambiente sombrío, personajes extraños y la escenografía exótica al uso. La novela gótica se regodea en contar historias morbosas y angustiantes que hurgan en el inconsciente para asustar con el miedo mayor: que nos lleven al sótano y nos dejen allí un rato. Solos con nuestra propia inclinación al mal. Con nuestros impulsos aciagos. Y la puerta está cerrada. Y no tenemos la llave. Posteriormente, desde Poe hasta Henry James, el imaginario sobre la concepción de la lucha entre Bien y Mal no ha dejado de depararnos sorpresas ineludibles servidas en la bandeja de un ideario que se debate en la duda de si ambos polos conviven, son los mismo, nos confunden o nos engañan. La síntesis final sobre el tema viene de la mano de la ciencia-ficción y de otro inglés insigne: LOVECRAFT. Jamás lo lean de noche.

La composición interna de la obra es otro acierto para el suspenso como plataforma de su ritmo. Las diferentes perspectivas en acción, el contrapunto entre puntos de vista individuales que se complementan dotan a la novela de una carga subjetiva que pretende relatar desde el sentimiento y la vivencia íntima una aventura que es confidencia, memoria y diálogo. Su pretendido carácter documental  cumple con otorgarle distinción de veracidad a un tema  generador, per se, de todas las dudas y escepticismos posibles. La mesa está servida para la acción: mitad cruzada, mitad exorcismo moderno, Drácula parece escrita por un Homero escapado del mediterráneo.

DRÁCULA  es una narración que abre su significado a otros temas igual de atractivos que la épica moral en la que está centrada. Uno de los más seductores es la crítica al cientificismo positivista del momento. Stoker no deja de fustigar la confianza hacia la razón científica como único camino que explica la vida y sus fenómenos. La consideración de la ciencia como una nueva religión que resume el Absoluto, se desmorona en la presencia apabullante de Van Helsing que suplica mentes abiertas, flexibles y capaces de admitir lo uno, lo otro y todo lo contrario para comprender lo incomprensible. La ciencia no tiene poder ilimitado, no lo explica todo ni lo resuelve todo. Lo sobrenatural existe y tiene influencia sobre la realidad. Opera en ella. Y la ciencia no puede combatirlo si no se apoya en otros saberes. El mundo es mucho más vasto que la razón y ella es impotente ante fuerzas invisibles pero verificables.

El vampiro es la figura narrativa erótica por excelencia. La lujuria es el mar de fondo que mueve el bautizo de sangre con que se produce la entrega pasional de los personajes. El placer es el motor y el vehículo;  el deseo es el combustible. A falta de almas que se reúnan, los cuerpos deben vaciarse uno en el otro para alcanzar sentido. Trascendente y trágico. Es la fusión de perpetuarse más allá de la vida y usar la pasión para llegar a la eternidad. Dos escenas emblemáticas lo prueban: el encuentro entre Drácula y Lucy en la colina, que reproduce el placer del orgasmo en ella y su absoluta rendición al Conde; y el cuadro magistral donde Mina chupa el corte que él se ha hecho en el pecho a la vista de todos y con el deseo brillando en la pareja durante la absorción. Podríamos mencionar también la orgía de las tres vampiresas y Jonathan en el castillo, cargada de lujuria y sensualismo inequívocos. El sexo como vía que aspira a la totalidad del ser para ser, deja su marca en quienes cruzan la línea. Mina tiene en su frente el estigma que señala el disfrute de lo prohibido. La era victoriana y la represión sexual que la definió dejan su impronta en la frente de Mina y arrasan con Lucy.

El ensayo crucial que se expone en la novela es el que argumenta sobre la naturaleza del Bien y el Mal. Es la historia incólume que nos quita el sueño desde siempre: la de las relaciones entre luz y oscuridad y su batalla infinita. Stoker da un giro sobre las definiciones conocidas y nos propone la consideración de un mal seductor y repugnante a la vez, que nos convoca porque nos da placer y nos da poder. Triunfa Drácula en Lucy por frívola y banal. El mal vence si estamos “dormidos” . El Mal atrae cuando se debilita la conciencia. Cuando la vanidad, el narcisismo, la imagen y todo lo artificial nos distrae. Vence Mina porque posee un estado superior de conciencia alimentado por el análisis, el criterio lúcido, la observación minuciosa de sí misma y de los otros, la flexibilidad y amplitud de sus razonamientos. Desde luego, Stoker es un defensor de la femineidad bien entendida, sin estereotipos. Mina resume los contrarios. Ella ha domado al dragón. A su salud.

El Mal es irreductiblemente el mundo de la Muerte. Lo que vive en la oscuridad. Lo que crece ocultándose. Lo sórdido. Lo que condena a muerte todo lo que vive. Lo que nace para morir. No se elude. Se hereda trágicamente. Se transmite, como una enfermedad. Es lo que mancha. Lo que convierte en impuro aquello que toca. Contamina y arrastra sin imponerse. No obliga.  Atrae. En la plenitud de la conciencia, perece.  Se expande en el vacío. Se lleva el alma a cambio de una falsa eternidad golosa. Todavía hay quien cae.

María Dolores Ara

Junio 2015 

El Doctor Jekyll y Mr. Hyde

de R.L. Stevenson

 

El siglo XIX fue pródigo en las letras. La narrativa se movió entre la adhesión romántica que exigía la fatalidad como desenlace obligado y la obsesión realista, que imponía su código haciendo que las historias fueran puro reflejo para ser aplaudidas. La intención realista incluyó como temática del momento las tensas  relaciones del individuo con su sociedad y el carácter psicológico de los conflictos que terminan por vivirse en el exterior como producto de la paradoja interna.

Desde Shakespeare en adelante la literatura colocó el conflicto principal de la humanidad dentro de la conciencia. Ya no se van a tratar las relaciones del hombre con el entorno como la principal fuente de conocimiento humano. La clave para entender al hombre y al mundo está dentro: en el laberinto de la mente que no para de producir incoherencias, dudas, desajustes ; pero también, belleza, ideales y utopías.

Dentro de este abigarrado panorama surge una vertiente apasionante de la narrativa. Lo que podríamos llamar el “romanticismo científico”. La entronización de la razón se verifica como el reinado de una nueva deidad. La ciencia se vende como un poder omnímodo que puede explicarlo todo y resolverlo todo. Aquello de “pienso, luego existo” se convierte en el lema de una época alumbrada por el positivismo a ultranza. Solo la ciencia da sentido al mundo y solo lo comprobable por sus métodos tiene cabida aceptable.

Sin embargo, tantas virtudes no se sostienen. Entre los intelectuales del momento reinan más dudas que certezas. La ciencia esconde más oscuridad que luz, produce más problemas de los que soluciona, y tiene el grave defecto de estar en manos de los hombres, y ya se sabe lo que eso significa.  Surgen entonces varias obras emblemáticas , cuya vigencia ha crecido con el tiempo  que ponen el dedo en la llaga: en poder de hombres sin escrúpulos la ciencia es un arma mortal.  En el fondo son más bien, ensayos disfrazados de ficción que indagan sobre el único problema serio de la vida: la invisible línea que divide el bien del mal. Ahora adornada por un cuerpo sistemático de investigaciones científicas cuya pretensión, al menos en la obra que nos ocupa es, justamente, borrar  la frontera entre ambos polos.

Dr. Jekyll es una novela  breve e intensa que nos habla del lado tenebroso de la naturaleza humana. De la eterna inclinación del hombre por transgredir la norma y abrazar lo prohibido. Por jugar a ser Dios, evadiendo la responsabilidad derivada del juego. Nos habla de la tragedia que supone negar la realidad, engañarse con falsos sueños de control y suponer que el Mal es más exigente que el Bien. Esto como apunte filosófico constituye una de sus tesis.

Otra, es la que expone y enjuicia la vida cotidiana de la sociedad burguesa  desde la denuncia de la doble moral de la era victoriana y el duro juicio social que le impone a sus miembros. La tragedia de Jekyll  estriba en no querer renunciar a ninguna de sus inclinaciones: dejar que su perversidad se ejercite libremente sin tener que pagar el precio que le cobra su conciencia, por un lado; y la sociedad implacable que lo rodea, por otro.

La doble circunstancia opresora, social y moral se ve plasmada en un estilo que inaugura la novela moderna:  la exploración del personaje desde la subjetividad. Así que tenemos un panorama explicado a seis manos, por partida triple de opuestos: el bien y el mal, el individuo y la sociedad, el yo y el otro. Nada mal para 1886.

Como si fuera poco la historia está organizada desde la tradición de la novela policial, de la que los británicos son padres ejemplares. Y dentro de ella, resalta la visión detectivesca que confiere  al tema  la base de suspenso que mantiene al lector en vilo. La tensión y el misterio cubren el caso de  nuestro Doctor Jekyll con maestría haciéndolo todavía más seductor. Si no fuera porque a 150 años de distancia todos sabemos cómo termina, seguiríamos sorprendidos por el desenlace que nos ofrece.

En el primer capítulo nos tropezamos ya con una de las ironías más lúcidas y acertadas de la historia. Aquella en la que nuestro Sherlock ( el abogado Utterson) señala que “siempre deja que el prójimo se destruya como mejor le parezca”. La sentencia condena de antemano al Dr. Jekyll que quedará expulsado de la norma al destruir sus mejores posibilidades por acción de las peores. Es esa libertad la que Utterson “respeta”: la de la libre elección aunque derive en muerte. La búsqueda de la verdad, asusta. Encontrar la verdad, muchas veces, mata. ¿Estamos preparados para saber la verdad? ¿Somos capaces de usarla bien? La respuesta luce confusa si la analizamos históricamente. Pareciera que Zeus hubiera tenido razón al prohibir que se le diera a los hombres el fuego del conocimiento. Prometeo está en problemas.

Pero una de las sustancias de que está hecha la verdad es de ambigüedad. Por eso, Utterson piensa que Hyde es un chantajista que soborna a Jekyll por alguna mala acción cometida en el pasado. En cierto modo, no anda muy perdido. El que se pierde, irrevocablemente es Jekyll cuando asegura que puede deshacerse de Hyde cuando quiera. Que lo tiene todo bajo control. Para inmediatamente verificar que Hyde, ese alter ego repugnante tiene la sartén por el mango y no piensa darle tregua.

El último capítulo nos depara un vértigo emocional insuperable. Retrocediendo hasta la más primitiva animalidad, Hyde es ya cadáver y Jekyll no aparece por ningún lado. Utterson lee el testamento de Jekyll y el escrito de Lanyon . En este último documento se desploma la verdad: Jekyll y Hyde son uno solo. Y aparece el verdugo implacable de todos los tiempos como causante del horror: la vanidad, la búsqueda de fama y gloria, el sentirse superior y fuera del alcance del destino.

Jekyll confiesa que la duplicidad de su vida era insoportable. Que aspiraba realizar el mal sin remordimientos y seguir siendo un respetable Lord inmaculado por la impunidad que le daría la separación entre ambas instancias de su ser. Pero no contaba con la fuerza del lado oscuro, que terminó amilanando al luminoso hasta exterminarlo. Un día solo había Hyde y nada más que Hyde. De Jekyll, ni rastro.  La confesión final es un dechado de transparencia: “odiaba y temía a la criatura que había en mí”. Lástima que no pudo decidirse, lástima que no pudo elegir, o integrar, o comprender, o encontrarse en vez de escindirse. Solo queda la muerte como territorio para la unificación.

El tema del doble es uno de los más apreciados por la literatura. Termina por construir un tópico desde la identidad como problema. Borges escribió un mínimo ensayo titulado “El Dr. Jekyll y Edward Hyde, transformados” donde cita una apócrifa obra de Stevenson fechada en 1888 y en la cual se enumeran “todas las manifestaciones de lo verdaderamente diabólico” de Jekyll. A saber: “ la envidia, la malignidad, la mentira, el silencio mezquino, la verdad calumniosa, el difamador , el pequeño tirano, el quejoso envenenador de la vida doméstica”.  Cualquier parecido con todos los Jekylls y Hydes que nos hemos encontrado por dentro y fuera, no es pura coincidencia.

María Dolores Ara

Junio 2015

ANÁLISIS DE PAÍS PORTÁTIL (1968)DE ADRIANO GONZÁLEZ LEÓN

 

Por: María Dolores Ara

 

La novela narra la historia de Andrés Barazarte quien proviene de la ruralidad montañosa y llega a Caracas en un momento de cambios económicos y sociales. Participa en la guerrilla de los años 60 y esa inserción permite a la novela desplegar ante el lector la crisis de esa época y la protesta armada que se organizó en consecuencia.

En la memoria de Andrés Barazarte se da cita todo el pasado familiar que dialoga continuamente en el recuerdo, mientras él va en autobús a cumplir con su misión política: colocar  una bomba. Ese diálogo cuestiona posturas ideológicas  y las confronta, entrelazándolas en sus dos ejes fundamentales: el fracaso y la decadencia como lugares comunes al devenir de la saga familiar y del país que simboliza. Tanto la una como  el otro se hunden en sus conflictos sin encontrarles salida.

La novela se estructura gracias a la interpolación de diversas voces narrativas que confluyen en la mente del protagonista y que van adentrándose en las profundidades de los Barazarte. Esta confluencia se da mientras la acción presente  consiste en el viaje en autobús que el protagonista hace de este a oeste por Caracas para cumplir con la misión que le ha encomendado el grupo disidente al que pertenece.

En el maletín que lleva la bomba, se dan cita las esperanzas de un país que clama por el cambio, y que sabe que éste va aparejado a las dudas, al miedo, a la alteración. En ese viaje medular por la ciudad Andrés va siendo invadido por la historia de su familia, que refleja la historia del país: hazañas a medio hacer, fracasos rotundos, amarguras amontonadas, y siempre la violencia como telón de fondo. El sempiterno mundo colonial del enriquecimiento ilícito como único objetivo de cualquier proyecto es la sombra pesada sobre la que se mueve un país que no se mueve. La casta de los Barazarte expone su lamentable deterioro  en la derrota visible de todos sus miembros. Tanto los rebeldes, como los cobardes; todos, perdieron su guerra por pusilánimes o irresponsables.

El examen de conciencia de Andrés, último heredero de la saga, pasa revista a todos los sistemas ideológicos, duda de ellos y sospecha que tras su fachada de promesas ideales alguien nos manipula como marionetas. Herida lacerante del escritor ante el comportamiento de la izquierda de su época que acepta la pacificación del 68 sin mayores aspavientos, decepcionando con su sumisión a los que habían creído en ella y en su potencial revolucionario.

La historia del país que Andrés repasa oscila entre la devastación y la refundación, pasando siempre por lo provisional como marca de fábrica. Se arrasa con todo para prometer un todo nuevo al que hay que llegar por la vía de lo transitorio, pero lo transitorio se hace eterno y nunca se alcanza el paraíso prometido. Lo transitorio se perpetúa y permite la estabilidad de estructuras precarias que no resuelven la raíz de los problemas y nos conducen a vivir sobre bases frágiles  que pocas veces llegan a ser sólidas.

El vínculo que describe al  país se establece entre la utopía ( lo que vamos a ser) y la ruina ( de lo que no hemos sido) . De la promesa a la degradación sin pasar por la realización, la concreción de un ser nacional establecido con firmeza. Se nos auguran futuros promisorios a los que no solo no se llega, sino que se destruyen sin haberse edificado, porque las promesas se van deshaciendo antes de cumplirse. Termina quedando el rostro emborronado de un proyecto siempre inconcluso.

Es ese el país portátil que nos acoge: a medio hacer, incompleto e insustancial. Poblado por el rencor de unos, la envidia de otros, la sinvergüenzura de la mayoría de sus hombres. Y por la locura, el aislamiento y el miedo de mujeres venidas a menos, maltratadas y expulsadas del acontecer histórico. El país donde los mejores sueños han terminado por convertirse en una gran pesadilla.  Adriano González León traza el rastro de ese viaje hacia la pesadilla que hay que leer como una guía de lo que no debemos seguir haciendo , y de lo que debemos empezar a hacer para dejar la condición de “portátiles” y alcanzar estatura de verdadera nación.

CUENTOS Y CUENTISTAS:

TERESA DE LA PARRA

 

Teresa de la Parra (1889-1936) es de nuestros escritores más maltratados por la miopía  de una cultura a la que le encantan las etiquetas porque son muy cómodas para manejarse en el laberinto del gusto. Sus dos novelas , Ifigenia (1924)y Memorias de Mama Blanca (1929)  fueron colocadas en el altar de las lecturas obligadas de los programas educativos y desde allí impiden toda otra consideración que no sea la de leer dos historias para el conocimiento de usos y costumbres de la Caracas que estrenaba el siglo XX de forma tardía y perezosa. Teresa De la Parra sufre doble condena: se lee superficialmente y se lee solo aquello que ascendió a ese altar, ocultando bajo la alfombra de la incomprensión crítica sus cuentos y ensayos que son lo mejor de su talento.

Dueña de una fina ironía y defensora del feminismo moderado, Teresa De la Parra es un extraño ejemplar asfixiado en ese “monasterio al aire libre” que era la Caracas de su tiempo y que tan acertadamente describe ella misma. Para escapar de él, Teresa se exilia muy a gusto en Europa donde los aires huelen a libertad expresiva en lo literario y en lo emocional. Ese olor a mujer sin cadenas será el estímulo para narrar la peripecia de las otras, las serviles, prisioneras de un destino al que corren ciegas y entusiasmadas para inmolarse en las fauces de una sociedad depredadora que las aniquila. El laberinto de unos personajes esclavos de un mundo injusto es su obsesión temática desde los primeros cuentos, que datados en 1915 , funcionan como antesala  a su consagración posterior,  y a los que no se ha prestado suficiente atención.

Historia de la señorita grano de oro, bailarina del sol plantea lo que será  su temario persistente: la mota de polvo que baila libre y brilla bajo el rayo que le da vida es atrapada por la necesidad de posesión de un muñeco de felpa que la quiere solo para sí y ese afán de dominio la reduce a ella a lo peor de su condición , gris y mediocre, y a él lo sepulta en la nada de una tristeza solitaria. Liberarla es liberarse, es disfrutar de su belleza luminosa y compartir juntos la alegría del amor,  pero tiene sus riesgos. La muerte de ella, tragada por un insecto es el final previsible a toda aventura riesgosa. La vida permite pocos momentos exultantes, hay que vivirlos a tope porque el final puede esperarnos  a la vuelta de la esquina y ponerle fin a la experiencia de plenitud. La alegoría es clara, no hay vida ni amor  en la posesión malsana del otro. Adueñarse no es amar.

El ermitaño del reloj eleva en varios puntos la crueldad del cuento anterior. El monje que da las horas en un reloj de pared no sabe que forma parte de un mecanismo y que  no es libre. Se cree poderoso e importante porque vive engañado pensando que es responsable de la función del artefacto. Cree que tiene voluntad y libre albedrío. Por eso un día escapa a la corte de porcelana de la Reina de Saba ( que vive en una vitrina del salón ) , y la aburre ( ¡cómo no!) con un cuento fastidioso que duerme a todo el mundo y cuando , retrasado por la distracción, pretende regresar aprisa a tocar las campanadas, estas suenan sin su valiosa presencia. Él no hace falta, es prescindible, su vida no tiene ningún sentido: es solo un adorno del mecanismo relojero que funciona perfectamente aunque él no esté. No queda otro camino que desaparecer:  el fraile se ahorca con el cordón de su hábito.

El genio del pesacartas no es menos deprimente. Un gnomo de cuero,  pretencioso y arrogante trata con petulancia a sus compañeros de escritorio hasta que un día cae en el tintero de su dueño y queda irremediablemente degradado a la ignominia de vivir en el fondo de un cajón, donde sigue empeñado en mostrar su supuesta  superioridad ante la compañía de turno que son objetos tan inservibles como él.

En las tres historias destaca la vida entendida como una cárcel. El destino aciago de los personajes se cuenta como un camino infeliz que se inicia por la ambición de creer que podemos decidir quiénes somos y para dónde vamos, cuando lo cierto es que la vida está trazada por otra voluntad que no nos deja ser. Prisioneros de un sino inevitable, títeres en manos de un artífice desconocido,  los protagonistas de estas historias no tienen vida real, no son dueños de sí mismos y a todos les espera un desenlace fatal a destiempo y de forma inevitable. Con humor piadoso Teresa De la Parra escribe un réquiem a la pretensión humana de decidir libremente. Más tarde pondrá el epitafio con la aparición de Ifigenia. Testigo y víctima de un tiempo que deshonra la condición femenina, nuestra mejor escritora merece ser leída con ojos que la coloquen en el sitial que le corresponde como una de las mentes más agudas y críticas del país.

CUENTOS Y CUENTISTAS:

ARTURO ÚSLAR PIETRI

 

En 1928, Arturo Uslar Pietri (1906-2001), publica su primer volumen de cuentos, Barrabás y otros relatos. La fecha coincide con la emblemática Semana del Estudiante, en la que un grupo de jóvenes manifiesta en contra de la dictadura gomecista marcando el inicio de una nueva etapa tanto política como cultural , ya que aparece el primer y único número de la revista Válvula, órgano representativo de los ideales de una juventud iconoclasta dispuesta a hacer cambios drásticos en el país. El editorial, titulado “Somos” da buena cuenta de sus aspiraciones: “Somos un puñado de hombres jóvenes con fe, con esperanza y sin caridad. Nos juzgamos llamados al cumplimiento de un tremendo deber, insinuado e impuesto por nosotros mismos, el de renovar y crear.” Al frente de este proyecto renovador encontramos a Uslar, y al leer el primer cuento de Barrabás, de título homónimo, verificamos el cumplimiento de su promesa.

Barrabás reconstruye el tema bíblico encarando el otro lado de la historia, el que no está consagrado por la tradición y revela la versión marginada del episodio conocido. El marco universal de esta historia le permite al narrador reescribir el asunto oficial desde la confrontación con el poder, que será el tema que se oculta tras la máscara anecdótica. El personaje de Barrabás adquiere la libertad porque entra en contacto con la máxima paradoja : hablar y callar son dos caras de la moneda con que se maneja la verdad, pueden servir, una y otra para absolver o condenar según le venga en gana al tirano de turno. Al que, por cierto, la verdad no le importa. Es verdad lo que desde el poder se decida que lo sea. Da lo mismo si ocurre en la Galilea pre-cristiana, o en los calabozos de La Rotunda, o en la postmodernidad el siglo XXI : da lo mismo decir o no decir la verdad porque el poder en ejercicio decide con independencia de ella. En cualquier época la verdad es en sí misma un delito horrendo cuando se opone a los intereses del poder.

La denuncia cristalizada en el cuento va magistralmente acompañada de metáforas audaces en su lírica y en la plasticidad con que describen. La fuerza de las imágenes acompaña la violencia del tema que revela el lado oscuro del poder: su capacidad de manipularlo todo , de volver absurda la justicia y convertir a los hombres en marionetas desorientadas.  Uslar inaugura su ejercicio narrativo con una propuesta renovadora donde expone la nueva sensibilidad artística que va a apoderarse de la escena literaria a partir de ese momento.

Algunos años después, en 1935 verá la luz uno de sus cuentos más aplaudidos, La lluvia. Aproximándose al marco regionalista, Uslar aprovecha la sequía de un paisaje desolado y hostil para narrar el fracaso , la miseria y el hartazgo de unos seres miserables que conocen un instante de consciencia  gracias a la presencia mágica de un niño que los eleva sobre su condición infra humana para dotarlos, justamente, del alma que les falta. El cuento acusa señales inequívocas de su carácter pionero como precursor del realismo mágico: la vibrante presencia de la naturaleza humanizada, las imágenes insólitas que revelan el carácter secreto de la magia escondida en lo natural, el punto de vista del narrador que se alterna entre los tres personajes de la historia y nos ofrece un caleidoscopio de perspectivas, la enigmática figura del niño y su condición mesiánica, el uso insólito del tiempo que condensa la acción en una sola noche tan intensa como la tierra resquebrajada que no augura ningún futuro a quienes la pisan. La lluvia corrobora la acertada conjunción de estilos que Uslar utiliza para desarrollar un estilo innovador que marcará historia. Sin embargo el acento pesimista no dará tregua, y sus cuentos rodearán el determinismo como un estigma imborrable de nuestra condición. Parecemos condenados a no superar la marca de una nube negra social que nos impide acceder a un nivel superior de vida. El futuro promisorio es una fantasía inalcanzable.

CUENTOS Y CUENTISTAS VENEZOLANOS:

PARA ENTENDERNOS MEJOR.

 

La revisión de algunos escritores venezolanos atiende a la necesidad de entendernos y entender a Venezuela desde su literatura. El momento histórico que vivimos amerita la lectura y relectura de los narradores que ficcionaron la realidad del país y lo explicaron desde la verdad de sus mentiras. La realidad venezolana queda descubierta y revelada en la ficción narrativa. Gracias a esos dos actos de magia que quitan el velo encubridor , podemos apropiarnos de ella, en primera instancia. En segunda, podemos explicarla y, sobre todo, transformarla. Solo puede cambiarse lo que se conoce; lo que se sabe cómo es. 

Por otra parte, esta mínima revisión permite rescatar valores literarios que han sido olvidados por el tiempo, o mal entendidos por el rumbo interesado del gusto del momento, o segregados del panteón cultural por no ceñirse a los patrones exigidos en determinada época. Traídos y llevados, ensalzados o hundidos algunos de nuestros mejores escritores han sufrido los avatares caprichosos de la moda, de las ideologías al uso o de la mezquindad de su entorno.

Nos interesa, también, rendirle homenaje a nuestra tradición literaria. Venezuela es el país del olvido fácil, rápido y puntual. Revisitar las bases de nuestra cultura, literaria en este caso, significa reeducar la memoria para que el pasado nutra la identidad perdida y cumpla con su misión: construirnos y reconstruirnos desde la mirada activa que hace del pasado fuente inagotable de conocimiento. En este caso de auto-conocimiento.

En la década de los años 20 se produce un movimiento de transición y cambio. Una nueva generación iza la bandera que desea renovar la prosa y alejarla de la ilusión realista que ya no dice nada. El costumbrismo criollista sigue al frente de los temas aplaudidos, y lamentablemente, seguirá por muchos años más. La búsqueda de lo auténtico, lo propio, la cacareada identidad que nos da sentido se busca por los lados de la expresión folklórica que , tiene indudables aciertos, pero que extendida con exageración termina por ser una camisa de fuerza que produce estereotipos cansones. Mientras en Europa las vanguardias cancelan el realismo y el romanticismo decimonónico para instalar corrientes de audaz experimentación de la realidad, en Latinoamérica se sigue fiel a la descripción del paisaje y de las costumbres como pasaporte seguro al beneplácito del público que quiere verse retratado en la literatura.

Las generaciones del 18 y el 28 en Venezuela intentarán acercarse a la explosión vanguardista europea con experiencias artísticas que marquen un antes y un después. Y , aunque aisladas y escasas, lo lograron. Prueba de ello son los magistrales cuentos de Julio Garmendia (1898-1977), nuestro escritor más vinculado a lo fantástico en un contexto donde serlo era una herejía.

Solitario e incomprendido, Garmendia circula su excentricidad por el mundo cultural venezolano sin pena ni gloria. Residenciado en Paris desde 1923 publica en la Ciudad Luz su primer libro de cuentos, La tienda de muñecos en 1927. No será editado en nuestro país hasta 1952, prueba irrefutable del poco crédito que se le concedió a esta colección exquisita de joyas irónicas que , con sutileza, desenmascaraban al régimen de Juan Vicente Gómez desde una imaginación fabulosa que sabía muy bien cómo decir sin decir. Unos pocos amigos le hicieron “el favor” de traer los cuentos y repartirlos entre la cofradía de compañeros que lo leyeron con escepticismo y benevolencia. Nadie entendió la contundente repulsa a la dictadura, a la sociedad y al modelo de país que ocultaban porque no lo contaban desde la crudeza realista, desde el bastión sociologizante sino desde lo imposible, desde la fábula libre de ataduras que exige al lector  reelaborar el significado oculto tras la anécdota.

La tienda de muñecos es una sátira político social escrita en clave fantástica, irónica y humorística que pone el dedo en la llaga con su punzante crítica a la sociedad de su época. La tienda es Venezuela y los muñecos las representaciones sociales relevantes que definen al país. Si hay una tienda hay un dueño que vende y compra muñecos a su antojo o según la ley de oferta y demanda imperante. En este caso se trata de un anciano que debe dejarle en su lecho de muerte el negocio a un sobrino no sin antes adiestrarlo en el arte de mantener “la tienda” ordenada y pujante. La mesa está servida para eludir todo referente directo a la realidad y dejarnos un discurso reflexivo que desmonta el entramado oficial de nuestra composición social y se ríe de ella socarronamente.

El cuento posee dos narradores : un narrador anónimo que deja un manuscrito al segundo narrador que nos lo muestra. De esta forma Garmendia elude la responsabilidad intelectual sobre lo escrito ante cualquier probable arremetida del régimen gomecista al que, como toda dictadura, le salen ronchas ante la crítica. Este juego le permite distanciarse arteramente de su compromiso ideológico y salir bien parado de toda sospecha. Porque lo que cuenta no deja lugar a dudas para un lector agudo: los muñecos están ordenados en riguroso orden jerárquico tal como gobierna la cachucha de turno. El principio de autoridad y el respeto a ella siembran terror por lo implacable de su ejecución; así mismo ocurre con el manejo de la tienda. Ni pensar en alterar la rigidez de la colocación de los muñecos en el estante. Los soldados tienen lugar preferencial, cómo no! Las muñecas son muy solicitadas…., los doctores casi no se venden y los animales con más éxito son los asnos y los osos…sin comentarios.

La estocada final del cuento no tiene desperdicio. El heredero de la tienda parece , en principio, dispuesto a cambiar las cosas. Solo oye a su mentor para cumplir con las normas de urbanidad que exigen ser considerado con un moribundo, pero, finalmente, decide que mejor todo queda como está. Les ha ido bien así, no? El pesimismo que cierra el cuento se repetirá en el resto de la obra de Garmendia y sus contemporáneos. No se ve luz al final del túnel y la férrea dominación militar se percibe como un mal endémico inexpugnable.

El difunto yo aborda el tema del doble como un duelo imaginario entre el orden y la transgresión. Con un sentido del humor pleno de sátira inclemente, el cuento narra la historia del “otro” y el “yo” como un juego de espejos enfrentados que revela al alter ego como un engaño conveniente. No hay “otro”, somos dueños de nuestra vida y responsables de cada decisión. El bueno y el malo son intercambiables e indistinguibles. La evasión que pretende separarlos es una trampa donde solo cae el único y verdadero yo que los reúne. Al final, sobrevive el pícaro, el mentiroso, el falso. De nuevo aparece el pesimismo como corolario a la historia. La fuerza está del lado del mal. El bueno perece víctima de su debilidad. Ni modo.

El médico de los muertos pertenece a la colección de cuentos titulada La tuna de oro, editada en 1952. Es el segundo libro de cuentos de Garmendia, y el último. En este cuento Garmendia critica la falsa modernidad que llega a la ciudad pueblerina con pretensiones. Los muertos emigran desplazados por el “progreso” que trae cambios inevitables y molestos para dar paso al “avance” urbanístico. La ley del más fuerte se impone, y ¿qué posición puede ser más débil que la inexistencia? Los muertos intentan oponerse a la interrupción de su placentero descanso pero no hay nada que hacer. Es decir, la ley de los vivos. Y estos no van a dejar que aquellos descansen en paz, porque la paz aburre y los hombres no saben apreciarla. Solo la aprecian muertos.

La muerte es el tema común que circula por los cuentos de Garmendia. Constituye una paradoja que su humor directo, su ironía divertida y el sarcasmo crítico que despliega en su escritura se basen en una temática fúnebre. Pero es que ese contraste es el que le da relevancia a sus historias. El anciano dueño de la tienda de muñecos antes de morir deja su legado a quien podría cambiar el orden terrible de las cosas y no lo hace. El yo canalla empuja al suicidio al yo noble. Los muertos son perseguidos en el más allá por la ambición de los vivos. En resumidas cuentas, el bien está acorralado porque no hay voluntad de cambio de ningún tipo: ni individual, ni social ni política. Garmendia refleja la perspectiva negra del final del gomecismo en clave de humor.

    A última hora, aturdidos y confusos:

 

Los últimos años son los más difíciles de catalogar y digerir a la hora de hacer un balance sobre lo que podríamos considerar propio de nuestra cultura literaria. Una  avalancha de escritores emerge del desbordamiento de concursos, premios, talleres, cátedras, simposios, conferencias, ferias de libros,  lecturas dirigidas, coloquios, mesas redondas, cuadradas, triangulares….en fin, un vasto horizonte  de experiencias que podrían haber significado el arribo de la edad dorada de nuestra literatura, pero que no son  lo que parecen.

Se verifica una relación inversamente proporcional entre estos factores y la transmisión efectiva de un continente literario asumido como realidad artística  conocida y de la que algún grupo numéricamente significativo se apropia otorgándole sentido a la producción y recibiéndolo de ella, a su vez. En este intercambio necesario juegan papel principalísimo los siguientes actores (no están por orden de aparición): el crítico, las editoriales y los medios de comunicación. A todos se les echa la culpa del desierto cultural que es el paisaje literario que tenemos más a mano. Nos movemos entre críticos complacientes, exageradamente elogiosos cuando no hay sustento para ello, y  los  tiranos del juicio que asesinan obras  sin ton ni son porque es muy divertido y les encanta el rol de “escandalizadores” del patio trasero de la cultura. Unos y otros forman orquesta con los organizadores de eventos, los directores de talleres, los jurados de todos los concursos posibles e imposibles, las casas editoriales, los lectores expertos de esas casas, los comentaristas culturales de periódicos, revistas y los recientes blogueros de Internet  ( la verdad es que son los mismos, todos) que tocan melodías monótonas donde se ensalzan las virtudes de nuevas generaciones…..que no se leen.

Seguimos aferrados a una divulgación de la literatura según pautas sospechosas, cuyo máximo patrón es lo que me gusta y lo que no. El subjetivismo elevado a sistema de análisis, selección, edición y juicio desacredita el enorme trabajo que supone hacer lo anterior. Lo que se trabaja con rigor desde los centros de investigación académica, circula por pasillos tan estrechos que no termina de salir al aire libre porque se ahoga por el camino, y además ésa no es su misión. No es desde la academia desde donde se trazan los modelos culturales a seguir: la academia es para los estudiosos que ya tiene su gusto (de) formado. La cultura literaria es para todos, sabiendo que cada vez “todos” es “menos” y es “pocos”, pero no podemos aceptar el “casi nadie” como válido.

Nos estamos saltando a los protagonistas. ¿Qué pasa con los escritores y sus relatos?

Ellos son el punto de partida. Y han perdido poder de convocatoria. Temas, recursos, y lenguaje se han ablandado. No tienen fuerza. No plantean tensiones apremiantes para llamar la atención y seducir. Oscilan entre el adocenamiento superfluo que aburre y el close –up narcisista del autor que no deja que leamos la obra porque él ocupa todo el espacio. Alguno se salva, pero por los pelos y en cifras vergonzosas. Arropaditos por la consagración que han obtenido sin mucho esfuerzo, el castigo llega donde más duele: en una recepción escasísima y circunscrita a un ámbito demasiado doméstico para ser un respaldo confiable.

El último culpable: el lector. ¿Y usted, por qué no lee?, sería un buen tema para una encuesta que no revelaría tampoco grandes sorpresas. Desde que el petróleo nos arrulla con su canto de sirena (y de esto ya ha pasado un tiempito), al que oímos encantados de la vida,  la cultura de todo tipo es lo primero que hemos echado  por la borda, siguiendo las órdenes del arrullo mortal. El hundirnos en dinero a partir de la década de los 30 ha ido produciendo la desbandada cultural. Al principio más lenta y menos perceptible, pero a partir de los 70, ya indetenible y grosera. Ser culto y “letrado” es un valor desplazado y agónico. El  poder económico y social que se va encumbrando desde esa época  está compuesto por sectores poco educados. Y esta categoría se va afianzando hasta dejar de estar mal vista por las clases poderosas tradicionales y hasta por la intelectualidad, que cada vez más arrinconada tiene poco o nada que decirle a estos tipos sociales que alcanzan el éxito sin avergonzarse de lo que Cantinflas llamaría, “su falta de incultura”. Sumemos el advenimiento casi religioso de los juegos y entretenimientos audiovisuales, que le cierran el paso a toda actividad que requiera concentración y reflexión, y está listo el caldo de cultivo para el exilio literario.

Paralelamente, declaraciones de libreros, premiados, y visitantes asiduos a los predios literarios hablan de la buena salud de la producción, de que se viven  tiempos de abundancia en calidad y cantidad, de que el público está leyendo como nunca a sus paisanos , que nacen generaciones asombrosas…, en fin que nuestra cultura literaria va viento en popa. En la calle y en las aulas, tales asertos no son verificables.

Esta es una visión general , y como siempre, las excepciones confirmarán la regla y nos ayudarán a señalar a los escritores que nos honran en estos tiempos. Hago lista de piezas del rompecabezas encabalgadas entre los 70, 80 y 90,   y que cada quien las arme a su gusto: por orden alfabético, de aparición o tamaño. Alberto Barrera, Oscar Marcano, Ana Teresa Torres, Victoria Di Stefano, Gabriel Jiménez Emán, Armando José Sequera, Ednodio Quintero, Orlando Chirinos, Sael Ibáñez, Antonieta Madrid, Milagros Mata, Silda Cordoliani, Blanca Strepponi, Antonio López Ortega, Israel Centeno, Milagros Socorro, Méndez Guédez, José Roberto Duque, Miguel Gomes, José Pulido, Edda Armas, Sonia Chocrón……

Mención  aparte merecen Eduardo Liendo y Angel Gustavo Infante. Liendo ejerce  una rara virtud entre nuestros escritores: la perseverancia del oficio. Es uno de nuestros escritores más prolíficos, dentro de un arte signado, casi siempre, por la obra maestra en solitario. El mago de la cara de vidrio (1973) es un hito es nuestras letras; el libro más leído por los muchachos de bachillerato, que si bien se lo topan en los programas oficiales de educación, lo aprecian y les gusta más allá de la obligación curricular. No es lo mejor de Eduardo Liendo, pero el hecho de que se gane  al joven lector es un prodigio a tomar en cuenta. Los topos (1975), Mascarada (1978), El cocodrilo rojo (1985), Los platos del diablo (1985), Si yo fuera Pedro Infante (1989), Diario del enano (1998), El round del olvido (2002)  y Contraespejismos (2007) cuentan la peripecia del mundo interior de los seres humanos, que son lo que no son, que parecen sin ser y luchan –lo más heroicamente que pueden, y a veces, no es mucho- por vencerse a sí mismos en combate desigual contra los inquilinos que los habitan y los destruyen desde adentro. El uno, el otro, y todos los demás se dan cita en estas obras, de estructura sencilla, lenguaje directo, claro, y que tiende  a la poetización de la prosa sin alardes arrogantes.

Angel Gustavo Infante nos regaló en Cerrícolas (1986), nuestra propia y autóctona picaresca. El anti-héroe anárquico inmerso en nuestras barriadas, con su jerga de baja estofa y su estoicismo cínico es un trabajo bien logrado que recibió el aplauso de sectores más amplios que los usuales. A pesar de eso, el eclipse ha sido rápido. Quizás porque Yo soy la rumba (1992) y Una mujer por siempre jamás (2007)  no alcanzaron el mismo grado de popularidad, ni manifiestan  tanta pericia como su primer trabajo. Contrario a Liendo, Infante trabaja despacio y los largos períodos entre una y otra publicación hacen que se produzca un letargo del que la calidad desigual de sus últimos cuentos no logra despertarnos. Aun así, su primera obra es una síntesis crítica del proceso vital de las clases pobres urbanas donde el mundo degradado del malandro  se eleva a fábula  digna de ser contada, como universo de miseria, dolor y vileza  ante el que hay que tomar postura y al que es necesario enfrentar.

Un poco más allá de esta amalgama, nos esperan las nuevas generaciones de las que se sabe poquísmo.  Los nombres que vienen  a continuación, al igual que los anteriores son armables y desarmables. Aquí van, tan desordenados como su presencia-ausencia entre nosotros: Roberto Echeto, Jesús Nieves Montero, Jorge Gómez, Fedosy Santaella, Carolina Lozada, Ricardo Aguaje, Héctor Bufanda, Héctor Torres, Norberto José Olivar, Ma. Ángeles Octavio, Iria Puyosa, Adriana Villanueva, Enza García, Oscar Marcano, Armando Coll, Ma. Celina Núñez, Salvador Fleján, Luis Laya, Fátima Celis, Eduardo Sánchez, Rodrigo Blanco Calderon, Juan Carlos Chirinos, Alexis Romero y seguro habrá muchos más……

Dos trabajos han ganado la apuesta por una narrativa culturalmente mejor colocada entre el público: Falke ( 2005) de Federico Vegas, y las dos novelas de Francisco Suniaga: La otra isla ( 2005) y El pasajero de Truman  (2008). Todavía es pronto para conocer su capacidad de sostenerse entre los libros preferidos por un público variado y para convertirse en lecturas  con carácter propio al superar las modas y coyunturas que los han hecho bastante populares dentro de lo que se estila entre nosotros.

El escritor no tiene quien lo lea:

 

La narrativa de los 60 y los 70 inició su camino hacia la escena cultural con mejor pie. En su momento experimentó la gloria, apadrinada por un menú temático al que no quedaba más remedio que rendirse. La ficción testimonial de un período histórico que sacudió la vida del país sin posibilidades de evasión, condujo a la lectura y consagración de sus autores como exorcistas del momento y de su sentido. La consolidación democrática que auguraba estabilidad al interminable  proceso de construirnos como país coherente, se solivianta por la presencia de la guerrilla  que, rindiendo homenaje a Mao, al Che, y a todos los marxismos-leninismos habidos e inventados por la calenturienta mente del Caribe socavan la esperanza demócrata , casi recién parida, y nos obliga a repensarnos –otra vez-. La literatura, escrita por los inconformes, guió este juicio a los valores y produjo la última revisión sobre nosotros mismos que, de forma global, se ha producido en nuestra sociedad. Por eso resulta, hoy,  una narrativa indispensable como factor cultural: nos explica lo que ahora  nos atormenta por inexplicable en el acontecer político y social del país.

 

Sin embargo, el estrellato quedó circunscrito al imperativo de ese instante como un gesto fundamental que no podía  pasar desapercibido, pero que no ha resistido el paso del tiempo en términos del gusto y la receptividad del colectivo. El menú temático no estuvo acompañado por una estética que lo dignificara, más allá de tres nombres memorables entre los entendidos, y que en la actualidad buscan quién los lea: Salvador Garmendia, Adriano González León y Luis Britto García.  El primero por hablarnos en Los pequeños seres (1959), Los habitantes (1961), Día de ceniza (1963), La mala vida (1969) Doble fondo (1965) y Difuntos, extraños y volátiles (1970) del hombre cualquiera, del resto desechable de ser que protagoniza  una épica deslucida que nos ha atrapado sin darnos cuenta. El segundo, por ser el  escritor más universal de su época, el más inquietante y retador: Las hogueras más altas (1958), Asfalto-infierno (1963), Hombre que daba sed (1967), la premiada y consagrada País portátil (1968), y Viejo (1994)  prueban la afirmación sobre su genio, pero también prueban que no es suficiente para recorrer las venas de una lectura inolvidable y admirada. La cultura literaria que nos ocupamos en esbozar aquí tiene que contar –y no cuenta-  con País portátil como una de sus miradas más penetrantes: la crisis de los 60 y su poder iluminador sobre la historia pasada, presente y futura la convierte, hoy en día,  en una  novela profética. Lo que fuimos en el remoto pasado que subsiste en la provincia, lo que fuimos en la aparente modernidad  fracasada,  lo que somos en este caos insufrible del ahora y lo que inevitablemente seremos -por inferencia y deducción- , se reúnen en este libro que hipnotiza por su seria composición de planos espacio-temporales que se comunican confrontándose continuamente, como se confronta el país entre lo que fue, es y será contra lo que no fue, ni es, ni será, más  lo que pudo ser, pero no fue, o lo que debió ser y no hubo manera….y así… Nos falta leer aquel País portátil para entender este país, cada vez menos,  “portátil”.

 

Britto corre con buena fortuna en el mínimo ámbito de la crítica, los estudios literarios y los concursos, pero peor suerte tiene con los lectores. Rajatabla (1970), Vela de armas (1970) y Abrapalabra (1979) serán revelaciones importantísimas en su día por el carácter lúdico y experimental de su ingeniosa arquitectura, por la intensidad de los temas que atacan con acierto la condición alienada de una sociedad escasa de valores en cualquiera de sus sectores; aunque  su blanco preferido será  la burguesía local y sus dos marcas de fábrica: el conformismo y el consumismo  adormecedores, que aborda con ironía saludable. No diría que la lectura de Britto es indispensable para hacernos con una pieza de la cultura literaria del país, como creo que lo son Meneses, Garmendia (ambos) o González León pero pienso que esta condición invisible no corresponde a lo que sus textos ofrecen.

 

Dejo los nombres que siguen como testimonio de una producción bastante copiosa y de lo poco que queda de ella, si es que queda algo memorable. Ciertamente muchos de estos nombres no dan para incluirlos como parte de una cultura literaria que los merezca, pero tampoco para haber sido aplastados por el olvido que los ha echado fuera, con diferentes matices, según el caso: Argenis Rodríguez, Francisco Massiani, José Balza, José Vicente Abreu, Angela Zago, Esdras Parra, David Alizo, Carlos Noguera, José Ramón Oropesa, Laura Antillano, Renato Rodríguez, Ramón Bravo, Jesús Alberto León, José Santos Urriola, Caupolicán Ovalles, Julio Jáuregui por no hacerlo más extenso pueden revisarse selectivamente para concederles el famoso beneficio de la duda del cual saldrán algunas renovaciones de agradecer.

 

Bienvenidos al siglo XX…y su “despliegue de maldad insolente…”

 

Nada de maldad; por el contrario, la cultura literaria en la Venezuela del siglo XX se agiganta, crece y crece en cantidad y calidad. Resulta imposible seguir haciendo este recuento con pormenores de autores y obras. Son muchos y aunque sigue habiendo olvidos mezquinos, se lee más y mejor. Aumenta el país: se hace grande y así aumenta la pasión por ingresar a un panorama cultural más universal y al mismo tiempo más genuino, y no por cultivar lo nacional, sino por comprometerse con la raíz de la escritura: el cuidado de la palabra, el cuidado del estilo, el cuidado del sentido último del texto.

Mucha insolencia bien entendida. La literatura se estrena con lujos inéditos. El afán regionalista logra madurar. Se exploran y trabajan  estilos  desconocidos, se proponen aventuras serias y conscientes  para la forma y la perspectiva de narrar. Se alcanza, por fin, estatura literaria al comprender la escritura como un oficio riguroso, como un arte que descubre la realidad que hay detrás de la realidad, con o sin inclusión de una historia real, con o sin intenciones obstinadas de conseguirla. Se llega, por fin, a comprender que el por qué y el para qué de la literatura, solo se hace verdad trascendente cuando proviene del qué y del cómo. Y no hay visión del mundo que valga si no se ha moldeado en la palabra, el estilo y la historia.

Un primer tercio de este siglo incluye nombres perpetuos y fuertemente asentados en nuestra cultura literaria: Rómulo Gallegos, Julio Rosales (uno de los desterrados del gusto impuesto), Teresa de la Parra, Angel Miguel Queremel (otro que ha ido siempre a la zaga) Julio Garmendia, Enrique Bernardo Núñez. Popularizados Gallegos y Parra, habría que incluir la lectura de  sus cuentos para rescatar facetas desconocidas de estos “grandes”. Releer una y mil veces a J. Garmendia, por los inagotables sentidos de sus relatos, desprendidos de toda etiqueta. Rendir homenaje a la prosa magistral  de Enrique Bernardo Núñez y al reto que representa su propuesta de metaforizar la historia. Igual que acercarse con menos miedo al género insólito que Ramos Sucre nos lega y que lo coloca “fuera de serie”.

Un poco (y mucho) más allá de este tercio, la insolencia vanguardista va haciéndose ley y destino de las letras que se actualizan a un ritmo vertiginoso. Uslar Pietri , Nelson Himiob, Antonio Arráiz, Miguel Otero Silva, Ramón Díaz Sánchez y Guillermo Meneses van produciendo sacudidas desconcertantes en las letras de su tiempo. Este último, sin duda es quien eleva nuestra cultura literaria a su máxima categoría expresiva. Con diez cuentos y cinco novelas escritas desde 1934 hasta 1962, Meneses no se ha leído lo suficiente, no ha sido suficientemente valorado en la magnitud que le confiere una obra superior a la de todos sus contemporáneos, la de sus predecesores y cuya influencia es de un alcance mayúsculo. Es difícil responde si hay cuentos mejores que La balandra Isabel… (1934)  o La mano junto al muro (1952), o  novelas más impactantes que  Campeones ( 1939) o El falso cuaderno de Narciso Espejo ( 1952). Meneses nos mostró, mucho antes de la tan cacareada postmodernidad,  la fragmentación de la conciencia y del arte, los submundos surrealistas, la abstracción de la realidad y la función activa del lector que construye su propia obra a partir de los datos minimalistas que le da un narrador semi-oculto en el texto. La maravilla que nos depara la lectura de Meneses no podemos perdérnosla. Nos perderíamos el regocijo de encontrar, después de tantas vueltas y extravíos, nuestra identidad literaria en una obra de factura impecable.

Entre los 40 y los 50, las vanguardias sientan cabeza. La insolencia toca tierra y  se alía con antiguos enemigos (restos de modernismo preciosista, fijación telúrica, realismo usado como pedagogía,  denuncia social inevitable) al mismo tiempo que le tienden puentes a nuevas amistades (temas intimistas, personajes introspectivos, lenguaje sobrio, intentos de realismo mágico) resultando obras   de calidad disímil, cuya repercusión cultural es bastante menor que la de sus predecesores. Empieza lo que será un largo camino hacia la pérdida de valor de la lectura. Ser culto empieza a dejar de ser un elemento  que redime, humaniza y trasciende. Paradójicamente, se asiste a la aparición de numerosas  publicaciones periódicas de carácter literario , o que incluyen a la literatura en sus contenidos: Viernes, Élite, Fantoches….. Otra aparición que se estrena con buenos augurios y que crecerá con el tiempo hasta desgastarse y vaciarse de sentido, serán los concursos y premios. La contemporaneidad, todavía no se hará demasiado visible porque seguimos siendo un país de retazos superpuestos que se empeña en hacer de su literatura el blanco perfecto para atinar con la clave que lo defina. Y la cultura literaria corresponderá a esa costura nacional donde puede mezclarse todo sin morir en el intento. Lucila Palacios, Gustavo Díaz Solís, Antonia Palacios, Oscar Guaramato, Oswaldo Trejo, Armas Alfonso, Márquez Salas, Héctor Mujica, Mariño Palacios, Malavé Mata, Gloria Stolk y otros, pasan a componer este mosaico confuso que sólo tiene sentido por las imposiciones cronológicas;  y que, hoy en día, es desconocido. Salvo algún cuento de Guaramato, que pasea su belleza solitaria por los manuales de literatura de los adolescentes, el resto (si aparece) lo hace servido en las bandejas de plata de algún estudioso, crítico o intelectual, todavía menos leído que los escritores que lo sostienen.

El Modernismo está servido.

 

 

Renovarse o morir, no es una disyuntiva que nos tome por sorpresa. El cambio es, en efecto, como sabían los griegos, lo que menos cambia: es una constante y que sea tan recurrente da fe de la necesidad de renovación que nos invade con terquedad. No sabemos a ciencia cierta si es una necesidad o una ilusión a la que hay que sucumbir periódicamente para darle sentido a los agobios que oprimen.

 

Las innovaciones principian por criticar todo lo que se hacía antes. El principio demoledor es indispensable, y el movimiento modernista sigue las instrucciones a cabalidad: hay que rebelarse contra la estética, los temas y la visión del mundo que hasta ahora servían para la expresión literaria. El norte estará donde los temas sean universales, donde la exaltación estética se conciba como fundamento del arte, y donde se verifique  la voluntad rigurosa de construir un lenguaje vivo y auténtico.

 

Los escritores modernistas en Venezuela, lo son más por vivir y escribir en el período que se asigna a la aparición y auge de esta corriente literaria que por sumergirse en sus aguas hasta el cuello. Más por plantearse la renovación de la prosa y de sus asuntos que por lograrlo. Entre 1880 y 1920 corre una línea ancha de tiempo que los abarca a todos y abarca casi todo: el romanticismo tardío y nunca abandonado, el último grito del realismo naturalista, el naturalismo a secas y seco, el decadentismo tropicalizado, la novela psicológica, la social, el regionalismo perenne, el costumbrismo a tiro fijo y la mezcla de todo esto que genera híbridos más o menos felices, según veremos. Este estado modernista decreta que juntos y revueltos se pueden alcanzar glorias y bondades literarias aun sin la pureza de anteriores  inquietudes intelectuales.

 

El primer elemento a rescatar en nuestra cultura literaria es la lectura de  las revistas ( para la época que nos ocupa son éstas, pero hay más a lo largo de todas las épocas)  El Cojo Ilustrado (1892) y Cosmópolis (1894). Nos referimos a que puedan ser comentadas con cuidado y gusto, e incluidas en los programas educativos como parte de nuestra historia literaria. Que formen parte de nuestro saber, y que tengamos de ellas un buen conocimiento. La gran mayoría de nuestros modernistas se iniciaron allí, aparecieron allí sus escritos, se codearon dentro de sus páginas con lo mejor de la literatura universal y, gracias a ello, pudieron establecer una comunicación franca y directa con la escritura venida de otras tierras, y alcanzar ellos mismos estatura entre los grandes.

 

Ensalzadas por unos, ridiculizadas por otros; las novelas de aquel momento han subido y bajado por toda la escala de valores posibles. En su momento acapararon la atención de sus contemporáneos para bien y para mal. Al menos eso les dio categoría cultural. Para renovarla hoy en día sólo hace falta, leerlas.

 

El encuentro con la novela de tesis, con el realismo-social que se estructura a partir de las ideas positivistas, gestando también la vertiente  naturalista y su reducción decadente, nos depara sorpresas en Deborah (1884) de Tomás de Michelena, en Julián (1888)  de Gil Fortoul , Mimí ( 1898) de Cabrera Malo, La tristeza voluptuosa (1899)  de Pedro César Domínici y Todo un pueblo (1899) de Miguel Eduardo Pardo. Desde clamar por la ley del divorcio, pasando por  plantear la transformación psicológica del personaje  al contacto con la cultura metropolitana, hasta crear nuestra propia heroína desgarrada a lo Madame Bovary y también nuestro propio monólogo intimista, e incluso  revelar la más cruda realidad de la Caracas decimonónica , estas obras nos permiten reconstruir la inserción de nuestra literatura  en amplios marcos temáticos y estilísticos y reconciliarnos con ella, descubriendo una oferta narrativa  curiosa y por demás seductora.

 

Otro camino nos lleva hacia la revelación del costumbrismo más depurado, del regionalismo realista, de la expresión costumbrista de mejor factura artística, que no deja nunca de ser romántica pero que va avanzando hasta toparse con el realismo crudo sin abalanzarse sobre la mordacidad decadente que Todo un pueblo, por ejemplo, condensa sin concesiones. Nos topamos inevitablemente con Peonía (1899) de Romerogarcía, que copó todos los titulares y marquesinas críticas y que logró ascender a la gloria, o estrellarse en los abismos del gusto de su época de tal manera que hoy, nos parece necesaria una relectura objetiva que la despoje de todos los fantasmas evaluativos que arrastra; principalmente de la etiqueta de “primera novela nacional”. Y ahí mismo con El Sargento Felipe (1899) de Gonzalo Picón Febres,  exponente  de lo que podríamos considerar un realismo histórico o quizás, regionalismo social, o realismo rural. Es una de nuestras novelas más importantes  sobre un tema aciago y enervante: el reclutamiento de campesinos y sus consecuencias económicas, sociales, morales, afectivas. Pasarla por alto es mala idea, si estamos buscando consolidar nuestras raíces literarias y apreciar sus valores menos exhibidos.

 

El más regionalista de los modernistas o el más modernista de los criollistas es Urbaneja Achelpohl . Merecen atención sus cuentos: Botón de algodonero (1896) y Flor de las selvas ( 1898) , aparecidos en El Cojo Ilustrado , y ganador, el segundo,  del Certamen Literario de esa publicación como ejemplo del aplaudible intento de combinar la estética moderna con  la temática localista que incluye su novela En este país…(1916). Con humor, o en son de  grave crítica social, pero  siempre desde la reverencia acertada por el paisaje y los asuntos de esta tierra. Urbaneja Achelpohl es referencia obligada en este contexto abigarrado y heterogéneo de las letras finiseculares.

 

Imposible no detenernos en Manuel Díaz Rodríguez, cuya obra supera toda demarcación. Sobresalen sus cuentos por encima de las novelas y en ellos reside su diferencia y su supremacía. Cuentos de color (1899) reúne historias muy cuidadas: entre simbólicas, poéticas y críticas, resumen lo más original de este período. Lo más original, lo más atractivo y lo más conocido internacionalmente. Los  tres cuentos posteriores que aparecieron en la misma edición que su última novela, Peregrina (1922),  son todavía más recomendables, Las ovejas y las rosas del padre Serafín, Égloga de verano, y Música Bárbara ( publicado primero en El Cojo Ilustrado en 1916) por su carácter unitario en cuanto a la temática nacional y por conseguir esa fórmula mágica capaz de sintetizar la inquietud por  conseguir un texto que sirviera para  fundar la estética nacional valiéndose del mundonovismo imperante y sin traicionar a la patria, que ya suficientemente traicionada ha estado  por las revueltas, los caudillos, los neo-feudalismos resucitados, la vileza colonial eternamente perpetuada por no sé sabe qué artilugio  y , sobretodo, porque la idea republicana que soñó el progreso ya no se sabe a dónde ha ido a parar. Y puede que esté aquí  en unas letras ágiles que nos lanzan al estrellato europeo sin complejos y que hablan del mérito inocultable de su autor.

 

Otro inclasificable es Pedro Emilio Coll. Se suma a nuestros cuentistas  de primera línea, aunque la cuentística es, de hecho y por derecho, nuestra primera línea. De la ficción fantástica a la visión simbólica de lo nacional, P. E. Coll escribe lo mejor de esta amalgama indescifrable que el modernismo nos legó y que en él ya no corresponde a ningún –ismo, anunciando una prematura vanguardia en el estilo, que sólo más tarde fraguará en nuestra cultura literaria. “El diente roto” ha pasado a la historia y seguirá haciéndolo como modelo de relato redondo, preciso, y eficaz,  pero cualquier otro de sus cuentos aparecidos en la recopilación titulada El castillo de Elsinor (1901) surte el mismo efecto.

 

Pero el modernismo empieza a cansar y a desencantar. Tanta pasión, agota. O hay que pasar a otros tipos de pasión. Y llega el último aliento cargado de sarcasmo, de duelo amargo y de despedida a un preciosismo que nunca se entendió demasiado bien. Se impone el dibujo descarnado de la realidad en sus peores aspectos. El hombre de hierro (1907) de Rufino Blanco Bombona retrata despiadadamente a una sociedad que no puede mirarse en un espejo sin sentir asco de sí misma. Y lo hace con éxito rotundo de lectores y crítica. Lo acompaña José Rafael Pocaterra desde El doctor bebé (1913), Vidas oscuras (1916), Cuentos grotescos (1922) y La casa de los Abila (editada en 1946). Grotescas y oscuras, como sus títulos, son estas historias demoledoras que desenmascaran los aspectos más sórdidos de las clases sociales en ascenso, en un momento en el que los escritores se plantean salvar a la patria, volviendo a la patria, que a algunos se les antojó abandonada por culpa de los excesos modernistas.

 

 

El costumbrismo

 

El costumbrismo-criollismo aparece como la bandera que se dice expresión de nuestras características regionales-populares, en un intento por desprenderse de las bastas imitaciones de los influyentes europeos. Supuestamente aliada con el realismo, esta tendencia se dirige a la penetración observadora de la vida menuda, donde se encontrarían las raíces que tanta falta nos hace descubrir para considerarnos una nación con mayúsculas. Salpicados de humor, sermón moral, crítica social y afán pedagógico los cuadros costumbristas vienen siendo una transición literaria interesante entre la literatura dependiente de la acción política y la literatura emancipada que puede dar cuenta de la realidad contada como un cuento. No es redundancia, ni contradicción flagrante. Ahora preocupa que la realidad sea verdadera en cuanto retrate “tipos característicos”, folklóricos, para reconocerlos en su tipicidad como auténticos, como propios. Para adoptarlos como muestras de que sí tenemos una huella dactilar única como pueblo, y en la historia, aunque no nos guste mucho su forma. Y es que en los artículos y cuentos de costumbres se puede percibir sin demasiado esfuerzo que el prototipo “criollo” está descrito a distancia: más bien como “souvenir” exótico que como ser genuino que se comprende y nos comprende.

Para lo que nos ocupa, que es nuestra cultura literaria y quiénes la integran, el costumbrismo reúne una serie de escritos muy de agradecer que han pasado desapercibidos para la mayoría. Más allá de si tienen o no valor como acercamiento a la realidad nacional, y más acá de si los narradores son letrados cultos que se delatan como jueces descalificadores de esa realidad; el costumbrismo nos ha dejado piezas encantadoras, simpáticas, y poco consideradas en nuestras historias literarias. Sus autores tampoco han pasado la frontera de la fama, en términos de ser leídos oficialmente y conocidos por la mayoría: es decir, por todos los que deben conocer las letras patrias. No sólo por los más cultos, los entendidos o los perseguidores de talentos despreciados.

Hablaremos a continuación del lado “oscuro” de los costumbristas; de los textos en que se apartaron de la recta senda de nacionalizar el territorio literario, pues son esos textos, justamente, los que les otorgan dimensión universal y les permite instalarse en una categoría supra-regional que explora con éxito otro derrotero  estético y significativo. 

Nicanor Bolet Peraza, Julio Calcaño y Daniel Mendoza deberían conocerse mucho más. El primero es un destacado cuentista, de lo que dan prueba sus historias fantásticas, donde el suspenso, lo sobrenatural  y la ciencia-ficción se dejan fluir junto al humor agudo y eficaz que habla de un adelantado a su tiempo. Las podemos encontrar en la edición de Artículos de costumbres y literarios (1931) y en su revista Las tres Américas que, desde Nueva York, dirigió con acierto y gran repercusión internacional. “El monte azul”, Un golpe de suerte”, “Calaveras”, entre otros, son relatos que podrían perfectamente caber en una antología de homenaje a Edgar Allan Poe, prefigurando incluso la concepción de lo real maravilloso. Es toda una sorpresa en un tiempo donde la maravilla resulta pecaminosa pues no contribuye a edificar la idea de nación que la literatura  venezolana consideraba  su misión principalísima por aquellos años , y que , a veces, la aleja tanto de dar cuenta de la vida , que es mucho más que lo que se nos muestra a simple vista.

Julio Calcaño resulta más difícil de catalogar. Más conocido por su obra El Castellano en Venezuela (1897) , y criticado por su única novela,  Blanca de Torrestella (1901), al etiquetarla de imitativa de los modelos franceses; ha corrido con poca suerte su oficio de cuentista que si bien no llega a la maestría de Bolet Peraza, debió merecer un poco más de atención. Se ha servido él también del elemento maravilloso, combinado con el humor, y coincidimos con Guillermo Meneses en que se le podría colocar “entre los mejores precursores de nuestros cuentistas” (1993: 417) aunque Meneses define estos  cuentos como “leyendas picarescas” que no alcanzan la categoría formal de cuento auténtico. Leer “La danza de los muertos”, “La leyenda del monje” o “Las lavanderas nocturnas”, (todos aparecidos en el volumen Cuentos escogidos, de 1913) puede alegrar a los lectores prejuiciados contra el fanatismo regionalista de ese momento.

Da lástima que Un llanero en la capital (1849) o Palmarote en Apure (1867) de Daniel Mendoza, no hayan sido textos más difundidos, conocidos y aplaudidos por el público. En este caso nos encontramos con las escenas costumbristas de mejor elaboración estructural de todo el género.  Las onomatopeyas constantes, el lenguaje popular, los refranes hilvanados, los guiños pícaros, el chiste jocoso hacen del habla de Palmarote, protagonista de estas aventuras, un personaje creíble y entrañable, que seduce por bien pintado y, sobre todo, porque es él, quien juzga a la capital con tintes desdeñosos. En las relaciones amor-odio entre civilización y barbarie, Daniel Mendoza nos regala un amago de encuentro razonable: campesinos y citadinos tienen mucho que compartir en cuanto a carencias, deseos frustrados y anhelos incumplidos. Constituyen una muestra de calidad, dentro de un género oscilante que se empeñó en retratarnos tal cual somos (más bien, tal cual debíamos ser (¿?) o tal cual soñábamos ser) sacrificando elementos fundamentales de la estructura literaria de altura.

 

LA CULTURA LITERARIA EN VENEZUELA.

¡ Por fin, República!

y ¡República romántica!

 

En esta etapa la ocupación principal de los escritores es casi la de alquimistas: cómo convertir la recién estrenada nación en una república verosímil, creíble. Ser de verdad, ser auténticos…o simplemente, ser. De ahí que sea difícil hablar de narrativa republicana, o literatura republicana.

 

Al decir de Jesús Semprum . “Era lo cierto que carecíamos de verdadera vida intelectual.” (Semprum 1956:37) Queremos entender que se refería a la ausencia de modelos literarios cabales. La mayoría de los autores y las obras de la época enfilan hacia derroteros históricos, políticos, periodísticos, sociológicos, o filosóficos. Construir la patria real no admite recorridos que distraigan. Los grandes temas deberán ser autóctonos para erigir sobre ellos la conciencia nacional expresada con el máximo patriotismo posible.

 

La prédica ideológica indispensable para el momento encuentra ,en una primera etapa,  a Don Andrés Bello como figura ejemplar. Su erudición desmiente la cita anterior de Semprum, pero es que Bello es anterior a la etapa descrita por el crítico, y en todo caso, es excepcional dentro del panorama cultural, no sólo venezolano, sino también hispanoamericano. Literariamente hablando destaca su poesía (habíamos dicho que nada de poetas, pero a Bello no lo podemos obviar)  y dentro de ella -para nosotros- la recreación de La oración por todos (1834)  de Víctor Hugo alcanza una dimensión digna de detenerse en ella.

 

Se suele leer más La agricultura de la zona tórrida (1823) que termina resultando  pesada y farragosa a causa del enorme caudal de conocimientos que está allí volcado, sumados al uso de figuras retóricas de extraordinaria complejidad. La agricultura… es demostración de la altura intelectual de Bello;  La oración por todos muestra una mayor sensibilidad emocional,  un acercamiento muy acertado a los mejores valores del romanticismo. Pero se conoce  menos. Suponemos que al ser recreación de una obra original se la tiene por “menor” o “secundaria”. No parece un criterio demasiado sólido. La belleza de esta obra habla de un poeta intimista, con los sentidos abiertos hacia dentro de sí mismo, capaz de hacer un viaje interior revelador y esencial. Aparte de que el original de Hugo se transforma sorprendentemente y para bien; tanto, que podríamos afirmar que, efectivamente, el discípulo pudo superar al maestro.

 

Pero volvamos a los fundadores de la patria literaria. Todo parece indicar que el movimiento romántico europeo escribió con tinta indeleble las letras venezolanas del momento. Se habla de imitaciones e influencias que no permitieron el desarrollo de valores literarios con mérito propio. No es para tanto. Y además es imposible escribir  sin influencias, sin aportes, sin deudas. Lo que puede ocurrir es que no todo tenga la calidad literaria que se espera o que se exige al comparar con la gran literatura, pero quizás no sea el momento de apreciar la estética, la arquitectura de la obra, sino su valor como fundamento de la cultura literaria que poco a poco irá cimentándose a partir de sus primeras manifestaciones.

 

Y si de primeras manifestaciones se trata, nos topamos con Los mártires (1842) de Fermín Toro que ha sido considerada la primera novela venezolana en sentido historicista. Una novela ambientada en la Inglaterra victoriana y cuya trama pretende mostrar las desigualdades sociales que se verifican en ese entorno, da pie para no otorgarle esa distinción tan rápidamente. Pero Fermín Toro es uno de nuestros grandes pensadores, pensador de la vida patria, pensador de la nación que debe ser y no es, y que escribe admirablemente lo que piensa. Si literatura es todo lo que se escribe con belleza y genio, nuestros republicanos merecen más el título que muchos otros. Toro incursiona en la ficción solapadamente: su interés sigue siendo el análisis social, la denuncia, el planteamiento de un modelo de nación ideal que en la novela se construye por oposición al anti-modelo representado en la industrialización desequilibrante. Probablemente la calidad literaria de Los mártires haya parecido insuficiente a sus contemporáneos y a los nuestros, pero es una presencia indispensable que habría que honrar un poco más. Dice mucho del largo tiempo en que no supimos bien cuáles eran las fronteras de lo literario, si es que las tiene y, a lo mejor, era mejor.

 

En primera  línea entre los románticos aparece Juan Vicente González , como historiador y biógrafo. El lenguaje poético, la descripción detallada de caracteres subjetivos, el entramado narrativo de sus historias, el carácter emocional de sus episodios hacen muy difícil una catalogación alejada del componente literario. Sin embargo, no encontramos en él   escritura de ficción propiamente dicha. Las mesenianas, breves escritos en prosa poética dedicados a personajes ilustres de la época que gozaban de su admiración y amistad, nos deja una muestra del más puro romanticismo retórico y conceptual de su tiempo. Puro y valioso. Aparte de que, J.V. González es un personaje literario, “per se”. Vale la pena acercarse al hombre a través de sus escritos. En ese sentido no se trata de incluirlo en nuestra cultura literaria, sino en nuestra cultura: polémico, ácido, irreverente, magistral con el verbo combativo. Él es literatura.

 

El camino romántico abre una brecha que insiste en la búsqueda de lo autóctono como seña de identidad cultural. La literatura necesita verse en un espejo -o reflejar como espejo- la nueva condición de las sociedades de las que emerge: recién creadas, confusas, a medio hacer o sin hacer : distintas a la metrópoli, más naturales ( ¿salvajes?) y mucho  menos sofisticadas. Se añora el “glamour” europeo, pero se le considera imprudente por ejercer mala influencia sobre el gran propósito de erigir las bases de la nacionalidad. No llegamos, sin embargo, a consustanciarnos  con lo “venezolano”,  porque queda claro que todavía “no es”, o no gusta lo que “es”.

Primeros tiempos:

Descubrimiento, Conquista y Colonia:

 

Nadie parece incluir con ganas  a la literatura indígena dentro de nuestra historia literaria. Hay motivos para defender su inclusión o exclusión. Una literatura oral (posteriormente transcrita, principalmente, por sacerdotes de inmenso mérito), previa a la llegada de los españoles puede ser o no ser un ingrediente de la cultura nacional. Depende de lo que consideremos nación, de lo que ella incluya y desde cuándo lo incluya. Me resulta imposible olvidar a Efraín Subero y su Hacia un concepto de lo Hispanoamericano; allí quedaba claro, y en sus clases, más, que la cultura del continente y por ende, la nuestra, sólo puede comprenderse  desde el mestizaje. En ese sentido se podría afirmar, audazmente, que el aporte indígena es ajeno. Existe de antemano, no está mezclado, no se integra al sentido de nación. Pero no es prescindible. Las etnias indígenas que habitaban y habitan en suelo venezolano, son y están con nosotros. Así que nuestra cultura literaria principia por darle un aire mínimo a los mitos y leyendas indígenas venezolanas. Me parece importante considerarlas una pre-historia literaria (en sentido literal) y definitivamente, prohijarlas como parte de nuestra literatura.

 

No parecen haber corrido mejor suerte la escritura relacionada con el descubrimiento y la conquista de nuestro territorio, a pesar de constituirse en la expresión literaria más importante de la colonia. La primera pregunta que surge es si se trata, justamente de literatura. Los valores literarios de las cartas relatorias y las Crónicas de Indias, a nuestro juicio, saltan a la vista: la perspectiva ficcional supera a la histórico-realista, la imaginación se adueña del escrito, concentran toda la retórica y la poética expresiva de su tiempo, y conforman un antecedente claro de la novela histórica. Sin embargo, la reticencia a considerarlas parte de nuestra cultura literaria se ha impuesto a la evidencia de su significado esencial dentro de esa misma  historiografía.

 

Puede que la confusión principie por el nombre. La Crónica es un escrito cuyo objetivo es documentar oficialmente todo lo relacionado con lo que ocurre dentro de un territorio. A esta definición, que va variando con el tiempo hasta irse emparentando cada vez más con el registro  crítico de los hechos que tratan del Nuevo Mundo,  se le añade el equívoco mayor: Las Indias. No hay tales. Así que, tenemos un género difícil de catalogar que se supone a sí mismo como histórico por “verdadero” , pero que termina alejándose de la historia por la inclusión del elemento fantástico y por la utilización de un lenguaje que rinde homenaje a las figuras retóricas gestadas en la literatura medieval, clásica y renacentista.

 

El otro elemento que conduce a no saber qué hacer con las cartas y las crónicas es que se trata de una escritura de progenie hispana, y por lo tanto no es aceptado como escritura “nacional”. Se le excluye, o se lo aparta (al igual que el caso indígena) porque si todavía no hay nación, tampoco hay cultura de nación. Las crónicas , escritas principalmente por españoles sobre un territorio dependiente carecen de categoría referencial para incluirse como parte de nuestra cultura. Este criterio, políticamente conveniente al período independentista, se ha mantenido con bastante fuerza a pesar de la necesidad de superarlo en razón a propósitos  incluyentes que amplíen  los horizontes del término cultura.

 

Enfrentados a su difícil catalogación, por una parte y, por otra,  al problema ideológico de rechazarlas por manifestación de la cultura dominante que pretendía explicar-nos desde su dominio, las crónicas se han visto castigadas con quedarse en el rincón, cara a la pared de nuestra cultura. Y nos hemos perdido de mucho.

 

            Despertamos en la literatura desde el sueño de Cristóbal Colón. En las cartas a los Reyes Católicos, Colón inventa y nos inventa, cuenta y nos cuenta, nos descubre y nos legitima, somos prodigio, pero prodigio que se explica por las antiguas mitologías: greco-latinas, medievales y renacentistas. En esta tierra cabe de todo, pero sobretodo: la maravilla y el portento. ¿Resulta Colón un profeta de lo real-maravilloso? Y, como para variar, tampoco estaba en su tierra. Las cartas de Colón trascienden el hecho histórico, lo dotan de la magia y grandeza de lo extraordinario y nos bautizan como portadores de poesía desde la cuna. La Carta de Colón a Luis de Santángel fechada el 15 de febrero de 1493 es la primera muestra literaria del continente y así deberíamos honrarla. En La historia del viaje que el Almirante Don Cristóbal Colón hizo la tercera vez que vino a las Indias cuando descubrió la tierra firme…. cuenta su llegada a las costas de Paria y dice : “…llamé allí a este lugar Jardines, porque así conforman por el nombre.” (Colón, 2003: 284) Jardines, ¿del Edén? Para construir nuestra cultura literaria hace falta este acercamiento a Colón y a su capacidad para revelarnos como espacio fabulado.

 

Entre los cronistas, dos se disputan el título de primeros “historiadores” de Venezuela: Fray Pedro de Aguado y Fray Pedro Simón.  La obra de estos cronistas se confesaba como decidida a historiar verazmente el acontecimiento que cambió el rumbo de la historia y el concepto del mundo de los siglos XVI y XVII. Pero la insistencia de sus autores en que estaban reproduciendo la “verdad verdadera” los hace sospechosos  de alteración e inexactitud. Aguado exagera, hiperboliza su relación con la verdad y se divorcia del rigor histórico necesario y hace que su Historia de Venezuela no quede fuera de la cultura literaria.  Fray Pedro Simón luce más metódico y riguroso, más informativo y menos literario, más fiel a la relación de hechos que al imaginario que exige la nueva realidad. Con todo, es difícil que en contextos extraños la palabra no multiplique todavía más sus significados imaginarios. No encubra más de lo que revela (y viceversa). No esté matizada de la inevitable subjetividad del testigo. No tiña de fantasía la veracidad que, en el fondo, se desdeña. Nuestros primeros “historiadores” crearon nuestras primeras leyendas oficiales.

 

No cabe duda que hay que destacar la Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela (1722-1725) de José de Oviedo y Baños como el texto que sienta las bases de lo que será la literatura venezolana. Esta Historia…. no da cuenta de nuestra aparición geográfica como hace Colón, ni relata como se construye un territorio a partir de su descubrimiento y conquista como nos hacen saber los franciscanos. Oviedo y Baños nos relata el espacio social, nuestra puesta de largo como sociedad colonial ya instituida, y precisamente,  nuestras instituciones y los personajes que las alientan van a ser los protagonistas de un relato que a juicio de Julio Planchart (1948: 33)  es “pintoresco, colorido y musical”. Adjetivos inapropiados para una historia que se precie de serlo. Oviedo y Baños es el primer criollo que nos narra. Que nos narra desde la memoria traidora, y estructura una  suerte de épica donde se pasa revista al  pasado para cuestionarlo, criticarlo y algunas veces respaldarlo. Ha desaparecido  el testigo y ha cobrado vida  el narrador: el analista de sucesos que detesta el olvido y sabe que el poder de la escritura le viene conferido desde la interpretación, no desde el reflejo pretendidamente exacto de la realidad.

 

De esta manera nuestra cultura literaria, hasta el siglo XVIII respira un aire extraño que más bien la ahoga: se la excluye del corpus oficial que nos identifica por periférica, por “deficiente” en comparación con la gran literatura de los virreinatos, porque al no ser escrita dentro del marco legal de la nación pues no se sabe bien si es nuestra o prestada: por los aborígenes o por la metrópoli. Estas consideraciones resultan secundarias: si hablamos de cultura literaria pensando en acercarnos a la escritura de ficción que nos dice algo sobre quiénes somos, y cómo es la realidad, estas producciones si se quiere disímiles e  incatalogables  son el principio de nuestra identidad literaria y guardan tesoros argumentativos y de lenguaje de excepcional profundidad y belleza. Su destierro de nuestra  cultura literaria no nos ha hecho bien, y su rescate sería un decidido avance hacia una mejor relación con el ser que supera todas las formulaciones y encasillamientos y se sitúa en el más acá y el más allá de estos límites artificiales.  

 

I.¿Cuál cultura? ¿Cuál literatura?

 

Pretender trazar un panorama  de lo que ha sido y es nuestra relación como sociedad con la literatura sería deshonesto por excesivo y arrogante. Lo primero, entonces, es trazar límites sensatos a esta indagación que quisiera vincular las relaciones de los venezolanos con la cultura literaria. Esto obliga a añadir una pregunta más a las que abren este escrito: ¿cuáles venezolanos?

 

Empecemos por ellos. ¿Quiénes leen en Venezuela?¿qué alcance y dimensión tiene nuestro gusto por la lectura? Parece que poco. Muy poco. En términos cuantitativos, en el 2007 ,  Adriano González León , en una entrevista publicada en El Universal,  declaraba que “ El venezolano lo único que lee es la Gaceta Hípica”. La queja porque en Venezuela no se lee es antigua y casi aburrida. Se lee poco, se lee mal, y cuando se lee bien en cantidad y calidad, se hace en cenáculos que no dan cuenta de un país que lee, sino de grupos que leen, al parecer, más guiados por simpatías, afinidades ideológicas, modas o cualquier clase de criterio personalista, que por  una inclinación descubridora o siquiera indagadora de la realidad , hecha con rigor metodológico y enfoque significativo.

 

Desde la perspectiva de una  profesora de lenguaje y literatura, la respuesta a la primera pregunta es frustrante. Los alumnos que ingresan en la Universidad traen un bagaje que más bien es una maleta vacía…, si hay maleta. Casi no han leído nada y lo que han leído les parece detestable, por lo que es difícil seducirlos para el placer de leer y tenemos que remontar una cuesta infame que apenas logra que bajen la guardia y se rindan, al menos, a lo que les sugerimos  de forma casi suplicante.

 

No se puede hablar de “cultura” si ésta no abarca amplios modelos de comportamiento. No es cultura lo que no incluye a la generalidad, sino a la excepción. No es cultura lo que no arropa una relación de la sociedad con un elemento concreto. Así que casi podríamos hablar de nuestra “in-cultura” literaria, pero se nos hace tan desesperado y casi apocalíptico que preferimos dejarlo en esta nota aclaratoria, cuyo corolario descarnado es la frase de González León, (y que sirva de homenaje póstumo).

 

Así hemos matado dos pájaros de un tiro: cultura y lectores. Saltemos a ¿cuál literatura? A la aseveración de que se lee poco y mal, hay que sumarle que se lee lo que se impone desde algún centro emisor que decide quién vale y quién no de acuerdo a parámetros que tienen más que ver con las coyunturas emocionales, afectivas y/ o políticas (perdón por la redundancia)  ,  que con el análisis serio y fundado de la producción literaria. Démosle un repaso a la historia de los programas de literatura de nuestro bachillerato y la evidencia nos desmoronará. Preguntemos al azar qué se conoce de literatura venezolana y encontraremos lo mismo de siempre pero menos claro, menos afianzado, y menos leído de primera mano. Veamos las promociones de lo que se edita “al giorno”  y aparecen nombres nuevos que,  efímeros como cometas,  pasan por nuestro firmamento literario sin dejar huella. Los nuevos nombres son todavía más oscuros que la tradición,…que ya es decir.

 

No están  todos los que son, ni son todos los que están,  es una frase trillada, pero en ningún ámbito es tan perfectamente definitoria de nuestra cultura como en el caso literario. Acudamos a un clásico: Manuel Vicente Romerogarcía, quien en 1896 nos legó aquello de “Venezuela es el país de las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas”. Quizás una revisión de nuestra cultura literaria podría iniciarse por dejar tranquilas a las nulidades engreídas que ya han disfrutado de mucho más que su cuarto de hora de gloria, y darle su oportunidad a los que no les ha llegado oficialmente el papel protagónico que merecen.

 

Debemos hacer dos aclaratorias. Nuestra perspectiva sobre este tema se construye a partir de nuestra experiencia profesional. Ser profesora crea  una buena base  para comentar acerca del conjunto de relaciones amistosas -o no-  que establecemos con la literatura nacional desde el sujeto que lee. No desde la intelectualidad que lee. No desde la crítica que juzga lo que es leíble o no leíble, y que opera en un circuito mínimo del cual prescinde el sujeto que debería leer y no lee.

 

La segunda. Vamos a hablar sólo de narrativa. El cuento y la novela son los protagonistas de la cultura literaria. Poesía y ensayo son todavía más extraños a nuestra cultura (aunque parezca desmentirlo el hecho de que entre amigos y  en ciertas relaciones haya privado en cierta época  el apelativo de “poeta”). Si leer cuesta, al menos la narrativa apela a la estructura curiosa de la mente que quiere siempre saber qué pasa o qué va a pasar. Ese terreno del suspenso y el asomo a otra vida, siempre más interesante que la nuestra, es del dominio de la historia de ficción,  como bien sabía Scherezade. Y nuestra cultura sí que  está ligada a la intriga y a los cuentos . ¡Cómo nos gustan los cuentos! Sin embargo, el ensayo histórico, el análisis de la realidad política propia o ajena, ha ido incrementando su posición entre las preferencias de los lectores, y hoy en día es posible que sea  el género que más se lee. Probablemente porque la realidad contante y sonante se ha hecho tan incomprensible que necesitamos un manual para entender qué pasa aquí y fuera de aquí.

 

Dividimos nuestro escrito por épocas y nos centramos en autores y libros que son para nosotros emblema de nuestra cultura literaria, por estar -o no estar-entre las luminarias. Como la extensión del artículo es agradecidamente breve, hubo que elegir. Así que nos sumamos a las carencias, omisiones y errores de todo lo que se ha hecho y se seguirá  haciendo sobre este tema.